isabel bono

"Nunca he creído en los premios: la suerte influye casi en la mitad"

  • La autora malagueña se hizo con el último premio Café Gijón por su primera novela, 'Una casa en Bleturge', la historia de una tragedia familiar

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-nunca creí que le preguntaría a nadie qué era "el potadero de Bleturge".

-Pues por el año 98 conocí en un grupo de noticias de literatura en internet -cuando aún era novedoso- a un chaval que tenía un blog. Me gustaba muchísimo como escribía. Iba volcando fragmentos de lo que le daba mal rollo en ese potadero, que decía, y a menudo comentábamos que alguien debería escribir alguna vez la novela de Bleturge. Al cabo de muchos años, la escribí. Bleturge es un sitio mitad refugio, mitad descampado, pero abriga y acompaña, acompaña de algo melancólico y triste también. Es algo así como el lugar en el que te olvidas del mundo, el refugio. Cada uno tiene su Bleturge, aunque le ponemos diferentes nombres.

-Mantiene varios blogs. ¿Los concibe como un fuel para la literatura?

-Según como los uses. Los blogs, que la gente los tiene ahora un poco olvidados, van al ritmo de uno, que puede ser un ritmo lento: no tienen esa velocidad espídica del Facebook o de sólo poner imágenes. Yo no sé cómo lo hace el resto de la gente, pero cuando yo tengo que escribir una entrada en un blog, primero la apunto en la libreta, luego la paso al ordenador y cuando llega a publicarse ya es algo pulido. Veo que, actualmente, con esta preponderancia de las redes sociales, es posible que mucha gente esté confundiendo ocurrencias y oportunidad con literatura. Pero a menudo las propuestas que nacen de algo así no tienen largo aliento. Lo mejor desde luego no es la velocidad ni la ocurrencia. No entiendo cuál es la prisa. Las redes también son una manera, una facilidad, de tener muchos lectores en un momento: de repente, 300 me gusta. Hay quien busca eso: mimar el ego y tener tantos lectores como fotocopias, y ahora es algo muy fácil de lograr. Casi no hace falta publicar un libro porque tienes lectores en internet.

-La novela presenta una estructura de capítulos pequeños, de orden lineal, que podrían intercambiarse. ¿Ha sido a propósito esta estructura a lo Rayuela?

-Creo que hay demasiado juego en Rayuela. Es agotador. Yo lo que pido es que se me cuente una historia bien contada y que se dejen de alardes. Rayuela no es la literatura que a mí me gusta: se pierde, me pierdo. La estructura obedece a que no sabía muy bien a lo que me enfrentaba ni si iba a terminar siendo un texto largo. Hasta que vi que había personajes que podían ser familia y desarrollar una novela. Al final, terminé organizándolo todo por la ropa que llevaban, que no podía poner a alguien que iba a la piscina y que llevaba bufanda en dos fragmentos seguidos, así que fui ordenando y rellenando el puzle. Luego, cuando ya tienes los personajes, sí tienes que buscarles un entorno donde puedan moverse y resultar creíbles. Eso lo hago mucho: estoy en esta calle y ellos están viendo ahora esto, que es lo que estoy viendo. Y así voy haciendo una especie de patchwork.

-Una casa en Bleturge comenzó a tomar forma en 2008. Hay un largo camino desde entonces...

-Yo escribo de manera muy fragmentada y caótica, no tengo método: escribo igual que me pongo a leer o a hacer la casa. Voy buscando. Y de ahí, voy escribiendo muy a poquito. En un principio, ni siquiera sabía que Una casa en Bleturge fuera a ser una novela, iba escribiendo fragmentos como un puzle. En la vida pensé que iba a ganar un premio: la casualidad hizo que estuviera en Madrid y viera en un bar que terminaba la convocatoria del premio Café Gijón.

-Una convocatoria a la que se presentó sin siquiera leer bien las bases. Que haya ganado vindica los premios literarios.

-No he creído nunca en los premios. Además, si todo es como deber ser, no sólo cuenta que un texto esté bien escrito, por ejemplo. En la rueda de prensa del Café Gijón, lo primero que hice fue recordar a todos los que se habían presentado pero no habían ganado. ¿Por qué? Porque pienso que en gran medida esto se debe a coincidencias: mi texto es bastante poético, y en el jurado de este año en el premio había varios poetas. Lo mismo con otro jurado no habría tenido esa suerte, por ejemplo. Creo que la suerte influye casi en la mitad.

-La escritura de esta novela coincide con un proceso de encontrar la propia voz en vez de las de los escritores nórdicos. ¿Cómo se lleva con sus textos de antes?

-Bueno, yo he escrito desde siempre: relatos, fragmentos o historias en poemas. En 2008 me dijo un amigo que debería leer a un escritor noruego llamado Kjell Askildsen. Al leerlo, me quedé petrificada. Decidí que debía tener yo también un bisturí en la mano y empezar a escribir frío, frío, desde el quirófano. Sí encontré la voz en la que me siento cómoda: escribir de manera concisa, quizá brusca, pero poética. La mirada poética hay que tenerla hasta en la muerte de un hijo.

-Una casa en Bleturge parte de un hecho tan traumático como la muerte de un hijo. La historia intenta transmitir que se puede sobrevivir a algo así, y la protagonista aspira incluso a algo parecido a vivir, más allá que sobrevivir.

-Yo no he vivido ni siquiera una experiencia parecida, no he tenido hijos y no se me ha muerto ningún sobrino. No sé cuál es el porcentaje de madres que aguantan viviendo después de la muerte de un hijo. Recuerdo que hace años, una carroza de Reyes atropelló y mató a un niño, y la madre se murió al poquísimo tiempo. Si te fijas, es una historia que no está contada desde el presente porque, desde luego, eso es algo que no sabría cómo asumir, ni cómo hablar ni reaccionar. Sitúa la acción desde una mujer que ya ha sobrevivido a eso, tal vez porque tiene una hija pequeña a la que hay que seguir queriendo, incluso un padre del que cuidar. Su marido, sin embargo, acumula odio y rencor. No ha sabido salir de ahí y culpa a la hija de la muerte del niño. Y quizá sea ella, la hija, la que más sufre de toda la familia, la que más lastre arrastra a raíz de la muerte del hermano, porque sabe que la odian y porque, de alguna forma, ese accidente le impedirá tener hijos.

-Es muy difícil salir impune de algo así.

-Desde luego, y que me perdonen las personas que hayan perdido a un hijo, porque hablo de oídas. No creo que haya nada peor que la muerte de un hijo. A mi suegra se le murieron ocho hijos, algo que ahora nos parece inconcebible. Todo ha cambiado para mejor.

-La novela también presenta una cuestión tabú como es el odiar a un hijo. Nos cuesta aceptar lo complicadas que son las relaciones familiares. Todos somos muy normales siempre.

-Tenemos que vivir así, no hay más remedio. Lo mismo tienes un hermano al que no puedes ver, y tienes que tratarlo bien porque es tu hermano, aunque no lo soportas. Todas esas emociones están soterradas y algunas guardan un tremendo dolor, unos con odio, otros sin odio, en una realidad que se puede ir filtrando en pequeños gestos, como los de padre a la hija en esta novela, y que es un milagro que no estallen más a menudo, en las mortíferas cenas de Navidad, por ejemplo. Las familias estamos hechas a capas, nos guardamos las cosas malas porque la convivencia es lo que prima. Si extiendes esto a un país o a un mundo, ves que la convivencia es lo que hay que intentar mantener.

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