Carlus Padrissa. Director artístico y fundador de La Fura dels Baus

"Muchas veces la gente silba cosas que sus hijos, 20 años después, nunca silbarán"

  • El integrante del colectivo catalán regresa a Sevilla para supervisar la puesta en escena de la ópera 'Sigfrido', la tercera parte del ciclo wagneriano del Anillo, que se representará en el Maestranza desde mañana.

 Hay que remontarse muy atrás, a comienzos de los años 80, cuando tocaba música y “pasaba el platito” en la calle Sierpes y por la noche, junto a sus compañeros, “como los hippies”, dormía en la calle, por general en la zona de Chapina, “con los chavalillos que venían a Sevilla para ser toreros y con los gitanos de las Tres Mil que nos robaban las guitarras”, para hacerse una idea de cuánto ha cambiado la vida –pero nunca el sentimiento, insiste él– de Carlus (“no con e: con u, como me llamaba mi madre de pequeño”) Padrissa, nacido en Balsareny, Barcelona, en 1959, uno de los fundadores y de los seis directores artísticos de La Fura dels Baus.

El encuentro tuvo lugar hace varios días, durante su viaje relámpago para supervisar los detalles de Sigfrido, la ópera que podrá verse en el Maestranza durante cuatro días a partir del 5 de diciembre. El teatro prosigue así con la tetralogía del Anillo del Nibelungo, la gran odisea wagneriana de la que ya se han visto El oro del Rin y La valquiria, en una reposición de la producción del Palau de les Arts y el festival Maggio Musicale. La puesta en escena corre a cargo de Padrissa, cuya torrencial, impetuosa, sinuosa y afable conversación desmiente en todo momento la aspereza que sugiere su físico de estibador.  

“En 2002 fuimos a ver a Zubin Mehta, que tiene una villa en Italia, ¡bueno!, qué casa, preciosa. Quería que le explicáramos cuál era nuestra idea”, explica, porque el famoso maestro indio fue el encargado de dirigir esa coproducción en Valencia y Florencia. “Pues nada, fuimos. A él le gusta mucho la fruta, se hace llevar unos mangos, los más buenos del mundo, alfonsos lo llaman en la India, debe de ser por los portugueses; y nosotros con un hambre... Bueno, nos preguntó qué pensábamos hacer, y le dijimos: mira, vamos a hacer una versión dulce como un mango. ¡Qué buenos estaban! En fin, que queríamos hacer algo dulce, colorista, mediterráneo. Y brillante. Donde los dioses fueran dioses, es decir, una cosa épica, fantástica”, explica Padrissa sobre el planteamiento de este Sigfrido.

“Siempre nos decían: cuidado, cuidado, que Sigfrido es la más difícil [de la tetralogía]. Es muy larga y todo el rato hay duetos. Tuvimos la idea de que el suelo fuera como un espejo, para resaltar la dualidad: la realidad y lo que hacemos con esa realidad. La fantasía. La obra tiene mucho de sueño, diferentes capas”, añade el director de escena de esta ópera sobre un vigoroso ser libre criado en un oscuro bosque de leyenda germánico, un héroe sin miedo, “loco por audaz y por ingenuo y por puro y al mismo tiempo torpe, algo animal”, dice sobre este joven empeñado en aniquilar el mundo caduco de los dioses, para lo cual tendrá que matar al dragón Fafner, custodio del tesoro de los nibelungos. 

“No queríamos que hubiera ninguna intención localista. Hemos visto versiones muy bonitas. Una de Patrice Chéreau, donde Wotan [el dios disfrazado de humano] era un dueño de una fábrica, a la manera de La caída de los dioses de Visconti, donde los dioses son los capitalistas, y en la que Sigfrido era un revolucionario al estilo de Novecento, ¿no? Bueno, esto ya se ha hecho, esta clase de lecturas está hecha, y muy bien además. Otra que vi hace poco en Stuttgart, que me gustó mucho: estaba ambientada en un sitio mezcla de casino y balneario centroeuropeo para la burguesía de principios del siglo XX, y el tesoro eran las copas, los vasos de oro, porque había mucho lujo allí, y Wotan era el dueño del balneario. A nosotros no nos interesaban esas connotaciones, queríamos buscar lo atemporal, volver a lo atávico. Lo más primitivo del hombre, el instinto. Por esa ley del péndulo, queremos volver a llevar a los dioses a la magia”. 

Un planteamiento para todo el ciclo, también para El ocaso de los dioses, prevista para el otoño de 2013. “Lo concebimos todo en global. Para que la misma escenografía fuera como un círculo, como un anillo. Existe una continuidad, con elementos de la escenografía que vamos reciclando, aunque siempre hay elementos nuevos: en ésta, por ejemplo, el dragón. Nos lo hizo una empresa de robots alemana, familiar. Fantástico, el dragón. El robot lo vio, cómo se llama ésta, la señora que manda en Europa... Merkel, sí. Pues lo vio en una feria de esas de tecnología, tiene hasta una foto con nuestro dragón”. 

¿Cómo seguir representando óperas en el siglo XXI sin que pierdan su esencia? Es uno de los viejos debates de la lírica. Contratar a La Fura implica una apuesta por el lenguaje teatral-tecnológico del siglo XXI, un espíritu rompedor incluso, lo que no significa en ningún caso “irreverencia”, defiende Padrissa. “Hay versiones que pueden parecerlo, pero a veces el tiempo les da la razón. Hay que respetar. En la ópera, si acaso, hay que buscar a partir de la música: la escuchas y te lo va diciendo todo un poco. Muchas veces la gente silba cosas que sus hijos, 20 años después, nunca silbarán: las mismas, eh. En cambio otras cosas muy aplaudidas a lo mejor a mí me parecen una mierda. Cada caso es distinto. Mejor no generalizar...”. 

Padrissa entró en el mundo de la ópera hace tiempo y ni entonces ni mucho menos ahora acusa el contraste entre su formación callejera, gamberra, y un mundo tan institucional como el de la ópera. “Con 20 años dormíamos en la calle y éramos más felices que la hostia. Con 25 nos invitaban ya a festivales, tuvimos mucha suerte, éramos profesionales, viajábamos en avión. Después vinieron las Olimpiadas [de Barcelona]. Yo empecé en la ópera en el 96, 36 años tenía. Llega un momento en el que te dices: vale, qué hacemos ahora. Y la ópera me gusta mucho. Tú puedes seguir siendo como un quinceañero, hacer siempre lo mismo, respeto a la gente que lo haga, los Rolling Stones, Seguridad Social, Ramoncín... Pero a nosotros eso nos da igual. Hemos tenido la suerte de poder tocar otras teclas. Y al final la expresividad es un poco la misma: de otra manera, en otras circunstancias, pero buscamos lo mismo, que la gente viva las sensaciones que siempre nos han gustado”.

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