Shakespeare diría: "tócala de nuevo"…

  • Noviembre Teatro y Eduardo Vasco traen al Villamarta 'Noche de Reyes, una obra al natural, sin artificios y con el piano de protagonista en el escenario

Dirección: Eduardo Vasco. Versión: Yolanda Pallín. Compañía: Noviembre Teatro. Reparto: Arturo Querejeta, Daniel Albaladejo, Jesús Calvo, Francesco Carril, Beatriz Argüello, Fernando Sendino, Maya Reyes, José Ramón Iglesias, Rebeca Hernando, Héctor Carballo y Ángel Galán. Teatro Villamarta. Sábado 17 de marzo 2012. 20,30 h.

Admitiendo que cualquier denominación de origen crea impronta y que tanto Shakespeare como Eduardo Vasco lo son, hay que ser sinceros y decir que ante estas obras siempre se acude con reticencias. Es por eso, que en la noche del sábado las expectativas no se cumplieron del todo debido, sobre todo, a que la dureza del texto transmitía pocas emociones en general. Pero hay que aplaudir una vez más al Villamarta, sobre todo por la osadía de traer clásicos a través de la mirada personal e intransferible de un director de escena curtido en mil batallas, que tamiza todo lo que hace con su punto de vista y hace que el espectador deba escudriñar lo que se le presenta, olvidando por un rato que el libreto es del siglo XVII. No de otra manera veríamos en escena clásicos de una forma diferente. Por eso, es triste que se queden demasiadas butacas vacías y que los prejuicios hagan que mucha gente no acuda ni pueda al menos hablar con criterio de este tipo de propuestas.

El más que demostrado matrimonio escénico entre Vasco y los clásicos siempre aporta novedades pues es capaz de introducir elementos escénicos que ayudan a seguir de una forma más amena los duros diálogos clásicos. Sabiendo desempolvar autores y textos de otras épocas, en algunos momentos de la función se antoja cierta apatía en cuanto al dinamismo del nudo argumental desde las tablas hacia el público, lo que se debía achacar a cierta desavenencia del texto con un siglo XXI muy lejano para sus inquietudes.

La obra se desarrolla en un país imaginario, donde aparecen personajes relacionándose entre ellos y a la vez luchando intrínsecamente con sus propias emociones, donde el amor, la pasión y sus dichas calan hondo en las diferentes maneras de actuar de los personajes. El amor como eje de todo, sus enredos y las actitudes egoístas de cada ser humano ante las emociones más primarias. Tan actual y tan real como la vida misma sin tener que huir hacia países fantásticos. El elenco a gran altura, sin protagonismos, demostrando que la semilla de este director de escena hace crecer un grupo de actores y actrices, de técnicos y de utilleros en busca de la uniformidad y sencillez escénica. La importancia de la palabra con sus matices fonéticos y la grandiosidad de la interpretación sin sobreactuaciones son la base de esta propuesta. Actores que embadurnados de dulzura y de delicadeza van creciendo en su papel conforme la obra va desarrollándose con una entrega fuera de lo común, sin roturas ornamentales, sin empobrecimientos de ambientes ni cambios de decorados forzados, con un ritmo de comedia y con un sabor a romanticismo continuo.

La música es la verdadera protagonista sin tener claramente presencia. Solo un piano, que en contacto con casi todos los personajes, parece tener vida propia, y sirve como apoyo simbólico y práctico para el desenlace de los momentos más brillantes. Se inserta en la escenografía minimalista, y la llena de matices, con un soporte musical básico que con sus teclas hacen vibrar y sentir las emociones y los lugares que se quieren transmitir. Capacidad expresiva en cualquier mínimo detalle, que incluye aportaciones y pinceladas de music-hall, del blues, de música clásica y de música coral de los propios personajes. Aportaciones todas llenas de intencionalidad argumental y que son los mejores momentos de despliegue sentimental de toda la obra.

Iluminación rica en cantidad y calidad, bien estudiada y coordinada con los estados de ánimos de las escenas, dando realce y vistosidad a un cuidado vestuario y a una escenografía simple donde resaltan los colores puros, del blanco, el rojo y el negro. Las candilejas son también protagonistas, desde un principio, siempre presentes en boca y sirviendo para conseguir efectos de sombras en el telón de fondo, como duplicados de personajes y sus almas, por los efectos de los focos. Candilejas, que como en cualquier escenario, acompañan a los comediantes, en ese viaje a ninguna parte que los propios personajes se encargaban de recordar en todos sus gestos y en sus movimientos.

Todos se encargan de hacer una ocupación completa de todo el escenario, con simbolismos en los movimientos de perfil y en los rompimientos antes de los mutis, y la presencia de los efectos cómicos mantuvieron el juego simbólico de evitar los prototipos: borrachos arrastrados, donjuanes de pacotilla, enredos de las cartas de amor ficticias y guiños a refranes y canciones pegadizas de los últimos años.

Como se dijo en varias ocasiones tanto en la presentación inicial del bufón como en el epílogo de la misma, la vida es una proposición. Al menos la impronta quedó en los espectadores. El caso es saber aceptarla tal como la entendamos. La vida, no la impronta.

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