Crítica de Cine

El derecho a la melancolía

El derecho a la melancolía El derecho a la melancolía

El derecho a la melancolía

Resulta inevitable comparar las dos versiones cinematográficas de la primera novela de Maupassant: Une vie, dirigida por Alexandre Astruc en 1958, y esta segunda titulada por aquí El jardín de Jeanette, de Stéphane Brizé, director de la estupenda La ley del mercado.

Ahí donde Astruc estilizaba y glamourizaba el melodrama femenino de época quedándose esencialmente en la superficie romántico-trágica de la historia de Jeanne Le Perthuis en la Normandía de 1819, Brizé emprende ahora una depuración próxima a cierto aire documental, naturalista y desmaquillado, y reforzada por la utilización del formato cuadrado que encierra aún más a su protagonista. Y en el plano narrativo, el director y también guionista acomete el relato en su totalidad, más allá de donde se cierra la primera versión, haciendo de la elipsis una poderosa herramienta de síntesis y progresión.

Brizé retrata el primer tramo atento a los detalles de ambiente y costumbres, pegado a los cuerpos, liberando el costume drama de toda tendencia al paisajismo y a la dictadura de la guardarropía, económico y preciso, en un proceso que culmina con apenas unos flashes que resumen el trágico desenlace pasional con el que se cerraba el filme de 1958.

Lo que sigue, siempre dentro de un mismo tono, incide en el más interesante de los hallazgos de la película, aquel que encabalga los tiempos de la tristeza y el dolor de nuestra protagonista con fugaces imágenes-recuerdo que nos devuelven esos instantes de felicidad de una vida trufada de malas decisiones, traiciones, desencantos y penurias sobrevenidas.

El jardín de Jeanette entrelaza así la exterioridad fría, lluviosa y gris del presente de su protagonista (estupenda Judith Chemla) con los rincones cálidos de la memoria a la que se aferra desesperadamente: carne de melodrama romántico que deja a los hombres al fondo para reafirmar el derecho a la melancolía, la esperanza y la resistencia como pilares de afirmación femenina en un tiempo y un entorno hostiles.

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