La ciudad de la historia por Eugenio J. Vega y FCO. Antonio García

Entre carnaval y cuaresma

Ahora que estamos en fechas, desempolvaremos ciertos datos que ya hemos aprovechado otras veces para recordar cómo a veces las circunstancias y las, diríamos, curiosas mixtificaciones han borrado los nítidos contornos de realidades muy distintas y se ha llegado incluso a confundir dos manifestaciones tan cercanas en el ciclo anual pero tan alejadas en su significado dentro de la civilización cristiana.

Sabemos que la procesión fue, ha sido, es y será una ceremonia usual en todas las religiones, orientales y occidentales, y en todas las épocas, una manifestación documentada desde los monumentos hititas a los frisos del Partenón o los documentos históricos y literarios de siempre. Pero también debe señalarse el hecho de que tales actos se han mostrado desde la antigüedad muy secularizables, o sea, muy expuestos a perder fácilmente su original significación religiosa.

En efecto, no hay más que recordar las descripciones que hacen y la opinión que tienen algunos, extranjeros o nacionales, desde el mismo XVI acerca de las procesiones de disciplinantes. El Brocense y los erasmistas fueron muy claros al respecto de la hipocresía de los cofrades. Más tarde, Meléndez Valdés habló de "galas y profusiones de trajes" y, por su parte, Blanco White en sus Cartas de España llama "repugnante exhibición" al desfile de los flagelantes (suprimidos por el gobierno ilustrado en 1777) y compara, diríamos, el marco y la escena del carnaval con los de la cuaresma y la Semana Santa:

"En un país donde un gobierno ha prohibido las máscaras, el placer de aparecer enmascarado es un gran aliciente en esta asociación religiosa (...). Los fingidos penitentes se consideran pagados de las fatigas y molestias de la noche con la impresión que esperan producir en los corazones de sus damas quienes, por medio de señales que han concertado anteriormente, pueden reconocer a sus amantes a pesar de la uniformidad de los trajes y de los velados rostros".

Explícitas eran, asimismo, las palabras del acusador de la Semana Santa jerezana, el Síndico Procurador Mayor Juan de Villegas, en su denuncia de 2 de marzo de 1770: según él se convertía "en carnestolendas la Semana Santa". Y había entonces otra denuncia no menos importante:

"No se contentan (los frailes) con pedir para la manutención de la comunidad, sino que separadamente salen otros tantos religiosos de cada convento y para cada uno de los Santos que se veneran en sus iglesias piden y sacan con igualdad limosna. Esto mismo ejecutan por el propio tiempo los hermanos seculares de las cofradías que hay en dichos convento, como en las parroquias y ermitas de dicha ciudad, de forma que se cruzan los limosneros y sacan al pueblo una contribución crecidísima en perjuicio del vecindario, de las tres religiones franciscanas, hospitales, hospicio de niñas huérfanas y demás pobres que seguramente se podrían mantener, cuando no en el todo, en mucha parte, si esta limosna se repartiese únicamente entre ellos. También se nota exceso muy grave en tiempo de cuaresma en las cofradías y procesiones que han de salir la Semana Santa, pues no teniendo éstas (por lo general) rentas con que costear las funciones de Semana Santa (en lo que invierten ingentes cantidades), se hace todo con mucho lucimiento y profusión sólo con las limosnas que en dinero todo el año y especialmente en la cuaresma juntan los hermanos pidiendo con las árguenas o demandas, llegando esto a tanto extremo en la cuaresma que no hay vecino ni hombre de razón que deje de lamentarse de estas demandas, porque queriendo los hermanos contrapunteados excederse unos a otros en juntar, se estrechan con los que encuentran de manera que unos voluntarios, otros por vergüenza y otros por precisión dan todos limosnas que por consecuencia hacen falta a los hospitales y demás que van referidos".

Ahí queda eso. En Jerez el clero padecía el mal endémico de la pobreza desde la creación de las (excesivas) parroquias por Alfonso X, a las que luego se sumaron conventos y cofradías. Nos lo certifica nuestro erudito amigo Javier Jiménez López de Eguileta (que, por cierto, coordina con Pablo Pomar el imprescindible Catálogo de la Exposición Limes Fidei que pronto se presentará y deberá estar en toda biblioteca que se precie). Sobre la interesante cuestión de tantos excesos y abusos relacionados con la Semana Santa, el lector podrá encontrar abundancia de información en el capítulo que dedicamos a la supresión de las hermandades jerezanas en la ya antañona pero útil obra sobre La Semana Santa de Jerez y sus cofradías (tomo I, 1996).

De aquella misma adulteración de la Semana Santa y de forma parecida, el Cardenal Segura en una exhortación pastoral de marzo 1944 recordaba al pueblo cristiano que la Semana Santa no era feria. Y así sucesivamente hasta nuestros días. Hoy también, muy a menudo, podemos comprobarlo, y esto ocurre en especial, como nos aseguran con razón los historiadores de las religiones, en los países latinos donde "el ambiente lúdico y turístico suele primar sobre el simbólico" (escribe el profesor Díez de Velasco).

En fin, en unas magistrales líneas, como todas las suyas, el gran Erasmo de Róterdam no temía explicar ciertos cultos y no pocas manifestaciones de la religiosidad popular como vestigios del paganismo:

"Antiguamente se solía llevar en procesión a Baco, a Venus, a Neptuno, a Sileno con los Sátiros (...). Por eso los Santos Padres estimaban que era un gran progreso si, en lugar de esos dioses, se llevaban estatuas de hombres piadosos, cuyos milagros daban pruebas de que compartían el reino de Cristo; si el hábito supersticioso de correr con antorchas, en memoria del rapto de Prosérpina, se cambiaba en costumbre religiosa, reuniéndose el pueblo en el templo con cirios encendidos para honrar a la Virgen María...; si los marineros, en vez de invocar a Venus y a los Gemelos, invocaban a la Virgen Madre, y en vez de himnos impíos le cantaban esta canción náutica: Salve Regina...".

Por eso, no nos olvidemos de que, si falta lo interior, o sea, el verdadero sentido de la celebración, el exterior se presta fácilmente a confusión. Al fin y al cabo también el carnaval se remonta a fiestas paganas de contenido religioso: desde las Lupercales de Roma hasta las Dionisias rurales y urbanas del mundo griego. Quizá convenga reflexionar acerca de todo esto para saber lo que de vez en cuando se hace.

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