CINE de salón

La entelequia de la igualdad

DICE la prensa internacional que 2007 está siendo el año más represivo que se recuerda desde la fundación de la República Islámica iraní en el año 79. Unos años antes de esa fecha, en España sólo era libre Ava Gardner, que consiguió beberse medio Madrid y tirarse al otro medio sin miedo a despeinarse ni a ser detenida por los grises. Aunque en esos extremos, obviamente, no reside el sobado concepto de igualdad, que por recurrente ha perdido parte de su valioso significado.

Precisamente por la preocupante coyuntura social de aquí y allá se hace tan necesaria Offside, una cinta en la que el fundamentalismo no aparece agazapado en montañas remotas ni gasta turbantes. Aquí viste atuendo militar y juega al fútbol, lo que invita a pensar que es una cuestión extrapolable, con todos los matices que se quieran, a otras sociedades, desarrolladas o no. Es la diferencia entre el cine político tendencioso y conductista de personajes como Moore y el alegato poético y sutil de Panahi, un cineasta totalmente vetado en su país. Ambos están unidos por la toma de conciencia de sus entornos dementes pero separados por el afán de sentar cátedra del primero y el aborrecimiento del pedestre maniqueo del otro.

Si en Persépolis, una extravagante cinta de animación que aún puede verse en los cines (Dios bendiga al E-mule), una pequeña descubre el punk tras burlar a los 'guardianes sociales' del régimen ultraconservador iraní, en la película de Panahi es una adolescente la que pretende burlar las imposiciones fundamentalistas para inmiscuirse disfrazada de hombre en un ritual reservado a los hombres: un partido de fútbol. ¿Hasta hace cuántos años era inusual y estaba mal visto que la mujer española acudiera a un estadio?

Pero el Irán-Barheim clasificatorio para el Mundial de Alemania 2006 es únicamente, como pueden imaginar, la herramienta con la que el que fuera estrecho colaborador de Kiarostami pretende abrirnos los ojos a la opresiva sociedad iraní. "¿No lo entiendes? Hombres y mujeres no son iguales". La sentencia, inferida por uno de los soldados que custodia a un grupo de mujeres que pretendían colarse en el estadio de Teherán, podría sonar violenta y obligarnos a odiar al tosco militar. Pero no. No se trata de establecer el simplista conflicto entre buenos y malos, se trata de hurgar en una sociedad y en su mentalidad generalizada. A partir de ahí, podrán encontrarse los resortes para cambiarla. Offside provoca la carcajada y mira al futuro con optimismo, pero no es como para tomársela a broma. Si se escarba en su epidermis queda claro que en absoluto estamos ante una comedia, sino ante el drama de cientos de miles de mujeres aplastadas por la primacía del hombre, por los dictados de una oligarquía fascista y represiva.

En Irán, como en aquella época nacional de tinieblas, casi todo lo que hace la mujer es reprobable si no se ajusta a los dictados del ayatolá. Su vida vale la mitad que la de un varón, su testimonio en un juicio vale menos, no pueden descubrir su piel o vestir como deseený Las presiones a las que se ven sometidas son casi infinitas, lo cual no impide cuestionarnos si no similares a las que soportan en países democráticos como el nuestro. Cambien ayatolá por publicidad y religión por moda y comprobarán como 30 años de progreso no son nada cuando quienes mandan son el dinero y la imagen.

Empero, me resisto a pensar que esa recurrente carrera en pos de los derechos de la mujer en España haya servido únicamente para que ésta pase a formar parte del engranaje capitalista y que ahora, en lugar de hacer las tareas domésticas, también trabaje fuera de casa. No quiero pensar que la mujer aún siga representando en exclusiva ese objeto de deseo que la publicidad persiste en transmitirnos, ni quiero pensar que su voz tenga menos poder decisorio que la del hombre. Ya lo dice Panahi, las sociedades, como la vida, están en un círculo, y unos simplemente son más estrechos que otros.

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