Aquí sí se baila el fandango

  • La versión va ganando en madurez y en detalles con el tiempo y las reposiciones · Se han establecido algunos nuevos cortes musicales y en las partes habladas, lo que agradecerán sin duda los cantantes

Con el vibrante y espectacular fandango con el que Francisco López (alterando un poco la partitura original) atinadamente cierra esta producción se puso un inmejorable broche a la temporada lírica del Villamarta. Todos quedamos a la espera de las felices sorpresas que, a no dudarlo, nos deparará en pocos días el anuncio de la temporada venidera, pero entre tanto nos despedimos de ésta con el suavizado y excitante sabor de boca de un buen oloroso que nos haga desear más manjares, líricos en este caso.

Aunque ya conocida, esta versión de Doña Francisquita va ganando en madurez y en detalles con el tiempo y las reposiciones. Se han establecido algunos nuevos cortes musicales (los menos) y en las partes habladas, lo que agradecerán sin duda los cantantes. No se pierde casi nada del argumento (conocido, por otra parte, por cualquier mediano aficionado) y se gana en agilidad. Agilidad dramática y escénica es lo que derrocha la visión de Francisco López, un mago del aprovechamiento de los espacios mediante el uso de las diagonales y de la luz como instrumentos del engaño a los ojos. La escena nunca queda muerta, siempre hay detalles de fino humor o de captación de la atención del público, como el feliz hallazgo del borracho. Por último, cabe subrayar la perfecta adecuación del movimiento de los actores al pulso musical. La iluminación en tonos cálidos y brillantes acentuó aún más la fantasía del vestuario de Jesús Ruiz, todo un dechado de invención y de color, como en la escena del desfile de Carnaval o en la fiesta final. Inmejorable la coreografía de Latorre, muy en estilo clásico español y realmente espectacular en el susodicho fandango.

Elementos muy de la tierra en el apartado musical, empezando por la dirección de Juan Luis Pérez, muy atento toda la noche a las voces, con la que mantuvo un perfecto equilibrio en las dinámicas. Fue el suyo un acusado sentido del ritmo en los aires danzables, mientras que en los momentos líricos supo arropar con delicadeza a las voces. A sus órdenes, coro y orquesta sonaron con gran empaste (salvo algunas sopranos destempladas y algunos metales desafinados puntualmente). María Rey-Joly, de bella voz muy timbrada y de notable homogeneidad de color, cantó con precisión la complicada 'Canción del ruiseñor', atacando directamente y sin retardar los Re naturales y el Mi bemol sobreagudo. Ismael Jordi ha hecho definitivamente suyo el personaje de Fernando, perfilando y abrillantando detalles como los ataques sobre el pianissimo sin cargar excesivamente sobre la media voz y evitando los sonidos nasales. Reguló de manera exquisita y fraseó con delicadeza, firmado su famosa romanza con acentos pasionales y una voz firme y menos oscilante que en ocasiones anteriores.

Amelia Font y Francisco Matilla estuvieron muy en sus papeles de característicos, con gran soltura cómica. La voz de Moncloa sonó muy estrangulada y con evidentes problemas de emisión en la zona de paso, alejándose del tono más de lo debido en varias ocasiones. Y decepcionante sin más tapujos la Beltrana de Marisa Roca, una voz engoladísima, que apenas si se proyecta por lo trasero de su emisión, de color excesivamente oscuro, corta de fiato y muy chillona en las notas superiores.

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