Territorio Portabella

  • Errata Naturae publica un enjundioso ensayo de Rubén Hernández sobre uno de nuestros cineastas más singulares

Santos Zunzunegui ha definido la extraterritorialidad del cine de Pere Portabella (Barcelona, 1929) tanto en su exigua faceta como productor de títulos (El cochecito, Viridiana, Los golfos o Tren de sombras) que se han movido en los márgenes de la industria oficial del cine español, como en su inquebrantable voluntad, ya como director (de Nocturno 29 a El silencio antes de Bach), por concebir su cine como territorio de experimentación formal a través de un fructífero diálogo con las prácticas artísticas y como objeto político de intervención en la realidad social.

A punto de cumplir ochenta años, Portabella es reivindicado hoy como uno de nuestros cineastas más singulares e importantes de la segunda mitad del siglo XX. Museos e instituciones artísticas (el MoMA, el Centre Pompidou o el MACBA) han celebrado y estudiado su relevancia dentro del cine de la modernidad desde un país cuya producción ha vivido siempre de espaldas a toda búsqueda de nuevos lenguajes unida a una vocación política.

Este libro de Rubén Hernández viene a reivindicar ese justo espacio de radical visibilidad que la obra de Portabella merece y que resurge ahora tras El silencio antes de Bach, el insólito reestreno en salas de Vampir-Cuadecuc (1970) y Puente de Varsovia (1989), las retrospectivas, premios y reconocimientos (Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Barcelona) o la próxima edición de toda su filmografía en formato doméstico.

Recuperando la máxima godardiana de "hacer films políticos políticamente", a saber, buscando nuevas formas para nuevas ideas, desafiando los modelos industriales dominantes, este ensayo sigue y desgrana la trayectoria de Portabella a través de sus películas, cuyos mecanismos discursivos son analizados en detalle como forma que traduce una posición de resistencia a través de la cual se "puede pensar el contexto histórico, filosófico y cinematográfico que hace de ellas un referente imprescindible en las políticas contemporáneas de la narración fílmica". Películas habladas en una auténtica "lengua extranjera" alejada del modo de representación institucional y que solicitan y construyen "un espectador activo y crítico, profundamente comprometido con las construcción general del sentido del film".

Tras ser apartado de la profesión por el "escándalo Viridiana", Portabella inicia, casi clandestinamente, a finales de los sesenta una fructífera relación con el poeta Joan Brossa y el compositor Carles Santos, primero en el corto No contéis con los dedos, y luego en los largos Nocturno 29 (1968), fascinante cruce entre Antonioni, Buñuel y la estética publicitaria, Vampir-Cuadecuc, un experimental making of del Drácula de Jess Franco, y Umbracle (1971), collage desde el que se articula la reflexión metacinematográfica sobre la censura y el cine militante y underground. Tras una serie de trabajos en torno a Joan Miró, la política ocupa su tiempo en la época de Transición, de la que participa activamente. Fruto de aquellos días, Informe General (1976) nos deja un nuevo experimento formal que trasciende los límites del documental para hablar del presente de un país cambiante. Pasarían trece años hasta Puente de Varsovia (1989), nuevo "film-zombie" en el que se conjugan la filmación de las músicas y las arquitecturas con una reflexión sobre la cultura en la Barcelona pre-olímpica. Ya en 2007, con El silencio antes de Bach, Portabella deconstruye al gran compositor alemán a partir de una mirada poliédrica sobre las profundas relaciones dramatúrgicas que existen entre imagen y música.

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