Pinturas chinas

  • Desenfocado por Pedro Ingelmo

HE visto casi todas las películas del maestro chino Zhang Yimou y, si excluyo Keep cool, una deliciosa comedia del Pekín moderno considerada menor en su filmografía, no podría contar ningún argumento. Sin embargo, recuerdo escenas. Se me han quedado marcados sus colores vivos y eléctricos. Cada plano de Yimou es una pintura sorprendente de espesos y agresivos óleos. En Sorgo rojo (1987), su primer y deslumbrante trabajo, hay imágenes de la cosecha de un barniz árido mezcladas con el rojo de la sangre. Es el rojo el color que también da nombre a La linterna roja y es inolvidable el patio de las geishas encendido, incendiado de testuras por las luces tenues que señalan sus guardias con el gran señor... y así podría seguir con Qui Jou, una mujer china, La joya de Shaghai o Hero, que se desarrollan en escenarios muy distintos como la China rural, la de los siete reinos o la de Chang Kai Chek. En todas ellas hay una línea continua que es el poder de la imagen, el protagonismo del color, la belleza decantada hasta alcanzar una esencia que es embriagante. Es el origen del oficio de Yimou, operador con su compañero de estudios Chen Kaige en Tierra amarilla, otra película que lleva un color en el nombre y que es arrebatadoramente hermosa. Recientemente me topé con otra de las obras de Yimou, La casa de las dagas voladoras. Y se repitió la experiencia. Otra vez estaba allí, absorto ante cada uno de los planos, sin enterarme de prácticamenmte nada de lo que sucediera, ni, la verdad, interesarme demasiado, aunque la historia de amor entre lucha y lucha marcial tuviera su enjundia. La imagen podía con todo. El verde de los campos de bambú por donde saltan los soldados del tirano a la búsqueda de las mujeres que tienen el poder de hacer volar las dagas era oxígeno, era húmedo, era epidérmico. Saltaba de la pantalla y llenaba mi salón de un tejido vegetal selvático, como una hiedra devoradora sobre el aparador, las paredes, los cuadros. El blanco de la nevada universal en el momento final, en el clímax, era helado y seco, era, como se demostró al final, un blanco mortal sobre el triángulo de rostros de los amantes heridos. Zhang Yimou es un cineasta que posee una extraña cualidad que sólo debe residir en Oriente. En él nada es discursivo, pese a que se haya hablado tanto de sus posturas críticas. De hecho, China ha prohibido parte del metraje de su última película y él lo ha aceptado. Quizá porque su subversión no esté en lo que dice, sino en el impacto de la poesía en la retina. Quizá no exista otra revolución en el mundo que la que nace de la belleza.

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