Regalos

En las pasadas Navidades las colas (¿he escrito 'colas'? ¿no era el artículo de hace unas semanas?) que a diario se formaban en la librería de guardia, común a mi compañero y amigo Ramón, producían una cierta satisfacción a los que predicamos (¿en el desierto?) todos los días las bondades de la letra impresa. Sana es la costumbre (¿pero sólo en Navidad?) de regalar libros, porque quiero pensar que al menos por simple cortesía alguno lo leerá y, en el peor de los casos, eso que ha sufrido su cuerpo, pero en el mejor, terminará por convertirse en un lector sin remedio, fin último al que debería aspirar todo ser humano o gente de bien. Yo también formé parte de alguna de esas colas, pero afortunadamente nadie me habló de la crisis y mira que nos pasamos un buen rato hasta llegar a la caja. No lo habría soportado. Pero a diferencia de mis compañeros de fila, yo no compraba libros para regalarlos, sino que los compraba para buscarles un lector. Yo no regalo libros, les regalo a ellos lectores. Sería un verdadero insulto para algunos libros que forman parte ya de esa pequeña biblioteca personal o, si lo prefieren, vital, regalárselos a lectores que no los apreciaran, que no tuviesen el mismo cuidado, las mismas sensaciones en su lectura que yo tuve en su momento; momentos sin duda irrepetibles, pero que se pueden compartir, si encontramos el lector adecuado, ese lector que, como yo un día, estaba destinado a ese libro. ¿Cómo podría dejar en manos de un cualquiera a mis clásicos preferidos, a esos poemas que dejo repartidos por la casa, a las novelas cuyos personajes ya forman parte de mi familia? No hay situación más triste que la indiferencia, el desagradable encogimiento de hombros cuando a alguien le preguntas qué le ha parecido un libro que tú llevas en el corazón. Por eso, yo no regalo libros, les elijo buenos lectores. Yo sé que ellos me lo agradecen; de lo contrario, no me lo perdonarían. José López Romero

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