Crítica de Teatro

Oleanna: actores en busca de público

  • Lucha de poderes. Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez bordan personajes creíbles

Natalia Sánchez y Fernando Guillén Cuervo, durante los primeros compases de 'Oleanna'. Natalia Sánchez y Fernando Guillén Cuervo, durante los primeros compases de 'Oleanna'.

Natalia Sánchez y Fernando Guillén Cuervo, durante los primeros compases de 'Oleanna'. / miguel ángel gonzález

La magia del teatro se esconde en muchos sitios, en muchos recovecos de los camerinos, entre bambalinas, entre bastidores e incluso, como es el caso, en el propio escenario. Pero sobe todo en los miles de escondrijos de nuestras vivencias, que a modo de pequeños escondites, nos sirven para separar inquietudes, pensamientos y vivencias. Escondites o archivos de Windows de nuestra inteligencia emocional más personal. Y todos ellos, aunque sea el mes de Abril, y nos lo hayan robado, aparecen cuando abrimos esos cajones de nuestra imaginación y de nuestras emociones, cuando se nos presenta ante nosotros una inolvidable propuesta teatral llena de fuerza, rigor y veracidad. Verdad en el ritmo, en la puesta en escena y en la conexión entre los actores. Esto sucede pocas veces en el teatro de nuestros días, y en esta ocasión, la obra que este viernes se programó en el Villamarta es un ejemplo claro. Llena de guiños al inconsciente personal y al subconsciente comunitario. La lucha de poder que todo conflicto dramatúrgico debe plantear. El noble arte de las tonalidades en las emisiones vocales. La comunicación no verbal como paradigma del espectáculo. Los silencios con contenido como mejor forma de hacer pensar. Y sobre todo, por encima de todo, una gran apuesta por un teatro de autor, moderno y a la vez clásico.

Nuestros fantasmas pocas veces nos dejan vivir tranquilos. Nuestros anhelos a veces, son más cadenas que los propios logros personales. Esto se plasma con maestría en los diálogos de dos actores entregados a la puesta en escena. Movimientos llenos de sentido entre el profesor prepotente y la alumna sumisa. Roles encadenados perfectamente sincronizados en el nudo de la obra, y una sarta de recursos escénicos perfectamente dispuestos en sentido longitudinal para que cualquier idea fuese respondida por su homóloga de manera recíproca, concadenando los niveles de ensimismamientos necesarios para captar al espectador y llevarle hacia un desenlace imprevisto. La evolución de los personajes, cuando la alumna acaba siendo dueña de la situación, conseguida con argumentos y desnudando las mentiras fatuas y vacías de un profesor al uso. Luces y sombras en la escenografía. Tergiversadas como las palabras, anacrónicas como los tiempos que corren y con contrasentidos como la vida misma. Hasta los olores del despacho se hacen presentes en todo momento. Luces cenitales que hacían de faro para señalizarnos el poder de cada personaje, centrándonos la atención, y haciéndole más importante en escena. Movimientos de la escenografía, consiguiendo que podamos asistir en primera persona a la evolución de la situación en función de la dramaturgia. Cortes musicales como telones entre actos para hacer posible el avance del tiempo. Y el espacio, siempre el espacio, como centro del conflicto, porque es capaz de asumir su importancia con pocos movimientos de mesas y sillas. Un espacio que servía de armadura para cada personaje en función de su evolución, en un discurrir que acaba cambiando los papeles. El cazador acaba cazado y la presa se hace fuerte ante su enemigo. Y en todo el libreto, la soledad. Bien enmarcada en cada silla, la de la alumna y la del profesor. En cada movimiento escénico, donde cada personaje se defiende. En cada acercamiento, sin nada de verdad. La soledad de un gigante docente que encierra mentiras y que se acaba empequeñeciendo ante la verdad de una alumna joven y tierna que, a la vez, acaba haciéndose grande y aplastando en sus penas al profesor. Una actriz de porcelana y un muñeco de trapo. Dos personajes, en busca de una única verdad: la de defenderse y justificarse ante el otro. Una soledad imbuida de nudo dramatúrgico que es capaz de parir una obra muy dinámica. Un personaje masculino que mengua conforme pasan los minutos y otro femenino que crea una mujer cada vez más inmensa. En el mismo escenario, con las mismas luces, con parecidas anotaciones y ante el mismo público.

Significativo que, a estas alturas aún seamos capaces de maravillarnos con los destellos de aire puro que una obra teatral pueda emanar, pero cuando así es, nos congratulamos hasta el infinito. La pena, que fuesen pocos los elegidos, por la pobre entrada en las butacas ante ofertas de tal entidad. La dicha, que este tipo de espectáculos, siempre crean afición y más de uno salió pensando que, aún el teatro tiene un hueco en sus vidas. Casi nada.

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