Lectores sin remedio por Ramón Clavijo Provencio y José López Romero

La biografía inconclusa

  • Desde entonces me quedé con ese regusto de volver sobre el biografiado y ahondar sobre sus peripecias

 EN 1995 publiqué una biografía de Manuel Esteve, bibliotecario y arqueólogo municipal. Se cumplía por entonces los veinte años de su fallecimiento. El libro sobre Esteve me trajo alegrías y sinsabores, pues si por una parte descubría la vida de un personaje que había sido clave para entender la vida cultural de la ciudad, por otro lado, la modesta edición y el no poder profundizar  por las propias características de la colección  meramente divulgativa- en un periodo clave en la biografía de Esteve como fueron los años cuarenta, dejaron lo que pudo ser un ambicioso proyecto  en poco más que  un estudio interesante. Desde entonces me quedé con  ese regusto de volver sobre el biografiado y ahondar sobre las peripecias de este personaje, en unos años tan convulsos para el país. Pero sobre todo me interesaba entender el porqué si cuando se inicia la postguerra nos encontramos a un Manuel Esteve, que pese a sus éxitos arqueológicos, es sobre todo conocido como el bibliotecario municipal,  una vez terminada esa década de hierro, se transforma en el  arqueólogo y sus iniciativas en torno al libro brillan por su ausencia en contraste con otras de las que fue abanderado y, todo hay que decirlo, menos comprometidas políticamente. Del periodo que abarcaría de 1931 a 1936, la arqueología apenas es para nuestro personaje una labor secundaria, aunque presta atención y tiempo a reorganizar la colección desordenada de objetos, parte de ellos depositados bajo las arcadas del edificio bibliotecario, y tramita con particulares la cesión o donación de piezas, aunque la idea de Museo Arqueológico en ese momento sea más una utopía. Pero mientras Esteve da sus primeros pasos profesionales en la Biblioteca, la conflictividad social va en aumento hasta llegar 1936. Entonces, en la  Hoyanca de San Telmo,  se levantó una gran pira con los libros procedentes de las asociaciones disueltas por las autoridades golpistas. Salvo los  libros que se consideraron educativos, el resto del material bibliográfico requisado los meses anteriores fueron pasto de las llamas. Era otro capítulo de la guerra cultural que solapadamente se había venido produciendo desde  incluso antes del estallido de la Guerra Civil. La casi inmediata creación de un batallón miliciano para el control de bibliotecas privadas, a la vez que las purgas de amigos y conocidos en el Ayuntamiento o los centros educativos y culturales como el maestro Teófilo Azabal, su compañero en el Instituto provincial Roma Rubí o el pintor Miciano, sin duda tuvieron en la práctica una visible influencia en la manera de conducirse el bibliotecario municipal a partir de ese momento, abriendo un periodo de sombras y dejando hasta hoy una biografía inconclusa. Ramón Clavijo Provencio

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