Obviedades que hacen gracia

  • 'Las noches de Paramount Comedy' no defraudó a pesar de que lo que se contó no fue novedoso, pero sí divertido; lo cotidiano transformado en un chiste

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Esto de los monólogos tiene su miga. Por un lado está el hecho de lo complicado de su fórmula, porque para que dé resultado han de darse varias circunstancias. En primer lugar casi siempre los guiones están escritos por los propios intérpretes, lo cual no garantiza dos cosas: ni que el actuante sea bueno, ni que el argumento sea ingenioso. Eso sí, cuando funciona, la cosa resulta divertidísima. Con respecto a esa binomio actuación-guión, ¿qué pesa más? Visto lo visto en la noche del domingo, yo diría que la parte interpretativa. A última hora, valga la expresión, una anécdota, aunque no sea muy graciosa, si se cuenta con arte, puede resultar mucho más hilarante que si la anécdota es genial pero el que la cuenta es un soso de narices.

'Las noches de Paramount Comedy' no aportó, con respecto a esto ningún elemento novedoso. Tal vez tampoco lo pretendía. En todo caso, Dani Rovira, Juan Aroka y Chuky, pecaron de lo mismo desde el punto de vista actoral. Sin ser muy exigentes, el pero sería la precipitación al hablar. Los tres, sin excepción, son un manojo de nervios. Pero no hablamos de nervios por estar encima de un escenario (que los tendrán también), sino como actitud, como forma de ser. Y claro, había veces que era realmente complicado seguirle los chistes con ese parloteo vertiginoso.

Por lo demás, lo que contaron fue gracioso, a pesar de que todo era pura realidad. Y ahí reside, me parece, el secreto de esta fórmula de hacer humor. Convertir lo cotidiano en rocambolesco, la rutina en surrealismo. Porque, ¿qué puede tener de divertido, verbigracia, hablar del turista que se lleva el bollo del bufé libre del hotel cuando termina de desayunar? Nada, pero es tan cierto y tan normal que es chistoso; nos hace reír precisamente que sea una verdad como un templo. Y así, con ese ingrediente de transformar lo cotidiano en chiste, se forman estos monólogos cuya gracia, dependiendo de los factores antes indicados, es mayor o menor. Cada espectador, según sus preferencias o sus exigencias, elegirá lo que más le gusta, sin atender en muchas ocasiones a la calidad argumental si como se lo cuentan es suficientemente sandunguero para hacer reír.

Las nuevas tecnologías, las relaciones entre adolescentes y sus diferencias cuando éstas ocurren aquí o en Estados Unidos, los hoteles rurales y otros muchos temas se fueron desgranando ante un público que llenó a media el aforo del Villamarta, pero que rieron a ratos y a ratos no encontraron motivo para la carcajada. En todo caso, como siempre mantengo, hacer reír no es nada fácil, y quien lo hace se merece, al menos por intentarlo, el aplauso y el agradecimiento.

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