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"Al final lo más moderno ha sido quedarme en otra generación"

  • Jenn Díaz publica 'Es un decir', una historia de secretos y de iniciación a las dolorosas verdades de la vida adulta ambientada en la posguerra

Con 20 años Jenn Díaz había leído "a Bécquer, a Juan Marsé..., lo obligatorio en el instituto". Hoy, poco más de cinco años después de empezar a "leer comolectora", la autora barcelonesa ha publicado cuatro novelas y es una de las grandes apuestas de Lumen, sello del grupo Random House Mondadori que ha orientado su catálogo más reciente hacia las nuevas voces femeninas. Es un decir, su nuevo libro tras Belfondo (2011), El duelo y la fiesta (2012) y Mujer sin hijo (2013), arranca, en un pequeño pueblo de la España de posguerra, con el asesinato del padre de una niña justo el día en que ésta cumple 11 años. Un episodio aciago que dejará un eco permanente en una persona que se verá obligada a crecer demasiado deprisa, y que guiará su callada pero inflexible exploración del pasado de su madre y de su abuela, tres mujeres, tres generaciones atrapadas entre secretos y verdades dolorosas.

-Aunque no es fundamental en la historia, que es esencialnente doméstica, íntima, llama la atención la ambientación de posguerra, una elección aún más llamativa dada su juventud...

-Mientras escribía la novela estaba leyendo a autores que hablaban de esa época. Y de alguna manera adoptas como tuyo lo que lees. Es cierto que la posguerra es una excusa y lo que pasa fuera de la casa es secundario. Tiendo a ese tipo de ambientes opresivos y cerrados que ahogan.

-¿Cuáles fueron esas lecturas tan decisivas para la novela?

-Delibes, Martín Gaite, la Matute, Martínez de Pisón, Josefina Aldecoa... No eran novelas sobre la Guerra Civil pero sí tenían ese aire de la época. También cosas sobre la Primera Guerra Mundial. Me interesan esas situaciones en las que está todo tan en peligro que la gente reacciona de una manera diferente respecto a cuando son... libres, esas historias pequeñitas que no hablan del conflicto en sí sino de cómo se las apaña la gente.

-¿Encuentra puntos en común con Mariela, su protagonista, la niña que crece de golpe?

-Sí, desde luego. Escribí la novela hace tres años y entonces no era demasiado consciente de que eso era una novela, de que me podía dedicar a escribir y publicar; lo hacía porque me gustaba, fue casi una terapia y sin darme cuenta volqué mucho de mí ahí.

-El libro retrata un universo esencialmente femenino, y los hombres son como figuras al fondo, borrosas, o crueles, pero en todo caso lejanas. Está el viejo debate sobre si existe una voz femenina, una voz distinta, o si por el contrario es una voz tan universal como puede ser la de cualquier hombre. ¿Usted qué dice?

-Yo creo que podemos ser diferentes, y que no pasa nada, que eso no implica que esa diferencia nos sitúe por debajo, ni que se trate de temas más o menos importantes. Me parece que mujeres y hombres son infinitamente diferentes y como lectora también lo noto. Veo que hay otro tipo de sensibilidad, aunque no necesariamente la sensibilidad ha de ser exclusiva de las mujeres, también noto esa sensibilidad en hombres. Pero las voces son distintas. A mí no me molesta ni me parece negativo.

-Ha dicho antes que cuando escribió Es un decir lo hizo porque le gustaba hacerlo y ya, sin más consideraciones. ¿Qué ha cambiado después de publicar, tras esa toma de conciencia de escribir, también, para otros?

-Se nota, claro... Yo ahora escribo para publicar en Lumen. Ya no vale sólo tu placer al escribir, empiezas a tener otros aspectos en cuenta que a veces... bueno, juegan un poco en contra de lo divertido, ¡o de lo angustiante!, que puede llegar a ser escribir. Escribes ya siendo muy consciente de que habrá otros ojos, y de que entrarán a valorar cosas que no tendrán nada que ver con lo emocional, con lo que a ti te ha impulsado a escribir. Pero una vez que lo asumes vuelves a escribir lo que te gusta; al menos yo he comprobado que lo que me gusta escribir gusta también a otras editoriales, y eso te quita un poco la responsabilidad.

-A la vista del esfuerzo, en algunos casos se podría decir la ansiedad, de tanto escritor joven para resultar el más moderno, el más experimental o lo que toque en cada momento, casi sorprende su concepción absolutamente tradicional de la narración...

-Al final lo más moderno es haberme quedado como en otra generación [risas]. Hay tanta gente experimentando que al final la norma es ser moderno. ¿Entonces yo soy rompedora porque no lo hago? Nunca sabes... Yo creo que en mi caso juega a mi favor. Como mínimo, puede despertar curiosidad.

-¿Qué otras lecturas han sido importantes para su formación?

-Para mí la mejor es Natalia Ginzburg. Empecé queriendo ser Martín Gaite y ahora escribo queriendo ser Natalia Ginzburg. También Clarice Lispector, Carson McCullers, José Donoso... De jóvenes, Unai Elorriaga, José Luís Peixoto, que es un portugués que descubrí hace poco...

-Algunos reseñistas la han proclamado heredera de Martín Gaite y de Ana María Matute, nada menos. ¿Usted qué piensa al leer esa clase de cosas?

-Es raro... Se ha dicho desde el principio y creo que de alguna manera lo he provocado yo misma al hablar de ellas, porque las admiro. Pero es rarísimo. Yo empecé a escribir antes que a leer...

-¿A escribir antes que a leer?

-Prácticamente. No había leído casi nada cuando empecé a leer a Martín Gaite y me gustaba tanto que mientras la leía empecé a escribir... A raíz de mi interés por la escritura me volví una lectora empedernida, pero no antes.

-¿Cuando vivió ese salto?

-Con 20 años. Empecé Filología y un blog, y la gente como que me empezó a seguir. Y me animé, me lo pasaba bien... Pero sí, es raro que te comparen con esa gente. Pasas de groupie a estar como de tú a tú con ellas. Es rarísimo pero es muy halagador, en el fondo estoy encantada de la vida: es el mayor halago que se me puede decir.

-¿Está escribiendo algo nuevo?

-Sí...

-Vaya ritmo...

-¡Sí! Tengo un ritmazo [risas]. Estoy escribiendo cuentos. Estaba harta de escribir novelas, tanta presión... Y ahora me ha dado por los cuentos. Mi intención es reunir algunos cuentos y una novela cortita de cien páginas que tengo ya lista. Los cuentos me permiten seguir aprendiendo, pero a la vez son también un descanso.

-¿Cuáles son sus expectativas?

-Mantener esto. Hoy [la entrevista fue el jueves] me han dicho que voy a ir por la segunda edición [de Es un decir]. La mitad del trabajo es del sello, y más si estás dentro de un grupo como Penguin Random House. Entonces mis expectativas son seguir así y en vez de una segunda, que haya una décima edición. Seguir igual pero con más lectores. Y si me pudiera dedicar a esto sin hacer informes de lectura ni correcciones, eso ya sería... ¡fenomenal! Todas esas cosas que algunos días hacen que digas: uf, estoy cansada, hoy ya no escribo. Tener una columna en un periódico y luego a escribir todo el tiempo. Si puede ser eso, yo feliz...

-Bueno, no va mal de momento...

-De momento no va mal, no... Lo que pasa es que la radio me agobia, la tele me agobia, me da mucha vergüenza. Tú estas en tu casa tranquilamente escribiendo y luego resulta que eres una cosa pública: una cosa pública; como un producto más. Es un rollo. Pero yo encantada. Cómo no, si sientes que todo el mundo está trabajando para que tú consigas lo que quieres conseguir. Al final vale la pena. Durante dos meses estás con esto [la promoción] pero después la editorial te asegura... bueno, la editorial no, la editora que me ha elegido y que me publicaría el resto de su vida; claro que le tiene que justificar al de arriba que es el de los números: mira, es que esta tía me ha conseguido esto. Y eso no se consigue sólo en tu casa escribiendo; de hecho en tu casa escribiendo no consigues nada.

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