¡Noche de emociones!

  • Malú y el cantante jerezano David DeMaría cumplieron con creces las espectativas de su concierto en Jerez

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Cuando uno se acerca a un concierto de este tipo siempre cruza los dedos. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes. La respuesta es sencilla. Uno reza porque empiece razonablemente puntual y porque el sonido no se cargue la función ni nuestros oídos. Bien. Lo primero se cumplió a rajatabla. A las ocho de la noche se apagaron las luces y empezó el concierto encabezado por Malú. La locura. No podemos hablar aquí de un público homogéneo, que responda a un arquetipo de espectador. Había padres que llevaban a sus hijos, hijos que tiraban de sus padres para coger el mejor sitio, gente sola cuya edad yo no es admitida para el carné joven (30 años, máximo), adolescentes, matrimonios y gente varia con ganas de pasarlo bien e intentar no helarse de frío, que ésa es otra. No ha visto este cronista un lugar más gélido (salvo el departamento de congelados de Mercadona o similar) que el pabellón de Chapín. Entre la noche fría, los asientos de metal (¿a qué arquitecto sesudo se le habrá ocurrido la genial idea?) y las corrientes, más de uno estará a esta hora camino de la gripe o la pulmonía. Qué frío, Virgen Santa.

En cuanto al sonido, deficiente en los primeros temas que interpretó Malú, pero parece que a partir de la quinta canción, la cosa mejoró sensiblemente, aunque ni mucho menos para tirar cohetes. Watios por doquier pero al menos soportables, aun cuando retumbaba aquello como una tamborada de Semana Santa. Al principio la cantante naufragaba entre la batería y las guitarras a pesar de su potencial de voz. Luego emergió entre el horrísono sonido, pero por poco se deja la garganta.

La primera hora fue de ella, de Malú, y la gente aunque coreó cada una de sus canciones con entusiasmo, se impacientaba por ver a David DeMaría.

Aún debimos esperar un buen rato y varias corrientes más de viento de Laponia para que el jerezano apareciera por el escenario. Cuando se subió a la palestra, claro, ni frío ni nada: histeria colectiva. Entiéndaseme el calificativo, desprovisto de maldad.

Si el público de Jerez y el venido de los alrededores disfrutó, DeMaría se lo pasó mejor aún. Gozó de las mieles del triunfo en su tierra, deleitó a su legión de seguidores con su voz personalísima. Y además, tras un largo periplo, cada vez más lejano, por el camino de la música donde no se le hizo mucho caso más que como compositor, estas veladas son un abrazo con la gente que creyó en él desde el principio y también con quienes no le dieron mucha bola. Jerez le quiere y él no olvida a su ciudad. Se emocionó por momentos. Esperemos que siempre sea así.

De su actuación destacaremos su amplio repertorio (para contentar a todos creemos que hubiera tenido que cantar todos sus temas, algo imposible), y los gestos. David tomó una bandera de su tierra jerezana, cantó con Manuel Carrasco para deleite de las féminas, se envolvió en la bandera andaluza, y para colmo sacó a bailar a Antonio 'El Pipa'. El pabellón se puso bocabajo con todas estas cosas, y demostró que, a pesar de lo prolongado del concierto, casi cuatro horas entre unas cosas y otras, si se está a gusto el tiempo no cuenta. En definitiva, era de lo que se trataba, y los cuatro mil espectadores (según la organización y la venta de entradas) se lo pasaron en grande y demostraron su pasión por dos artistas que conectaron con ellos desde que sonaron los primeros acordes. Ahí, entonces, se olvidó hasta el maldito frío, presente en esta crónica de un concierto que fue, en resumidas cuentas, una noche de emociones.

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