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  • Aunque se ha desarrollado fundamentalmente en el sur de España, el flamenco no ha sido nunca exclusivamente andaluz, ni siquiera en su faceta más conservadora, el cante

¿Un cantaor vasco? María la Marrurra, que grabó con Melchor de Marchena, nació en Jacksonville, Florida, como Moreen Silver y, según Alfredo Grimaldos, en los años 60 trabajaba para la CIA al mismo tiempo que recorría como profesional los tablaos y festivales madrileños y andaluces con su marido, el guitarrista californiano El Cristo, y su amigo Tom Sorensen, más conocido como Tomás de Utrera, también guitarrista. Que el flamenco, siendo una cosa fundamentalmente sureña, nunca se ha limitado a la geografía flamenca andaluza, lo demuestran los nombres de El Rojo el Alpargatero, alicantino, La Argentina y La Argentinita de Buenos Aires, Vicente Escudero, vallisoletano, Carmen Amaya de Barcelona, Pilar López de San Sebastián, la familia Borrull, de Castellón y Barcelona, Mario Escudero de Alicante, El Farruco de Pozuelo de Alarcón, Sabicas de Pamplona, Jacinto Almadén de Ciudad Real, Juan Varea de Castellón, José de Udaeta, La Chunga y La Singla de Barcelona, Farinas y Calderas de Salamanca, María Albaicín de Cuenca o Antonio Gades de Elda, todos ellos nombres esenciales de lo jondo, por citar unos cuantos a vuelapluma. Por no hablar del italo-americano José Greco, los mexicanos Manolo Vargas, Roberto Ximénez, Luisillo, Lucero Tena, la neoyorkina Teresa, los argentinos Maestro Granero, Rafael de Cordova, y un larguísimo etcétera. O el maestro Kojima y la gran Yoko Komatsubara, ambos profesionales desde los años 60 y gozosamente en activo. Si Takamitu Ishizuka y Yuka Imaeda son estrellas japonesas del cante flamenco actual, entre cientos de profesionales de esa nacionalidad, ¿por qué el público y la prensa española se asombran de que un vasco cante flamenco?

Precisamente este año al reputado Festival de las Minas acuden cuatro finalistas japonesas, tres bailaoras y una cantaora. Nos referimos a Japón por ser el país más alejado geográficamente de Andalucía, pero al hablar de los japoneses en el flamenco podríamos hacerlo de la misma manera, con listas igual o aún más extensas, de estadounidenses, franceses, alemanes, italianos, chinos, mexicanos, argentinos, etcétera. ¿Por qué llama la atención que un catalán, que no es gitano ni andaluz, lleve el cante a todos los rincones del planeta? Lo asombroso es lo desconocido que sigue siendo el presente y el pasado de este arte, que tiene más profesionales y seguidores fuera que dentro de las fronteras andaluzas y españolas, y la cantidad de lugares comunes sin fundamento que sigue acarreando. Hoy escogemos, de la última hornada de discos de cante flamenco, el ámbito más conservador de la expresión jonda, unos cuantos nombres de intérpretes jóvenes que son, como los citados antes, extra-andaluces. Excluyo de esta historia a madrileños, murcianos y extremeños, que pertenecen, como se sabe (¿o no?), a territorios flamencos de pleno derecho. Y al Pollito de California, reputado palmero de sesión de Camarón.

Maizenita es el nombre artístico de Lander Egaña (Bilbao, 1991). Del País Vasco, como la maestra Pilar López o el guitarrista Jesús Torres, autor de la música de los espectáculos y mano derecha de Isabel Bayón, Belén Maya o Rafaela Carrasco, entre otros, además de concertista flamenco. De Maizenita nos han dicho que aprendió a cantar de los gitanos de Jerez. Ni López ni Torres necesitaron de este salvoconducto para entrar en la historia del flamenco. Maizenita tiene una voz dulce, casi infantil, delicada, acorde con su nombre y su edad. Su primer disco, Tierra nueva, es plenamente tradicional. Es decir, lo que se consideraba tradicional en tiempos del mairenismo, desde los años 50 a los 80. La obra se abre con el maravilloso sitar de Gualberto para unos martinetes delicados. En las bulerías por soleá se arrima a los estilos tradicionales jerezanos con unos gustosos jaleos.

Salao es el nombre artístico de José Antonio Martín Yáñez (Manheim, Alemania, 1973), que vive en Cataluña desde los pocos meses de edad. Catalán como Miguel Poveda, Mayte Martín, Chicuelo, Cañizares, Ginesa Ortega, Montse Cortés, El Duquende, Canito, Las Migas, Silvia Pérez Cruz, Pedro Barragán y un larguísimo etcétera, por ceñirnos estrictamente al cante y el toque actual de Cataluña. Si habláramos de baile, necesitaríamos mucho más espacio del que disponemos. Salao tiene una voz poderosa, llena, bronca y directa. Al margen de su conocimiento de la tradición, su cante destaca por la enorme belleza tímbrica que atesora su garganta. Su cante es duro, pero también delicado y pleno de matices en los melismas. Destaca en las malagueñas del Mellizo y, en general, en el repertorio clásico decimonónico. La cartagenera del Rojo el Alpargatero es dura, metálica y personal, siempre dentro de la estética camaronera que es el fundamento musical de este cantaor. De enorme belleza resulta también el martinete merced a la polirrítmica contribución de Luis Amador a la batería. Lo mejor de este cantaor, de exuberante belleza vocal, es la austeridad que demuestra en los estilos levantinos y en las bulerías. Porque el barroco ya viaja con él, en su garganta.

Blas Córdoba El Kejío nació en Moraleda de Zafayona (Granada) en 1966, pero a los dos años se trasladó a Sabadell, donde sigue residiendo. Ha sido habitual en los grupos de Vicente Amigo y Chano Domínguez donde destacó por su voz profunda y su estilo camaronero. El pianista gaditano le ha producido su primer disco, un ramillete de cantes flamencos de lo más curioso, donde trabaja con la polifonía jonda. Cuenta con la colaboración de Carles Benavent al bajo y la mandola en las melosas bulerías Quiero contar donde se hace acompañar, asimismo, de un cuarteto de cuerda. El flamenco-jazz es también el elemento característico de la rumba ADIS, merced a los metales de Roky Albero. La voz de Blas Córdoba es sedosa y trasmite una serenidad enorme, junto con los estribillos a cargo de un coro mixto. Las cantiñas, donde el invitado de lujo es la guitarra de Agustín Carbonell El Bola también tienen presencia en la obra. Undebel del cielo son unas estupendas seguiriyas con acompañamiento de piano, la guitarra eléctrica de Jordi Bonell y la sección rítmica habitual. Bendito se cierra con una poderosa malagueña, sin duda lo mejor del disco, con el único acompañamiento del piano de Chano Domínguez, autor de la pieza. Por supuesto, se trata de una malagueña gaditana, del Mellizo, que goza de una introducción por granaínas.

jara en el camino

Salao. Producido por Chicuelo y David Cerreduela. Taller de Músics.

bendito

Blas Córdoba. Producido por Chano Domínguez. Nuba/Karonte.

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