Noche para el recuerdo con Studer

  • La cálida voz de la gran soprano no sólo fue fiel al texto y a la música, sino que se imbuyó del carácter de cada 'lied', mostrando una magnífica disposición para el repertorio mostrado en el Villamarta

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Hermosa gesta la de programar un recital de lieder, práctica que deberían seguir todos los grandes cantantes ya que es en este género donde verdaderamente pueden demostrar su identificación con la partitura.

Es, igualmente, en este género donde se diluye, donde se resuelve de una vez por todas la tan traída y llevada polémica de la importancia de la música o de la palabra, dado que ambas se la anexionan por igual: sí, el verso sirve de inspiración al compositor, pero nunca se verá abocado a sacrificar su métrica y su carácter en pro de la música (como ha ocurrido en la ópera donde los compositores siempre han exigido cambios en los libretos). Además, su forma camerística, generalmente defendida por la voz y el piano, otorgan un recogimiento y una sinceridad a la interpretación que exige una desnudez musical sólo equiparable (e identificable) a la del verso. He aquí un encuentro pleno de equilibrio.

Desde Mozart a Richard Strauss (aunque, ni empieza en aquel, ni termina en este) el lied ha iluminado las musas de los grandes creadores musicales, acercándolos más al Parnasos pero sirviéndoles igualmente de nexo con una realidad más terrena y a través del lenguaje que la mayoría mejor entiende.

La gran soprano Cheryl Studer, que ha compartido cartel con Pavarotti, con Domingo y con tantas otras figuras en los centros más importantes de la lírica mundial como el Metropolitan de Nueva York, el Covent Garden de Londres o la Opera Estatal de Viena, nos visitó el pasado viernes para ofrecer en Villamarta un precioso recital de lieder, escogiendo para esta cita una selección de obras del amplio catálogo creado por Schumann, Brahms, Mahler y Richard Strauss, realizando el periplo de manera cronológica, lo que otorgó mayor coherencia a su programa.

Maestro y discípulo, léase Schumann y Brahms, coparon la primera parte del recital de la soprano de Michigan. Si el lirismo y la pasión del primero dieron un carácter definitorio a este género convirtiéndolo en paradigma canoro del romanticismo germano, no menos profundo demostró ser un ya maduro Johannes Brahms cuando se aventuró por la misma senda.

La segunda parte, continuación cronológica de la primera, acogía cuatro lieder del intuitivo Gustav Mahler y cinco del exuberante (en su música de piano también se advierte) Richard Strauss.

Destacando, como se ha escrito arriba, la calidad de los versos, debidos la mayoría a grandes poetas del Romanticismo alemán, la música adquiere unos tintes particulares; sirvan de ejemplo de lo allí escuchado el ardiente Widmug de Schumann o el espeluznante Das irdischen Leben donde queda reflejada toda la tragedia de la miseria.

La cálida voz de la Studer no solo fue fiel al texto y a la música, sino que se imbuyó del carácter de cada lied, mostrando una magnífica disposición para este repertorio que -al menos yo- no le conocía y que ha servido para engrandecer más su figura y su fama. No quiero olvidar al pianista Jonathan Alder, el otro gran triunfador de la noche, pues si resulta difícil cantar lieder como la hiciera la soprano norteamericana, no menos significativo y comprometido resulta el papel del pianista quien al tiempo de saber crear el ambiente musical sobre el que se dibuja la melodía, debe asumir todo el peso de unos trazos y perspectivas que darán la profundidad al cuadro, sin abrogarle importancia a la cantante.

Noche para el recuerdo, plena de emoción y que, sin duda alguna, dejará secuelas en muchos ánimos.

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