Crítica de Cine cine

El arte de saber contar

el juez

Drama, Francia, 2015, 98 min. Dirección y guión: Christian Vincent. Fotografía: Laurent Dailland. Intérpretes: Fabrice Luchini, Sidse Babett Knudsen, Eva Lallier, Corinne Masiero. .

Fue La separación (1994), buen drama intensamente interpretado por Isabelle Huppert y Daniel Auteuil, su tercera película, la que dio al guionista y director Christian Vincent un lugar en el cine francés tas su prometedor debut con La discreta (1990), en la que dirigió al gran Luchini con quien ahora, 25 años después, se reencuentra. Las posteriores Sauve-moi (2000) y Les enfants (2005) confirmaron su talento para retratar con suavidad, pero sin superficialidad, emociones en entornos cotidianos. A la vez que Quatre etoiles (2006) y La cocinera del presidente (2012) -extraordinaria Catherine Frot- demostraban su habilidad para la comedia.

A sus 60 años, con El juez, este veterano cineasta en ininterrumpida línea ascendente ha rodado su mejor película. Partiendo de un personaje esquinado -un juez famoso por su dureza y con una vida emocional más bien árida- y del caso terrible que ha de juzgar -un infanticidio-, Christian Vincent escribe (inspirándose en Simenon, pero sin seguir ninguna de sus tramas) y dirige una película admirablemente sencilla, que no simple; y por raro que pueda parecer, dado el carácter y la situación vital de su protagonista y el caso que juzga, gratísima de verse. No sólo por el espectáculo siempre gratificante de la inteligencia discreta en la dirección, ni sólo por las espléndidas interpretaciones del siempre grande Fabrice Luchini -el intérprete de tantos espléndidos Rohmer- y de la actriz danesa Sidse Babett Knudsen -que se hizo popular en su país como actriz de comedia, se fue dando a conocer internacionalmente en el entorno del movimiento Dogma (Mifune) y en series televisivas de prestigio (Borgen) para consagrarse definitivamente con esta película que la ha pasaportado a Hollywood-, sino por la finura con la que, a través del severo protagonista y los miembros del jurado, entre los que reencontrará a una mujer a la que amó, trata de los sentimientos humanos.

La riqueza de esta película es ser un drama y a la vez una comedia sentimental, una historia de amor y un retrato coral, el relato intimista de una relación y una aguda mirada sobre el funcionamiento de la justicia francesa. Todo a la vez y sin superficialidad. Pero tampoco sin engolamiento justiciero o sentimental. La capacidad para reproducir en pantalla el flujo de la vida cotidiana y sus contrastes, una de las glorias del cine francés, brilla en esta película tan difícilmente sencilla o sencillamente difícil. Lograr tan delicadas a la vez que intensas interpretaciones y hacer funambulismo, logrando que avance una comedia sentimental sobre el abismo de una tragedia, requiere, además de una sensibilidad y una inteligencia superiores, un trabajo tan duro como riguroso. Que en ningún momento se nota como esfuerzo, aunque se agradece como maestría que se toma el trabajo de entregar al espectador una obra tan honda como legible y emocionalmente disfrutable.

Que en Francia hayan premiado con el César a Sidse Babett Knudsen como mejor actriz secundaria y en Venecia a Fabrice Luchini como mejor actor, además de a Vincent por el guión, es de justicia.

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