Versión 'zombie' de Romeo y Julieta

Comedia romántica, EEUU, 2013, 98 min. Dirección y guión: Jonathan Levine. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Música: Buck Sanders, Marco Beltrami. Intérpretes: Nicholas Hoult, Teresa Palmer, Analeigh Tipton, Rob Corddry, John Malkovich.

Nada que ver con Crepúsculo, aunque la producción navegue en la estela del éxito de la adaptación dulzona de amores adolescentes al universo de los monstruos. Porque Memorias de un zombie adolescente -enorme éxito de público en los Estados Unidos- empieza jugando la carta del humor negro y la ironía para después, desgraciadamente, pasarse a la romántica. Lo primero es un acierto que proyecta la película a un universo por completo distinto al de los acaramelados vampiros guaperas. Lo segundo la devuelve a la glucosa.

Tras un apocalipsis, otro más, el mundo está dividido entre seres humanos y ex seres humanos o zombies, separados por un muro defensivo que los comandos humanos han de traspasar para buscar recursos, circunstancia que los zombies aprovechan para comérselos. Los no-muertos, a su vez, se dividen entre los que aún conservan un aspecto más o menos humano y unos siempre hambrientos esqueletos que son el destino que les aguarda a todos en una especie de segunda muerte.

A partir de ahí piensen en Romeo y Julieta -o, mejor, en su versión adolescente y en su día moderna West Side Story- a lo bestia, hasta con escena del balcón (o de la escalera de incendios) incluida. Si allí el amor entre la portorriqueña María/Julieta y el americano Tony/Romeo se hace trágico cuando él mata a Bernardo, el hermano de María, aquí la cosa va mucho más lejos. La atracción surge entre una humana y el zombie que se ha comido a su novio, ingiriendo junto a sus sesos sus recuerdos y afectos. Entre ellos el amor hacia la chica. Porque este zombie es capaz de sentir y pensar. Un bicho raro entre los suyos, que asume la protección de la chica en el universo zombie. Pero la cosa no será fácil: si María pudo perdonar a Tony que matara a Bernardo, otro gallo cantaría si además se lo hubiera comido.

La voz en off del zombie funciona bien como contrapunto cómico. Hay gags conseguidos (el zombie enseñándole a caminar como uno de ellos). El humor negro funciona mientras dura. Hay tantas canciones que parece que alguien se ha ido dejándose la radio encendida. El asunto entretiene si no se le pide mucho y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, hace gracia. Todo empeora conforme del humor negro se va pasando al algodón de azúcar rosa.

Nota preocupante: la humana es más tonta que el zombie. ¿Un gag, un error o un diagnóstico? Quién sabe.

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