El escenario de los aficionados

  • Las peñas echan el telón a diario dando oportunidad a extranjeros y aficionados para lucir sus cualidades

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¡El festival es para vivirse! Esta frase se repite hasta la exhaustación a diario en las peñas, pero la verdad es que es necesaria una resistencia especial para hacer cursillos por la mañana , ver tres espectáculos y seguir con los trasnoches a tope.

Las peñas flamencas suelen tener más éxito los fines de semana, como pasó en la fiesta que se formó en la peña Tío José de Paula, porque los personajes auténticos, esos que los festivaleros vienen a ver, trabajan los días laborales, así que llegan a las dos de la mañana, o incluso antes, y se van a dormir. Esto ayuda a los cursillistas de las diez de la mañana a cumplir con sus horarios y también a dar lo mejor de su forma física. Eso sí, no se van antes de las dos de la madrugada a dormir.

Para llegar a las peñas la mejor manera es caminando, porque si uno se atreve a ir en coche, sobre todo a las peñas situadas en el barrio de San Miguel, como la Peña La Bulería, sólo se encontrará con huecos delante de vados permanentes. Además es más seguro andar, sobre todo si uno se decide a tomar unos vinos y se pasa un poco.

Al fondo de la sala, en La Bulería, Andrew toca las palmas por bulerías a compás y se mueve de un lado a otro. A veces, para impresionar a su compañero (igualmente alto y de piel clara) le toca las palmas a contratiempo, siempre sin equivocarse. Cuántos años lleva ensayando no se sabe, pero para él y los restantes extranjeros, que son mayoría en las peñas, el truco resulta impactante.

Lo mismo no se puede decir de los jóvenes artistas jerezanos que están a su lado. Jesús Mendez, Fernando Soto, Londro, Manuel Valencia, Miguel Ángel Heredia y Juanillorro, habituales en las peñas, que ni siquiera lo miran. Ni él a ellos, porque no son tan conocidos en geografias más lejanas donde Camarón y Paco de Lúcia son dioses y donde pocos artistas que no sean Joaquín Cortés o Sara Baras pasan desapercibidos.

Para los artistas jerezanos, el compás de bulería es igual que los latidos de sus corazones, algo que llevan dentro y como seguro, así que si un corazón ajeno late también, pues no lo reconocen porque les es extraño.La misma frialdad en la expresión tienen las asiáticas, quienes todas en fila india observan, hambrientas por ver espectáculo, los grupos que se presentan. No se mueven, ni parpadean, no cantan las letras, ni se balancean, sólo observan. Podría decirse que tienen un poder de contemplación superior a otras razas, pero hay una que no sólo graba con sus ojos y mente sino que también deja para las posteridad, con su cámara de máxima calidad, lo que las gitanas van cantando y las pataítas por bulería que baila la gente de las peñas, como 'El Zorri', que con su gracia y salero se lleva al público de calle.

Los más entusiastas son los europeos, sobre todo alemanes y franceses que se balancean, cantan las letras que conocen y se atreven más con los tintos de verano que les cobran a un euro. Los que son un poco mayores se divierten también. Muchos norteamericanos de California que deambulan por las peñas son fáciles de hacerse notar por el acento que emplean en el castellano. Eva, de 65 años, no se pierde un festival desde que se jubiló. Le gusta venir a Jerez dos o tres veces por año, unas de ellas en el festival, y sobre todo ir a las peñas porque "es donde está el duende".

Los tres señores que están en la puerta con sus trajes y corbatas de dudosa combinación y de pelo peinado para atrás con gomina, "como los gitanos", sonríen con los dientes que no tienen y abren la puerta a un mundo nuevo con la esperanza de enseñar un poco de compás a una alemana que insiste en llamar "toreros" a todos los hombres que encuentra a su paso.

La gitana vestida de negro y con unos pendientes dorados que brillan más que sus ojos canta "Aunque parezca mentira me pongo colorada cuando tú me miras", de Papá Levante. Todo vale. Sospechosamente morenas estan Ingrid y su amiga, que a fuerza de mucho colorete para hacerse notar parecen tener piel de muñecos. El pelo teñido de negro exaltado por las argollas de lunares contrasta con las cejas claras que tienen y con sus rasgos de Europa del Norte que las traicionan.

Por ser una de las peñas que más alejadas está del centro histórico, la peña de Fernando Terremoto recibe a menos extranjeros que las demás, los visitantes llegan en su mayoría en taxi, pero no es por eso que el aforo es menor.

Hay tres elementos decorativos comunes a las peñas: las sillas de enea, las fotos de flamencos famosos y los mantones. En la peña de Fernando Terremoto, él es la estrella principal. Ocupa todas las paredes a excepción de una que lleva una foto de la Paquera de Jerez de joven. Felipa la del Moreno canta. Entre el público estan Fernando Terremoto, Miguel Lavi y también el bailaor Manolete, que comenta "esta chica tiene madera de artista" y la verdad es que su voz es capaz de conmover a extranjeros y a propios.

Cuando se termina la actuación y son ya las dos y cuarto de la mañana de un día de entre semana, casi todos optan por irse, pero hay resistentes que se asoman a la barra para beber sólo una "zerbexa" más y comer una tapita de carne de "torro" (como ellos pronuncian).

Las peñas son los locales ideales para echar una pataíta por bulería aprendida en cursillos y ensayada en la habitación de hotel. Vicky repasa con su amiga lo que ha aprendido, en un rinconcito, y dicen las dos "ahha, ahha" en coro. Tienen la esperanza de lucirse. El sueño se realiza cuando por fin se pueden meter a bailar y dicen las palabras clave: "Óle, arsa!".

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