Pintura con potestad

Muy bonito espacio expositivo el castillo sanluqueño y muy interesante la que en él se presenta por este grupo de artistas jerezanos, al que en esta ocasión acompaña el sevillano Pablo Martínez Conradi. Hay que comenzar diciendo que estos pintores han conseguido un estamento y una trascendencia pictórica que claman por comparecencias de más amplia significación que una mínima colectiva veraniega, por muy digna y ejemplarizante que sea, como esta que nos ocupa. La exposición, muy bien estructurada en sus dos espacios, presenta los amplios estamentos de la figuración, si bien en el caso de Fernando Pemartín, la realidad ha trocado sus concreciones por unas evocaciones que rozan los esenciales planteamientos del abstracto.

Rocío Cano comparece con una pintura donde la realidad presenta sus esquemas más expresivos. Ha abandonado los justos desarrollos que originaban sus composiciones figurativas por una más amplia pincelada y por unos más abiertos planteamientos cromáticos, dejando que la pincelada establezca sus posiciones diferenciadoras y que el color - muy bien estructurado el añil en el conjunto de la composición- armonice acertadamente una escena sabiamente conformada. Eduardo Millán asume, una vez más, su maestría en la composición, su justa formulación de una escena cuidadamente distribuida y un uso perfectamente contenido de la paleta. Todo ello nos conduce por la espléndida visión de una obra esencial, donde la economía plástica juega un solvente papel, hasta establecer una composición de meditado desarrollo, profundísimo sentido pictórico y sabio proceder en la formulación de una idea que, en su obra, va más allá del simple resultado pictórico para acceder a un estamento donde se produce episodios de suma emoción artística.

David Maldonado nos sitúa en un paisaje rigurosamente expresionista, con los registros de la figuración sabiamente distribuidos en un escenario que está sometido por los impactos cromáticos que el artista sabe componer dejando campos de color abiertos para que desarrollen su máximo poder, al tiempo que suscribe un paisaje sutilmente estructurado desde un dibujo básico pero determinante. Todo hasta conseguir que la realidad manifieste sus esquemas expresivos sin los esquivos y epidérmicos axiomas de lo exclusivamente concreto.

Fernando Pemartín ha dejado que la realidad se despoje de sus elementos superfluos y asuma su condición de organismo meramente expresivo. Los elementos figurativos apenas se deducen en un marasmo de evocaciones y la esencia de la pintura manifiesta su más absoluto poder. Se adoptan los planteamientos de la abstracción, pero se dejan abiertas compuertas para que tenues desenlaces visuales promuevan circunstancias sutilmente presentidas. La pintura de este artista es un claro nexo de unión entre dos orillas adecuadamente delimitadas.

Por su parte, Pablo Martínez Conradi se deja llevar por la contundencia formal derivada del uso exclusivo de unos negros y de unos blancos perfectamente conjugados hasta componer una realidad acertadamente esquematizada, que sólo manifiesta apariencias y desarrolla guiños cómplices entre lo mediato y lo inmediato.

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