El clasicismo de un clásico moderno

A partir de los años 80 la realidad artística encontró en el discurrir existencial en España un campo abonado para manifestar su entidad. El Arte se puso de moda, lo artístico ocupaba una amplia parcela en los medios de comunicación y fueron muchos los que se acercaron a una actividad que agrandó su campo de actuación al tiempo que disminuía su auténtica trascendencia.

El Arte de esta década fue motivo de controversia, de cuestionamiento de su identidad, se le achaca su poca novedad, su más que discutible autenticidad y, por consiguiente, la tremenda igualdad que manifiesta la pintura de estos años. Los artistas, salvo excepciones muy honrosas, repiten unos conceptos plásticos que, casi todos, están emparentados con una abstracción en su manifestación más extensa, lo que hoy se conoce con el término de "pintura-pintura" y con una neofiguración, también de amplio desarrollo.

Por todo esto, los controvertidos años 80 fueron proclives al fomento del coleccionismo artístico. Algo tremendamente positivo si no se tuviera constancia que el proceso por el cual esto se llevó a cabo fue, cuando menos, a ciegas y sin un excesivo rigor. Los beneficios fiscales que llevaba consigo la adquisición de obras de Arte, el prestigio social que suponía la creación de una colección y el pseudofomento que la política socialista realiza de lo artístico, contribuye a que, muchas de nuestras instituciones -públicas y privadas- se pusieran a la tarea del desarrollo de "mecenazgos" artísticos, muchas veces tan inestables y tan en apariencia como la sociedad del momento. Las avispadas galerías, mejor dicho, ciertas galerías, encontraron -o supieron encontrar- un fácil filón para sacar adelante un producto que, de otra manera, difícilmente hubiera visto la luz fuera de los talleres de los muchos artistas que, en esos años, hicieron su aparición.

En Sevilla, la renovación artística estaba encauzada, si bien constituyendo, todavía, algo bastante minoritario y enfrentándose a los enquistados esquemas de la tradición tan del gusto de una inmensa mayoría en la ciudad. Una serie de jóvenes artistas -aquellos nacidos a partir de la segunda mitad de los años cincuenta- retoman los caminos que habían abierto los creadores de la generación anterior, configurando un compacto grupo de buenos artistas que han elevado bastante el listón de la plástica sevillana. Estamos de lleno en los claros esquemas de las Postmodernidad.

Miembro de número de aquella generación de artistas Patricio Cabrera vuelve a situarnos en una pintura que viene marcando rutas en un proceso representativo donde la realidad funde sus fronteras para adoptar nuevos modos y nuevas exigencias. Una naturaleza, sabiamente velada o sutilmente maquillada de formas y maneras, sirve de apoyo para que por sus obras discurra una amplia galería de muchas cosas, algunas sin aparente conexión. El artista se sirve de ideas, de visiones, de imágenes y de experiencias y crea una amalgama de formas donde toda representación es posible dentro de unos límites de mediatez absoluta. Patricio Cabrera crea un entramado donde la realidad y la ficción diluyen sus fronteras, lo mismo que pierden sus escenarios encontrados la figuración y la abstracción en un justificado diálogo que sirve para abrir perspectivas en una pintura que deja adivinar infinitas posibilidades.

El artista sevillano nos hace partícipes de una pintura que refleja la propia complejidad de la sociedad circundante. Por sus escenas discurren numerosísimas circunstancias que redundan en la propia complejidad del asunto representado. Y todo con un discurso plástico acertado, donde el expresionismo de la forma plástica acentúa los vértices de esa realidad cuestionada y sus imposibles situaciones.

De nuevo nos volvemos a topar con el atractivo universo a contracorriente de un artista impulsor de circunstancias imposibles.

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