ENSAYO

La bohemia entró en los periódicos

  • Alejandro Sawa se dedicó de manera voraz al periodismo, cuya renovación lideró a comienzos del siglo XX. 'Cronistas bohemios' de Miguel Ángel del Arco reivindica ahora esa parcela del sevillano

Alejandro Sawa (1862-1909), que inspiró a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella. Alejandro Sawa (1862-1909), que inspiró a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella.

Alejandro Sawa (1862-1909), que inspiró a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella.

Puede decirse que fue uno de esos tipos que sólo hallaron la paz en la devastación. Todo lo tuvo y todo lo perdió por una buena causa: la de entregarse con desenfreno a una libertad entre fiera y destartalada. Cuando echaba a andar el siglo XX había que estar en Madrid, donde llegaron a circular hasta 24 periódicos. Y había que llamarse Alejandro Sawa (1862-1909) para ejercer el poder de escribir dando escándalo a la ciudad. Vivir contra sí mismo fue su más alta conquista.

La historia de Sawa es larga, aunque su verdad es breve. Nació en el número 26 de la calle San Pedro Mártir de Sevilla y pasó su infancia y primera juventud en Málaga. Pero fue en Madrid donde se convirtió en uno de los más singulares personajes del ambiente literario de la capital. Allí llegó nicotinado de modernidad tras conocer en París a Paul Verlaine, un raro animal poético de la especie de los torturados. "A esa porción de tiempo corresponden los días en que vivir me fue dulce", anotó sobre su paso por la ciudad francesa.

Rubén Darío le propuso unas colaboraciones para 'La Nación', pero con la firma del poetaSu pluma asaltó hechos como el caso Dreyfus y se interesó por la situación de la mujer

En una novedosa revisión de su figura, Alejandro Sawa se nos presenta ahora como el jefe de los plumillas del Madrid finisecular. Así, en el libro Cronistas bohemios (Taurus) aparece a la cabeza de la tropa periodística formada por Luis Bonafoux, Joaquín Dicenta, Pedro Barrantes y Antonio Palomero. "El sevillano cuidó el lenguaje porque consideraba que era su mejor arma, su mayor tesoro, y despreciaba las simplezas y los lugares comunes y fáciles. Pero fue ante todo un hombre de prensa, más que novelista o literato", expone Miguel Ángel del Arco, autor del estudio.

Sawa lideró así un periodismo de buena traza, a contracorriente, tan nuevo entonces que no dista mucho del que sabemos hacer hoy. Asistió con curiosidad, compromiso y mirada personal a los acontecimientos que relató. Si no los vivió en primera persona, preguntó a los testigos, reunió datos. Todo, además, con vuelo alto: "La prensa marca el estado de cultura de los pueblos", escribió en la revista Nuevo Mundo el 22 de agosto de 1907. Allí también añadió: "Aquel país donde la prensa es clamorosa y ardiente y suelta es un país de redención".

El profesor Del Arco también sacude algunos de los tópicos creados en torno al autor de Iluminaciones en la sombra. Así, no fue ni perezoso, ni inconstante, ni poco cumplidor. Escribió mucho pero, generalmente, mal pagado. Como dato revelador, Sawa perdió la vista en 1906, pero siguió publicando hasta 1908 dictándole los artículos a su mujer. "Colaboró en la mayoría de las publicaciones de su época y, junto a su producción literaria, que no pasó a los anales de los libros de texto ni de la fama, dejó una ingente producción periodística que sí aportó a la historia del periodismo", señala el responsable de Cronistas bohemios.

Así, Alejandro Sawa se encargó de explicar, interpretar y comentar los asuntos más relevantes de la vida política. Su pluma asaltó los acontecimientos más actuales, los que ocupaban las portadas de los periódicos y la preocupación de la gente. En El País escribió sobre el caso Dreyfus el 6 de octubre de 1898; en El Liberal analizó, en enero de 1898, la guerra de ultramar; en El Globo hizo colaboraciones más literarias, pero también se interesó por el clero, la locura, la situación de la mujer… Además, abanderó la guerra de los nuevos escritores contra la vieja guardia aposentada, la Gente Nueva contra la Gente Vieja, representada por José María Pereda oClarín.

Todo, claro, con el lenguaje como cinturón de dinamita. "Levantar 100 kilos a pulso no requiere sino un mecanismo sólido de los bíceps y los riñones. Pero coger a pulso la vida, ¡la propia vida!, y tirarla a la nada de una sacudida heroica y mortal eso es cuando se tiene 15 años y todo es alrededor nuestro, había donde quiera que la vista alcanza, auroras y rosicleres, eso es la hazaña de un semidiós que hubiera vivido confundido entre nosotros", anota en un artículo sobre el suicidio de un joven de 15 años publicado en La Correspondencia de España en 1903.

El estudio de Cronistas bohemios detalla también cómo Sawa, ya hundido en su etapa más oscura, pidió ayuda a Rubén Darío, quien le propuso unas colaboraciones para el periódico bonaerense La Nación, pero con la firma del poeta. Es decir, le planteó ser su negro literario. Fueron un total de ocho artículos en los que un tal Alejandro Sawa le contaba al nicaragüense la actualidad de la vida española. "Pero la historia -expone Miguel Ángel del Arco- termina con tintes surrealistas porque Rubén Darío jamás llegaría a abonarle el importe de los artículos, aun conociendo el estado de extrema pobreza en el que vivía".

Muchos de los trabajos periodísticos de Sawa no sobrevivieron al tiempo. Sin embargo, él se convirtió en leyenda, en modelo de vida extravagante y bizarra. Su biografía de arrabal y miseria era más interesante que sus obras, tal y como reflejó Cansinos Assens en La novela de un literato, las memorias en las que mostraba aquella galería esperpéntica de poetas de la miseria y el hambre. "Prefiero el hambre al insomnio, porque prefiero la muerte a la locura. Yo sé que la demencia aguarda al otro extremo de las noches sin sueño", escribió Sawa en Iluminaciones en la sombra.

El autor de las novelas de corte naturalista La mujer de todo el mundo, Declaración de un vencido o Criadero de curas murió el 3 de marzo de 1909 en un "guardillón con ventano angosto" de la calle Conde Duque en Madrid. Y sería Valle Inclán quien lo inmortalizaría en el pasaje célebre de Luces de Bohemia, con detalles como el macabro apunte del clavo del ataúd que se le clavó en la sien y que provocó que saliera un hilillo de sangre que cuajó pronto.

De él escribiría un poema-epitafio Manuel Machado, por azares nacido en la misma calle de Sevilla: "Jamás hombre más nacido/ para el placer fue al dolor/ más derecho". Alejandro Sawa, posiblemente, fue el primero de una raza que definió así Francisco Umbral: "El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al gobierno inquieto".

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