Pintores y fotógrafos viajerosLa familia

Lectores sin remedio

UNO de los aspectos más interesantes, dentro del enorme corpus escrito que nos ha dejado la literatura viajera sobre nuestro país, especialmente la que abarca desde el último tercio del siglo XVIII al primer tercio del siglo XX, es la de los ilustradores. Al mismo tiempo que los viajeros daban cuenta por escrito de sus impresiones sobre España, muchas veces también nos dejaban dibujos e interpretaciones pictóricas de los lugares que visitaban. Unas veces estas eran hechas por acompañantes del propio escritor-viajero, que viajaba solo con este singular cometido; en otras ocasiones concurrían en una misma persona las facetas de escritor y dibujante. ¿Qué imágenes de España, de Andalucía nos dejaron estos dibujantes, y en qué libros y reediciones podemos interesarnos por ellas? Quizás, si hubiera que nombrar a algunos de los más relevantes, apostaríamos por los británicos Edward Locdke ("Vistas de España", 1824), David Roberts ("Apuntes de España", 1837) y John Lewis ("Apuntes de España y el carácter español", 1837, que estuvo precedido por una serie sobre la Alhambra). También los franceses Doré y Davillier ("Viaje a España") Chapuy, o Parcerisa entre los venidos de la península Itálica. Muy interesante y menos conocido, es el legado fotográfico de los viajeros, cuyo ejemplo más representativo es el libro la "España incógnita", publicado en 1922, obra del viajero y fotógrafo alemán Kurt Hielscher, cuya visión de nuestro país en los años previos a la segunda Republica, ya con una cámara Nikon y no con los pinceles, siguió reforzando esa España distinta, oscura, trágica, pero cautivadora propia de la mentalidad romántica. Actualmente es la Hispanic Society la que conserva la totalidad de su colección de fotografías (1.600) sobre nuestro país (una de ellas de la Cartuja de Jerez), y de las que solo se han publicado hasta hoy unas trescientas. A Hielscher le precedieron otros ilustres, ahora redescubiertos, como Charles Clifford o Jean Laurent; lo cierto es que cada vez más son los estudiosos que se interesan por el legado fotográfico, de aquellos que recorrieron las rutas peninsulares desde finales del XIX, como lo hemos podido comprobar en la reciente exposición, con vocación itinerante, celebrada en La Carolina "La Andalucía imaginada". Volviendo a los pintores, nos cuenta el investigador José Alberich ("Del Támesis al Guadalquivir"), que estos debían tener mucho cuidado de no ser detenidos, sobre todo en la convulsa España de mediados el XIX. Era un trabajo incómodo, que levantaba normalmente las sospechas de las autoridades militares. Richard Ford advertía que en cualquier circunstancia serían interrumpidos y arrestados en caso de que el motivo de sus dibujos fuera fortificaciones o vistas de la ciudad. Incluso el mencionado Edward Locdke tiene una obra titulada "El artista vigilado", lo que demuestra hasta qué punto era obsesivo la preocupación de las autoridades decimonónicas españolas, sobre la actividad de los viajeros extranjeros, especialmente la de los pintores. . Ramón Clavijo Provencio.

EL otro día se me acerca un compañero, con el que trato escasamente pero al que le consta mi devoción por la lectura, y me espeta la siguiente confesión realmente compungido: "Pepe, tengo familiares a los que sólo les gusta leer best-sellers; cuantos más ejemplares vende un libro, más miembros de la familia lo leen", pero de inmediato se justificaba: "menos mal que es familia en tercer grado, y alguno sólo familia política. No podría llevar esta carga si no fuera de esta manera". Ya me habían avisado de lo "raro" del personaje y hasta de ciertas fobias o manías, algunos hasta aventuraban una más que sospechosa afición a toda clase de escritos sobre asesinatos en serie. Los escrúpulos, en lo tocante a familia y gustos literarios, no paraban aquí. Quienes lo habían tratado con más intimidad decían que recibía en su casa a aquellos familiares (sólo en festividades muy señaladas) con un ejemplar del "Quijote" que les pasa a modo de detector de metales o como sahumerio por todo el cuerpo, y cuando los hacía pasar al salón, les iba recitando versos de Garcilaso a sus espaldas, como si fueran plegarias purificadoras. Nadie sabía cómo llegaba a enterarse, pero tenía consignadas en una libretita, que guardaba con verdadero celo, las lecturas que hacían aquellos inocentes familiares y, en unas páginas especiales tenía anotados los nombres de aquellos que habían leído "La catedral del mar", "Los pilares de la tierra", "Un mundo sin fin" y tres o cuatro novelas históricas actuales a las que, decían las malas lengua, les había hecho vudú y había posteriormente quemado junto con una foto de sus autores. Yo, al igual que este compañero, también tengo familiares que son lectores exclusivos de best-sellers, aunque afortunadamente también son en tercer grado pero, y valga la diferencia, no tengo una libreta en la que anoto sus infamias ni los recibo con el "Quijote" o con versos de Garcilaso, aunque tampoco esperan ya de mí que les haga una fiesta cuando vienen a mi casa; mi mujer me obliga a ofrecerles una copa de vino, que por supuesto les pongo del peor que tengo. Sin embargo, cada vez que en las reuniones familiares se toca el tema de la lectura, me empieza a correr un sudor frío por todo el cuerpo, las manos me empiezan a temblar y la cara se me transfigura. Hasta mi mujer más de una vez me ha comentado después de una visita: "¿Qué te ha pasado esta noche? Te temblaban las manos y se te puso una cara de psicópata que daba miedo". De mañana no pasa que me compre una libretita. José López Romero.

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