Cuando el final estropea la historia

  • La actriz Nuria González, con 'Carnaval', ahondó en la utilización de los avances tecnológicos para sembrar el desconcierto y el horror en estado puro

La informática, como un cuchillo jamonero, por poner un ejemplo, se concibió para una determinada función. Ahora bien, diferente es que el que sabe de informática lo use para fines delictivos, lo mismo que el del cuchillo, que en vez de emplearlo para darle a la pata de jamón, lo use para atracarte en un callejón oscuro. Lo que Jordi Galcerán propone en 'Carnaval' la obra que pudimos presenciar en el Villamarta el pasado sábado, nos habla precisamente de eso: del uso de los ordenadores para hacer circular, de forma descarnada y rotunda, el mal en estado puro. Verán. La idea consiste en secuestrar a un crío de tres años, llamar a varias emisoras de radio, y anunciar que el niño será ejecutado en directo, vía internet, en un plazo de treinta minutos. Todo ello es comprobado con espanto por la madre del crío (Violeta Pérez), en la comisaría de policía, cuya jefa (Nuria González) está al frente de la investigación.

Excepto los primeros quince minutos, el resto de la obra es una situación extrema puesta al límite. Y bajo esa premisa, los personajes de la comisaría se mueven, hablan y tratan de poner solución a algo surrealista, pero que, tal y como están las cosas, no resulta ni descabellado ni propio de una pesadilla. Zumbados, locos y malnacidos los hay a patadas, así que lo que se cuenta en 'Carnaval' no tiene, salvo el horror de lo que se plantea en sí, nada de fantasioso.

Ahora bien. Otra cosa es la situación que se pone en escena. Quiero decir: el manejo que la inglesa afincada en España, Tamzin Townsend sugiere para esa media hora que la terrorista (sin aparentes afinidades políticas ni militares) da al temporizador antes de que los explosivos se activen y maten al crío. Cierto es que la escena en dura, macabra. El tiempo apremia y los nervios están a flor de piel. La policía, claro, es humana, está viendo algo espantoso y no hay tiempo. Pero chirría un pelito tanto nervio y tanta palabrota (el pan nuestro de los textos contemporáneos). A veces, claro, hay que soltar un taco y acortar como sea lo que la burocracia y la competencia de unos departamentos y otros, consiguen entorpecer, pero, a veces, los diálogos son tan confusos que la comisaría en sí, parece eso: puro caos.

Destacamos el papel de Nuria González metida en la piel de la inspectora María Garralda, si bien hubo ocasiones (quizá demasiadas), en las que era prácticamente imposible entender qué estaba diciendo. Hablaba rápido y, de tanto en tanto, al volverse hacia sus compañeros de escena, proyectaba la voz de forma que no había forma de enterarse. Por lo demás, el rol le viene como anillo al dedo.

El resto del reparto cumplió, pero nos gustó especialmente Noelia Noto, que parece completamente una experta en informática. Su acento argentino dio el toque de color a una noche intensa y taquicárdica. Igualmente sobresaliente estuvo Violeta Pérez, en el papel de madre atormentada.

Mención aparte merece el desenlace de la obra. El planteamiento es interesante, el nudo te mantiene en vilo más de una hora, y el hecho de que todo ocurra prácticamente en tiempo real, ayuda a enriquecer esta obra estupenda. Lo que no tiene razón de ser, lo que la hace inverosímil (y eso es mortal de necesidad para un texto), es el final.

Cuando se descubre que todo es un montaje, que la explosión que aparece en el ordenador es simulada, y el niño es dejado a las puertas de la comisaría, sano y salvo, la terrorista deja un mensaje escrito para la inspectora: tiene que dejar el cuerpo de policía si no quiere que su hijo sea el próximo en ser secuestrado y asesinado, esta vez de verdad.

Contra todo pronóstico, la policía cede, coge sus cosas y abandona el cuerpo, así, en seco.

Entenderán que la lógica no dicta este comportamiento, y menos en una policía veterana. Por muy horrorizada que esté con lo que ha vivido, por mucha gentuza que haya visto en su carrera policial, se hace imposible creer que un profesional se lo haga en los pantalones (perdón por tan vulgar expresión) porque un colgado amenace a tu familia. Ni que fuera nuevo que los delincuentes hacen eso con un montón de policías que los detienen y los mandan a prisión. Una pena de final. O mejor, un final de pena.

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