Realismo embustero

Thriller, EEUU, 2012, 109 min. Dirección y guión: David Ayer. Fotografía: Roman Vasyanov. Música: David Sardy. Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Michael Peña, Natalie Martinez, Anna Kendrick, David Harbour, Frank Grillo, America Ferrera. Cines: El Centro, Bahía de Cádiz, Bahía Mar, San Fernando Plaza, Las Salinas, Al-Andalus, Yelmo, Ábaco Jerez, Multicines Jerez, Cinesa Los Barrios.

Poco tiene que ver el realismo cinematográfico con las cámaras ligeras, el universo Youtube o los teléfonos que permiten grabarlo todo, convirtiéndolo todo -también la denuncia- en espectáculo. Que uno de los dos policías protagonistas de esta peliculilla sea dado a grabar imágenes refuerza este sentido de realidad incorporando las supuestas tomas sin editar, hasta con sus códigos numéricos, como parte de la película. Se alterna con ella, como narradora principal, la cámara del realizador que actúa casi como si fuera la del policía o la de uno de esos programas de tele-realidad que acompañan a los patrulleros. Lo que, además de plantear problemas éticos, la hace cargante a causa de la fatiga visual. Ambos intentos de crear un efecto de realidad quedan desmentidos, en primer lugar, por la banda sonora que da a la música una presencia excesiva -gratuitamente espectacular, inmoralmente próxima al videoclip-, por los forzados efectos de cámara (desenfoques, zoom, pérdida de imagen) y por las tomas aéreas, domésticas o de imposibles angulaciones que vulneran la supuesta realidad de las autograbaciones del policía y de los narcos.

Hay impostura, por lo tanto. Falso realismo. Efectismo. En realidad de lo que se trata es de cine de género disfrazado, que prolonga estrategias de ficción realista que tuvieron diferentes definiciones en el cine de gangsters de los 30, el thriller de finales de los 40 y los 50 o el policíaco moderno marcado por French Connection. En cada caso se incorporaron técnicas importadas del documental y rodajes en las calles. Sin tregua sigue esta senda del cine de género que parece querer evitar parecerlo. Pero lo hace tramposamente. Es irritante este realismo impostado construido con imitaciones de las autograbaciones de Youtube, la tele-realidad o el cine actual cámara en mano; y aliñado por los toques tremendistas que pretenden reforzar su carácter realista.

El pésimo arranque -insisto: tramposamente realista e inmoralmente televisivo/videoclipero- da paso a una muy poco convincente historia de compañerismo entre la pareja de policías protagonista y las distintas situaciones que cada día han de afrontar. Especialmente su enfrentamiento con una banda de narcotraficantes latinos también dados a autograbarse. Las buenas interpretaciones -un punto pasadas de rosca efectista- de Jake Gyllenhaall y Michel Peña remedian sólo en una mínima parte la inmoral operación de bajar a los infiernos urbanos, no para mostrarlos con un propósito crítico, sino para recrearse en la violencia y convertirla en espectáculo. Esto es adrenalina, no denuncia. Cuando una sociedad oculta sus cloacas es hipócrita. Cuando las exhibe es inmoral. Y esta película lo es, hasta el extremo de la basura que se alcanza con la matanza final a ritmo de rock y el epílogo lacrimógeno.

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