Una ciudad para un teatro

  • Los jerezanos se volcaron con la puesta en escena de la ópera de Benjamín Britten 'El diluvio de Noé', aunque faltó brillo y fuerza en las voces de los solistas

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Una experiencia como la que el Teatro Villamarta inicio el pasado año con la producción de El diluvio de Noé y que se ha repetido felizmente el actual me lleva a reflexionar sobre cuál debería ser el lugar que ocupasen en la sociedad los teatros públicos, esto es, gestionados con fondos de toda la ciudadanía. Creo que en un modelo como el europeo, donde la actividad de los teatros es sufragada por las administraciones, éstos no deben limitarse a devolver a la sociedad su inversión en forma de oferta cultural, lo que ya es bastante, sino que deben ir más allá y convertirse en ocasiones en elementos dinamizadores y catalizadores de las sinergias culturales existente en cualquier sociedad. El caso de esta producción de ópera infantil es sumamente indicativo de lo que quiero transmitirles. Sin la existencia del Villamarta y sin la idea inicial de sus gestores, difícilmente se hubieran puesto nunca de acuerdo todos los elementos que en ella intervienen, desde alumnos de conservatorios y escuelas de música a jóvenes estudiantes de baile, por no hablar del soporte siempre presente de una asociación como La Arcadia-Jerez. En cualquier ciudad como Jerez existen elementos similares que, sin embargo, no suelen llegar a confluir en un mismo proyecto porque falta que alguien entienda que un teatro público tiene también una responsabilidad social hacia su entorno. Por eso sería maravilloso que cuando El diluvio de Noé visite otros teatros andaluces, lo haga a partir de sus propias potencialidades locales.

Porque, en definitiva, produce una enorme satisfacción ver cómo toda una ciudad se vuelca sobre un teatro y sobre un espectáculo como éste; cómo también la cultura es capaz de movilizar a las masas. Era todo un espectáculo ver una calle Medina abarrotada de padres, madres y familiares esperando a que saliese el casi centenar de niños y jóvenes que acababa de culminar con júbilo la segunda función de este espectáculo ante un aforo abarrotado. Ya sólo por eso merecía la pena embarcarse en otra de esas ideas locas y felizmente cuerdas del Villamarta, una más de a las que nos tiene acostumbrados. La producción escénica firmada por Alessandra Panzavolta está dominada por la brillantez y el calado ideológico. El despliegue de fantasía en los disfraces de animales, por ejemplo, fue impactante, como muy ordenado y bien estructurado el movimiento de los actores por la escena, lleno de esos pequeños y eficaces detalles marca de la casa Panzavolta. La italiana presenta desde el principio, con imágenes de explosiones atómicas en el fondo, una reflexión sobre la destrucción de la naturaleza por el hombre, haciendo que Dios le entregue a Noé un globo terráqueo y le encomiende su cuidado.

Es evidente que un espectáculo de esta naturaleza, con masiva participación de fuerzas no profesionales, debe ser juzgado, desde la perspectiva crítica, con otros criterios a los habituales en una ópera tradicional. Dada la dificultad de las armonías de algunos coros, con abundante uso de disonancias en la escritura de Britten, hay que felicitar a los coristas y al director musical, responsable también de que los grupos instrumentales estuviesen a la altura deseada (bien el grupo de metales del palco de la izquierda). Otra cosa fueron las voces solistas, a menudo desafinadas y con una impostación muy dudosa, como la de Julia Arellano, cuyo sonido cambiaba continuamente de color y de colocación. Segovia cantaba con rotundidad en la zona central, pero al subir el sonido quedaba abierto y sin brillo.

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