Palabras y puesta en crisis

El debú en el largometraje del hasta ahora cortometrajista (Carisma, Banal) y guionista (Héctor, 7 mesas de billar francés) David Planell viene amarrado casi exclusivamente al paracaídas de la escritura dramática como buena parte del cine español contemporáneo con el que comparte modelo y hechuras. En consecuencia con su fórmula, el filme acaba de ganar la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga.

Estamos, una vez más, ante una película de tema y de tesis, ante un filme dramático que pretende ilustrar (sobre todo a través de la palabra y los diálogos) un asunto (social y mediático) de actualidad: los problemas de la adopción y la (ya vieja) crisis de la pareja de clase media urbana.

Estamos también ante un ejercicio de condensación dramática que bien podría pasar por una obra teatral filmada, tal es la unidad de tiempo y espacio en la que se desarrolla esta pieza de cámara para apenas cinco personajes.

David Planell aprieta los conflictos con un tono impreciso y desconcertante que oscila entre el desparpajo naturalista y una inopinada vis cómica de la que se encarga un Alberto San Juan en un registro siempre fuera de sitio.

A su lado, la esposa que interpreta la actriz Natalia Mateo se esfuerza (demasiado) por normalizar un personaje atenazado por la mecánica limpia de la réplica y la contrarréplica, mal mayor de un cine español totalmente incapaz de acercarse a las formas del realismo (se invoca aquí a Mike Leigh y a John Cassavetes, nada menos) sin desembarazarse del lastre de lo escrito y del peso y la herencia de una nefasta escuela interpretativa empeñada en que todo se escuche con claridad y a su tiempo.

David Planell lo rueda todo, objetos, rincones, conversaciones, con un tono flácido e impersonal, funcional habrá quien lo llame, incapaz de resolver en imágenes o ideas de puesta en escena la sobrecarga dramática de su calculado libreto sobre temores, secretos, mentiras, inseguridades y anhelos de felicidad a propósito de padres, hijos y parejas.

Aflora así en esta Vergüenza la involuntaria dinámica del distanciamiento, el contraproducente efecto rechazo ante el quiero y no puedo, la falta de fluidez y pegada emocional de unas palabras y unas metáforas (del corte de agua a la silla que se rompe) que no por más gritadas y evidentes resultan más efectivas o auténticas.

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