La otra mirada

Ouroboro, el laberinto de la Kursala en Cádiz

ENTRÉ con prisas hace unos días en la Kursala creyendo que me encontraría con una nueva exposición, en la línea conceptual de la sala, y que por sus reducidas dimensiones resultaría fácil y rápida de ver. Pero he aquí mi sorpresa que de entrada no supe muy bien qué era aquello, y durante los primeros segundos me sentí desconcertado, y hasta creyendo haberme equivocado. Pero no, era la Kursala de siempre, la Sala de la Universidad de Cádiz que mantiene una permanente apuesta por la fotografía desde hace ya varios años.

Una vez que el desconcierto me permitió reaccionar para intentar poner orden en aquel caos, entendí que lo mejor era seguir el hilo que trazaba un recorrido en la sala, sin duda sería el que me guiaría para salir o entrar en el laberinto. Pronto entendí se trataba de un viaje narrativo. ¿Pero un viaje terrenal o viaje mental? ¿Aquello era un recorrido topográfico o un viaje introspectivo hacia lugares más recónditos, íntimos y vivenciales de su autor? Pero, sorpresa también. Aquello no es fruto de un autor, es el resultado de un proceso creativo de siete autores que durante tres semanas del verano pasado se "enclaustraron" en el Convento de Santa Clara de Belalcázar (Córdoba) para parir este trabajo.

Carlos Albalá, Pilar Barrionuevo, Gerard Boyer, David Flores, Marcos Isabel, Ignasi López y Juanma Requena tuvieron que renunciar al proceso de soledad e individualismo que supone todo acto creativo, para en un acto de generosidad aceptar seis individualidades más, sin renunciar a que el resultado final les identificase y contuvieran parte de sí mismos. Y al final, siempre es más lo que nos une a los humanos que los que nos diferencia, por muy artistas que nos creamos. Y hay infinidad de lugares comunes, y sobre todo, de viajes compartidos en esto que denominamos el ciclo vital. Un ciclo, que como los ouroboros, es circular, apenas se distingue si empezamos o salimos de él, si todo comienza de nuevo o es el final de algo, de una fase, de un proceso. Al igual que el ouroboro que engulle su propia cola, la vida nos hace girar en círculos que no tienen principio ni final. Es un viaje circular, en un ciclo eterno de las cosas, en un volver a empezar. En un tropezar y volver a levantarse. En una luz que se vislumbra al final, a la vez que otra luz va quedando atrás.

El resultado tendrán que juzgarlo por ustedes mismos. Pero si veo que la experiencia habrá resultado sumamente enriquecedora para sus autores que tras meses de trabajo vio la luz como exposición en Córdoba, bajo el título Derivas y topogramas. Y que ahora se expone hasta el 8 de enero en la Sala del Vicerrectorado de Proyección Internacional y Cultural en Cádiz, la Kursala, volviendo a recrearse bajo el título Ouroboro. Códice para un hilo circular. Y supongo que es eso lo que pretenden los autores, atrapar nuestra atención y que nos dejemos llevar de forma circular por ese hilo transportador a través de una topografía emocional, repleta de huellas en formas fotográficas a veces, y a veces no.

El proyecto se complementa con un libro en el que también ha colaborado Bside Books.

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