Arquitectura · La belleza intangible

El bosque imaginado

Los bosques pertenecen a un paisaje que no es frecuente encontrar en nuestro entorno. Esos bosques interminables de los cuentos infantiles, de altísimos y finos troncos y de copas frondosas que apenas dejan que entre un rayo de sol hasta el suelo y que dieron lugar en el pasado a inventar historias que han asustado a todos los niños a los que les fueron contadas.

Uno de esos bosques de cuento lo atravesamos hace unos años un grupo de amigos arquitectos cuando nos encaminábamos a visitar Notre Dame du Haut, la iglesia que construyera en 1954 el arquitecto Le Corbusier en el pueblo de Ronchamp, un lugar al este de Francia, cercano la frontera Suiza donde habíamos pasado la noche. Viajábamos de buena mañana, con una niebla que se enredaba en los troncos y que hacía que el bosque pareciera no tener fin. Los esbeltos fustes infinitos daban forma a una especie de imponente sala hipóstila. Cuando dejamos atrás el bosque nos encontramos con un hermoso valle limitado por unos montes que se recortaban contra el cielo desvaído de la mañana, y en la cima de uno de ellos distinguimos la iglesia preciosa, que en la distancia, aparentemente, tomaba su forma de las casas del lugar. Nada más lejos de la realidad. A medida que nos fuimos acercando el edificio se nos fue mostrando en toda su potencia y esplendor. Por el contrario, una vez en su interior, descubrimos la delicada obra realizada por el maestro.

Éramos los únicos visitantes y nos sentimos tan sobrecogidos que cada uno buscó un lugar de la iglesia en el que dedicarnos a mirar, aprender, de los espacios, de cada ventana, cada vidriera, cada detalle constructivo, inmersos en un absoluto silencio. Más tarde irrumpió un grupo de ruidosos arquitectos que llenaban un autobús completo, rompiendo el climax del que por casualidad habíamos estado disfrutando en la última hora transcurrida.

La capilla de Ronchamp es una obra que mezcla la blancura de sus gruesos muros mediterráneos (construidos con hormigón trabando las piedras de la antigua capilla, destruida por los bombardeos de la guerra) con una pesada y abstracta cubierta de hormigón visto que tiene un remate en pico que le dota de esa imagen de casona de montaña que en la distancia nos confundió. El pavimento interior sigue la pendiente natural de la colina en la que se instala. Es un lugar para la intimidad pero también para la concentración religiosa, pues cuenta con otra iglesia al exterior, la pradera en la que se ubica, siendo la propia fachada principal de la iglesia la que hace las funciones de retablo. Todos y cada uno de los elementos exteriores, campanario, lucernarios, gárgolas, de formas novedosas e inspiradoras, contribuyen a convertir la capilla en una de las piezas más atractivas de la arquitectura del pasado siglo.

Todos estos recuerdos me vinieron hace unos días escuchando un programa de radio, 'El bosque habitado', que cada domingo por la mañana invita a la reflexión y al cuidado de los árboles y los bosques. Bosques que no existen en nuestro entorno aunque gozamos de otros paisajes, otras masas arbóreas y plantaciones, unas más recientes que otras, pero todas necesarias para el sostenimiento de nuestras vidas y nuestro planeta. El programa del que hablo versaba sobre el bosque animado, libro escrito por Wenceslao Fernández Flóres, controvertido y humoroso escritor gallego, que se subió a las copas de los árboles de Galicia cual barón rampante, para escribir este sensible y divertido libro que sería llevado al cine muchos años después por José L Cuerda. Cuentan libro y película sobre la vida que al margen de los humanos se extiende a través de los bosques, llegando a enunciarse la sentencia que el hombre te ignore, como conjuro de salvación de la vida vegetal frente a los humanos. Todo ello se desarrolla en medio del bosque, en la fraga, que es ese tapiz de vida que se aprieta contra las arrugas de la tierra. Robles, rebollos, castaños, brezos o tejos son los árboles de ese paisaje norteño. Nosotros parafraseando el libro podemos gritar: ¡Acebuches, algarrobos, lentiscos, tarajes y carrizos, eucaliptos y viñas, que el hombre os ignore!

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