Se baila como se es

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Con una bota en cada mano, pies descalzos, medio encorvado y con su tambaleo característico. Recogiéndose la chaqueta, vertical y espigado, cabeza erguida y el baile por abajo, con los pies como centellas martilleando las tablas del Villamarta. Joaquín Grilo es el baile. El baile parado o vertiginoso, el baile dogmático o iconoclasta. El baile hecho carne. Pocos entienden mejor el significado de beber del pasado para avanzar hacia el futuro. Aquello que cansinamente llaman combinar tradición y modernidad. Dijo Gabriel García Márquez de El Lebrijano que cuando canta se moja el agua. Podría afirmarse que cuando Grilo baila, el fuego se quema y la tierra tiembla. Los elementos se alinean en su último espectáculo, Leyenda personal, que certifica sin equívocos la plenitud y madurez artística de un bailaor de otro tiempo, de un creador de futuro, de un hombre inquieto y sediento, de un provocador que da calambre y transmite una energía fuera de lo común.

Aquí se la juega de nuevo. Vuelve a arrimarse al 'toro', tan cerca que puede oler el miedo a la incomprensión. Y se desliza por el resbaladizo terreno de querer expresar algo más que su versatilidad bailaora. En general lo consigue. En otros pasajes, la narración naufraga en una atmósfera excesivamente conceptual y difusa. Algunas cosas por pulir tras el estreno, alguna transición que se prorroga sumergida en interludios instrumentales interminables. Pero Grilo se levanta.

Hay un momento en el que aparece una Piedad en la escena. Es el bailaor en el regazo de su hermana Carmen, que brota como madre y como rama de un tronco insondable. De forma nítida se aprecia una de las líneas maestras de su último montaje: el sentido homenaje a la mujer. Todo gira en torno a ella. Incluso la música de Juan Requena, plena de complejidad, matices y texturas, parece clamar su admiración por el universo femenino. Todo resulta tan emocionante, tan estético, tan sincero…

Los tientos con reverberaciones de Manuel Torre dejan atrás la grabación del A mí me llaman el loco de Tío Borrico y los sonidos de los humildes patios de vecinos encalados, de los gallineros y las mobilettes que transportaban al afilador. Son las vivencias, los recuerdos, de un pequeño Joaquín que pronto muestra su rechazo a ser partícipe del grand guignol del poder, del circo mediático que maltrata al arte sin paliativos. Algunos todavía recuerdan a aquel jovencito menudo que concluía sus clases en la academia de Cristóbal con una camiseta blanca empapada en sudor. Y recuerdan que nunca se vendió, que trazó su camino hasta dónde sus pies le llevasen. Hasta ahora. Su filosofía de la vida y el baile poco ha cambiado en espíritu.

El flamenco, como todas las artes, como la sociedad en general, debe empezar a sustituir ruido por silencios, detenerse a escucharse a sí mismo y obviar los grandes registros por lo minimal. Justamente con esto último entronca la propuesta de Grilo, ajena a la fanfarria de los pujantes decorados, de tules y cicloramas repletos de efectos audiovisuales, de los amplios cuerpos de baile cortados con el mismo patrón de la vulgaridad.

El bailaor y coreógrafo jerezano prescinde del artificio, de lo accesorio, para transmitir, con un baile desnudo y solitario, un torrente de emociones y sentimientos revestido de reflexiones: unas más soterradas, otras más explícitas. En esto se halla la atinada mano de Sebastián Haro, que ha conseguido, tras la experiencia de A solas, saber exactamente qué quiere manifestar Joaquín en cada paisaje de su espectáculo, en cada pincelada que derrama de su profundo lienzo vital.

Un relato que hilvanan los pies y brazos de un Grilo inmenso que por momentos sobrecoge y eriza el vello, ya sea bajo la almibarada voz, a caballo entre flamenco y soul, de Carmen Grilo, ya sea a partir del abundante caudal de José Valencia, sus dos cantaores de cabecera. La primera, espléndida en la farruca y en la soleá al golpe; el segundo, sobrado sin excepción, como acostumbra, en todos los palos y tercios que ejecutó. No obstante, el lebrijano brilló de forma singular en la malagueña chaconiana, solo en el proscenio y acompañado por el nada ortodoxo, pero muy flamenco, bajo de Martín Leiton, que en ningún caso produjo indiferencia. Al igual que ocurrió con la impecable percusión de Paquito González, armónica y ajena al ruido.

Pero si algo baña Leyenda personal son los latidos del corazón de quienes la construyen en escena, el incansable palpitar que recorre esa especie de bosque mítico que inventa el bailaor. Grilo baila al son de las manecillas del reloj, con su particular sentido de la geometría y la danza, con sus piruetas infinitas, con sus movimientos al filo de lo imposible. Una vez más, dándolo absolutamente todo, vaciándose hasta la extenuación. Mete los pies con garra por bulerías y sorprende siempre cuando se refrena por seguiriyas y cabal. Y con una farruca profusa, como si la hubiese coreografiado Escudero para que la bailase Gades, con una escobilla generosa en la que regala imaginación y dominio. A la postre, todo en él es inventiva al servicio de un baile con cierto toque épico, tan perfeccionista y académico como espontáneo e improvisado. No en vano, en la retina almacenaremos durante mucho tiempo los bises que regaló con un público entregado por bulerías y él esbozando todo su repertorio de grilerías, entelequia que define aquellos juegos, quiebros, escorzos, giros, excesos y pataítas de toda condición que sólo están al alcance de un bailaor de leyenda, de un artista proverbial, de un espíritu burlón. Se baila como se es. Y Grilo no puede ser de otra manera.

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