Un ciprés sombrío y estirado

  • Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Fernando Rey, posiblemente el mejor de los actores españoles, indudablemente el primero y más reconocido en llegar al cine internacional

"Es un ciprés sombrío y estirado", le decían a Gutiérrez Aragón cuando pensó en Fernando Rey para interpretar a su Quijote televisivo en el que sería uno de sus últimos papeles. Y tal vez no se equivocaban, aunque aquellos consejos tuvieran más de descalificación y descarte que de descripción metafórica aunque precisa de quien ha sido uno de los actores más importantes del cine español, también el primero en hacer carrera por el mundo saliendo de un país apolillado y con olor a naftalina dentro y fuera de los platós.

Lejos de todo histrionismo latino, con un porte erguido, una dicción impecable y una voz grave y penetrante, Rey fue, en efecto, un actor poco sospechoso de esa españolidad gesticulante, sainetesca, tartamuda y excesiva que el cine local siempre buscó como seña de identidad. Tampoco le ayudaron mucho a hacer carrera de estrella o galán fotogénico unos mofletes siempre conflictivos para los operadores e iluminadores, aunque para cuando su imagen y sus prestaciones se habían convertido ya en marca de prestigio maduro y casi aristocrático, una barba blanca bien perfilada los disimulaba por completo.

Llegó al cine esquivando las penurias derivadas de su pertenencia al bando perdedor de la guerra

Recuerdo que a Fernando Rey le acompañaba siempre la muletilla de "nuestro actor más internacional", sobre todo después de su breve aunque intensa aparición en French Connection, de Friedkin, donde interpretaba al narcotraficante Alain Charnier. Poco sabíamos entonces de su larguísima trayectoria en el cine español, en el que debutó como extra a comienzos de los años 40. Mucho menos que su llegada al cine esquivaba una carrera de arquitecto y unas penurias derivadas de las consecuencias de haber estado en el bando perdedor de la Guerra Civil. Con un padre encarcelado y condenado a muerte y una madre que empeñaba el patrimonio familiar para sacar adelante a la familia, el joven Rey, por entonces aún Fernando Casado Arambillet (La Coruña, 20 de septiembre de 1917), atisbó la vía de los escenarios, el doblaje y las cámaras como salida para labrarse una carrera.

En una entrevista con Diego Galán para la serie Queridos cómicos, el actor confesaba que la gran mayoría de los papeles que interpretó en aquella primera etapa, entre ellos los de títulos históricos de éxito como Locura de amor, Agustina de Aragón, Los últimos de Filipinas, Reina Santa, Mare Nostrum o Fuenteovejuna, eran todos "nefastas interpretaciones", balbuceos de mal actor sepultado por pelucas, postizos y un pesado vestuario de época que tal vez contribuyera, quién sabe, a labrar esa contención, esa verticalidad, esa tendencia a la quietud y ese menos es más que define su personalidad como actor, sobre todo si lo comparamos con sus dos grandes competidores generacionales, Fernando Fernán-Gómez y Paco Rabal.

Como bien recuerda José Manuel Sande en otro artículo, Rey "permanece, en su estoicismo, como el símbolo de una España que no fue, y recuperar su figura es regresar a una suerte de civilización". En sus papeles para Bardem en los años 50 (Cómicos, La venganza, Sonatas), en su apoyo discreto pero incondicional a Uninci (la productora que aglutinó a los comunistas en la clandestinidad del mundo del cine), puede verse el esfuerzo, sin duda más subrayado por el énfasis del director que por su interpretación, por buscar una vía de desahogo y conciliación en una España sumida en la oscuridad, el miedo y el silencio, una España que, en todo caso, y a pesar de su carrera internacional iniciada en los 60 (Los últimos días de Pompeya, El valle de las espadas, Marco Antonio y Cleopatra, Jesús de Nazaret, Quinteto, Capitán Cook, 1492: La conquista del Paraíso), Rey no abandonó nunca como residencia y ámbito de trabajo acompañando al nuevo cine de la Transición y la democracia junto Saura (Elisa, vida mía), Miró (El crimen de Cuenca), García-Pelayo (Manuela), Chávarri (Bearn), Drove (El túnel), Cuerda (El bosque animado) o Regueiro, en dos de las mejores interpretaciones de toda su carrera, Padre Nuestro y Diario de invierno, con la que obtuvo el Goya y la Concha de Oro en San Sebastián.

Y también, de manera más compleja, en sus memorables papeles para Buñuel: Viridiana, Tristana, El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo cristalizan y destilan el encuentro entre el surrealismo, la esencia cultural de la vieja España castellana y una modernidad que en nuestro país siempre llamó a la puerta con muchos años de retraso. Su amistad con Buñuel, a quien Rey imitaba mejor que nadie, nació de una curiosa anécdota: el aragonés lo quiso para el papel de Don Jaime tras verlo muerto en Sonatas. Otra más: también durante el rodaje de Tristana, donde sus compañeros de reparto Catherine Deneuve y Franco Nero ganaban mucho más que él, Buñuel le regaló 1.000 dólares fuera de su sueldo en reconocimiento a su trabajo.

Contaba Rey que de sus tres cineastas más admirados, se quedó con ganas de trabajar con Hitchcock. Con el tercero, Orson Welles, con quien también trabaría amistad personal y con quien compartió esa vida nómada e itinerante en busca de proyectos estimulantes o alimenticios, lo hizo en Campanadas a medianoche y Una historia inmortal.

Al niño Casado le gustaron siempre los trenes y era capaz de pasarse las horas de viaje entre La Coruña y Madrid pegado a la ventana, contemplando el paisaje. Ya de adulto, Rey se metía en la locomotora acompañando al maquinista siempre que tenía ocasión. El cine, el oficio de actor, interpretar a centenares de personajes en las épocas más lejanas y los lugares más recónditos, no le satisfizo, sin embargo, todas aquellas aventuras que soñaba de pequeño.

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