¡Vuelva usted, señor González!

  • Ignacio González, muy entregado y en novillero, consigue el único trofeo del festejo · Casares apunta cosas interesantes · Barberán, sin acierto

Cuando la empresa Pagés decidió que Ignacio González ocupara ayer el puesto reservado para un triunfador me alegré mucho. Muy pocos conocen del esfuerzo de este novillero cordobés, de 20 años, que se había ganado el puesto tras salir en hombros en la pasada Feria de Mayo de su tierra y haber abandonado el toreo tras un bache. Y todavía menos son quienes conocen que cuando era prácticamente un crío, en un tentadero, recibió una cornada que le mantuvo en el abismo entre la vida y la muerte. Un pitón de una res le perforó un pulmón y alcanzó la pleura. En una entrevista, siendo casi un niño, hablaba de que ese era el tributo que hay que pagar para ser torero, con una responsabilidad que estremecía. Ayer, en la Maestranza, lo que estremeció al público durante el espectáculo fue su hambre de triunfo, sus ansias de éxito, con las que afrontó este chaval su reto en Sevilla, del que salió ganador, pese a sus innumerables carencias técnicas, entre ellas la de la suerte de matar, en la que entra a topacarnero y sale vivo del encuentro de milagro. Alguien, urgentemente, debe enseñarle a hacer la suerte. No sólo por los triunfos que pierda al errar con la espada -como sucedió ayer-, si no por su integridad física.

Ignacio González, con un buen lote, intentó de todo. No siempre le salió bien. Pero todo lo hizo con frescura, con la frescura propia de los novilleros, a los que les perdonamos antes las carencias técnicas que la falta de ambición. Con su primero, un novillo con mucho carbón, se metió de inmediato al público en el bolsillo. En el platillo parecía querer recibir al animal con aquel lance de espaldas y cambiado que puso en boga Miguelín y que, tras no resolver adecuadamente acabó en una especie de tafallera. Fue arrollado por el novillo, cuando salía de un puyazo, en un despite. Pero con la muleta puso a todos de acuerdo en una faena vibrante, alegre, a la que le faltó el reposo de un torero con mayor experiencia. La faena estuvo basada en la diestra, brillando fundamentalmente una tanda con la ligazón como estandarte, con muletazos largos ligados a un pase pecho, tras un cambio de mano. Los mejores pases, con un toreo más reposado, afloraron al natural y en las postrimerías. Luego llegó la debacle. El torero, sin hacer la cruz, -el que no hace la cruz se lo lleva el diablo, ese adagio de Rafael el Gallo en el que decía que con la mano izquierda se adelanta la muleta y con la derecha, a la altura del corazón, se ataca en la suerte suprema, formando una cruz-, se tiró de manera suicida en cinco ocasiones. Cinco envites a topacarnero, perdiendo premio.

Con el manejable quinto, Ignacio González volvió a lancear con ganas. Brindó la faena al empresario Eduardo Canorea. Y en los medios, en la distancia larga, se entregó en tandas con muletazos algo acelerados. El novillo apenas duró y en la distancia corta sacó a flote el toreo de verticalidad amanoletada que le vi en sus comienzos, sacando un par de bellos naturales y un solemne pase de pecho. De nuevo, en la suerte suprema, se tiró de frente, a topacarnero, sin vaciar el viaje del novillo y tras un pinchazo, en el segundo envite, fue cogido aparatosamente, pero sin mayores consecuencias, a cambio de meter una estocada caída casi entera, que sirvió para finiquitar al astado y ser premiado con una oreja, pedida mayoritariamente. También algunos espectadores pidieron la vuelta al ruedo del novillo, que hubiera sido excesiva, ya que el animal, muy distraído de salida, no llegó a entregarse en los primeros tercios.

El algecireño Salvador Barberán no llegó a conectar con el público. En su primer trasteo, con el noble primero, la labor resultó entonada, aunque sin transmisión. Con el cuarto, que topaba y daba tornillazos en la franela, trasteo sin sustancia.

El zaragozano Luis Miguel Casares tuvo en mala suerte el peor lote, con el que apuntó buenas cosas. Al huidizo tercero, que salía de las suertes con la cara por las nubes, le sacó algunos muletazos de entidad, como un bellísimo natural. Y con el reservón sexto se mostró porfión.

Por esas ganas impropias en estos tiempos de tanto conservadurismo en la novillería, el respetable sentenció y dio victorioso del festejo, con un trofeo, a Ignacio González. Un público que a buen seguro, como ha decidido la empresa Pagés -que le repite el próximo domingo 21, junto a Sandra Moscoso y Juan Mari Rodríguez, con novillos de Macandro- piensa lo que también le digo en esta posdata-información de la crónica: ¡Vuelva usted, señor González!... Eso sí, con las mismas o más apetencias de triunfo y habiendo aprendido a matar.

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