Perera, inconmensurable en valor y temple

  • El extremeño corta tres orejas y abre por tercera vez la Puerta Grande de Las Ventas

Comenzó la jornada taurina madrileña con el descubrimiento de un azulejo, en el patio de arrastre de la plaza de Las Ventas, a nombre de Victoriano del Río, como ganadería triunfadora de San Isidro 2013, una divisa que también fue galardonada por ello en las ediciones de 2006 y 2007. Ayer lidió un encierro de presentación y juego desigual, que ofreció la oportunidad de un éxito apoteósico de Miguel Ángel Perera, quien abrió, merecidamente y por tercera vez en su carrera, la Puerta Grande de Las Ventas -en 2008 lo hizo en dos ocasiones-.

El extremeño, rotundo y pletórico, cuajó una soberbia faena a un gran toro de Victoriano del Río. Con ese aplastante valor que tiene, impactó al público, que rugió de principio a fin con una obra excelente preñada de ligazón, ajuste y temple, premiada merecidamente con dos orejas tras una estocada a ley.

Perera ya asustó en un quite en el que improvisó con unas cordobinas en las que se pasó las astifinas dagas de Bravucón I -serio y musculado- lamiendo su taleguilla. El Juli sublimó la media verónica en su quite y Juan Sierra se la jugó en banderillas. Perera, muleta en mano, abrió la faena con unos estatuarios a pies juntos con las zapatillas atornilladas. Con la diestra hilvanó muletazos de mano baja en una serie enorme y con gran eco, que creció hasta rugir el público cuando dibujó otros excelsos, con la ligazón como rima, y un cambio de mano explosivo, con el que el público saltó de sus asientos.

Si con la derecha lo había bordado, con la izquierda toreó igual o más cerca, con suma lentitud y un temple pasmoso, en naturales que fueron coreados. Todavía elevó más ese listón. El conjunto de la magnífica obra estuvo aderezado de preciosos remates. Se tiró de verdad para enterrar el acero en una estocada entera contraria de efecto rápido. Nevó en los tendidos. El presidente concedió una oreja... y continuó nevando, con los pañuelos blancos ondeando y el griterío del público solicitando la segunda oreja, que concedió la presidencia.

Miguel Ángel Perera, de nuevo, firme, con un despliegue de valor inconmensurable, no dudó ante el sexto, un toro parado, tardo, complicado, al que se impuso sin titubeos, primero en la distancia larga y luego en un serio arrimón. La apertura con un pase cambiado por la espalda y ceñidos muletazos por alto asustó al personal, que le aplaudió a rabiar. Con la diestra, hubo aguante y temple en una serie en la que nuevamente puso a parte del público en pie. Con la zurda, igual firmeza. En el arrimón, los pitones del toro le alcanzaron varias veces la banda de la taleguilla. ¡De infarto! Perera se tiró a matar de verdad para una gran estocada y ganar otra oreja.

El Juli, tras la devolución del titular que abría plaza, se las vio con un zalduendo altote, corniabierto, que resultó manso y se rajó tras la primera tanda de una faena que resultó imposible. La mayor ovación la recibió el madrileño en un quite por chicuelinas de compás abierto. El cuarto, de cornamenta arremangada, fue todavía de peor estilo, un manso que cabeceaba tras la tela encarnada y que por el pitón izquierdo se revolvía con prontitud. El Juli, que apostó sin probaturas, no tuvo opciones para el lucimiento.

José María Manzanares concretó una actuación con los únicos apuntes interesantes en su primero, que embistió muy bien por el pitón izquierdo, por el que logró el alicantino los mejores pasajes de una faena de series cortas, en la que faltó en algunos momentos ceñirse más. Con el quinto, parado, tardo, de escaso celo, el trasteo fue irrelevante.

Al término de un festejo que comenzó con gran expectación, Perera, tras pasear el anillo a hombros de los capitalistas, recibió una auténtica paliza en su salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas en una tarde histórica.

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