La aventuras del Monte Pagasarri

  • Fernando Marías gana el Premio Biblioteca Breve con 'La isla del padre', una recreación en torno a la figura paterna "en busca de la propia identidad".

Muy a menudo, el proceso de escritura surge como una manera de deglutir los acontecimientos. La realidad se atraganta y uno no tiene más remedio que ir regurgitando. No en pocas ocasiones, ese ejercicio de catarsis lo provoca la muerte. Fernando Marías realiza en La isla del padre -la novela con la que ayer se hizo con el Premio Biblioteca Breve- un ejercicio "de refugio, conclusión, búsqueda y homenaje". O quizá, de explicación.

"Hay mucha literatura en torno a la muerte del padre o de la madre, en torno a la desaparición de un ser querido", apuntan desde Seix Barral. También esto pasará, de Milena Busquets, o La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Una literatura que para Javier Cercas es "literatura más allá de la literatura, en la que uno se pone en riesgo a sí mismo, en la que la primera persona se ensaña".

"Lo cierto -apuntaba el propio Fernando Marías en Barcelona- es que fui escribiendo de la muerte y surgió un libro de la vida".

La isla del padre surge, afirma el autor, de manera distinta a cualquier otro libro que haya escrito: "En febrero 2009 -explica- mi padre, con 90 años, fue operado a vida o muerte. Aguantó cuatro años más. Cuando enfermó, supe que quería escribir un libro sobre él y empecé a recoger imágenes y recuerdos. En mi último encuentro con él, su mirada fue un latigazo que puedo convocar hoy en día en cualquier momento y circunstancia, y que fue una especie de terremoto. En ese instante, sentí el deseo de decirle que quería escribir un libro con él y que, de hecho, íbamos a escribirlo (algo que dije aunque ninguno de los dos creemos en el más allá)".

Porque hay muchos tipos de fantasmas. Nosotros mismos, los que hemos sido o los que seremos, nos damos sombra. "De modo -continúa- que la escritura de este libro fue mágica. Lo fui escribiendo en la que había sido casa familiar durante un siglo, ahora vacía, y en la que poco a poco fui reduciendo espacio, hasta terminar viviendo en la misma habitación en que dormía, haciéndome café en un hornillo y escribiendo en la misma mesa en la que estudié de joven. La casa, de hecho, se vendió durante el proceso de escritura. Cuando cerré el ordenador y la mesa abatible, y lo metí en la maleta, lo siguiente que hice fue entregar las llaves al nuevo propietario. Y pienso que en esa casa aún sigue el espectro de Fernando Marías escribiendo sobre el espectro de su padre":

La recreación del padre, o su recuerdo, ha sido en gran parte también -lo fue siempre- invención: marino mercante, los hijos se acostumbraron a rellenar los huecos de su figura. Y sus circunstancias abundaban en ello: "Sabía que corría el riesgo de que sus hijos no lo quisiera -indica Fernando Marías-, así que nos contaba historias de aventuras. Pero hablaba de Beirut y Bagdad y sospechábamos que no podía ser normal, que iba por el mundo con un maletín, que sería espía o algo".

Todas esas evocaciones, mezcladas con ficción cinematográfica, le dan al libro un tono de novela de aventuras -el ejercicio de evocación está muy prendido en Marías, rendido al cine, que confiesa que su primer amor fue Candice Bergen-. Un padre que, en la vida real, estudiaba para ser marino cuando era mecánico; trató de buscarse la vida -tal vez como "maleante"- en el Madrid de posguerra y hacía flexiones cuando era nonagenario.

"Me gusta pensar que no soy el autor del libro, sino que lo somos mi padre y yo, y jugaré a pensar que él también lo sabe -insiste el escritor-. Es más, creo que La isla del padre la han escrito esas dos figuras que pueden verse en la fotografía de la portada: ese marino que no sabía que terminaría escribiendo un libro después de muerto y un niño megalómano que vivía en una casa enorme, con su abuela y madre dedicadas a atender sus caprichos. Algo fatal, lo peor que pudo pasar según mi psicoanalista".

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