luis garcía montero. escritor

"Con frecuencia, el pesimismo se convierte en parálisis"

  • El poeta granadino presenta su tercera novela, 'Alguien dice tu nombre' El autor roteño Felipe Benítez Reyes conducirá la cita

-¿Cómo ha sido el regreso a una Feria del Libro de la que ha sido pregonero?

-Para mí Cádiz siempre es especial. Primero, por la significación que tiene la ciudad por Rafael Alberti, porque fueron muchas las cosas que hicimos en Cádiz con la Fundación y con él. Y, después, porque para mí la Bahía de Cádiz es el territorio de la felicidad, de la amistad, de la vida más libre y más plena y, dentro de eso, pues recuerdo con mucho cariño la ocasión en la que hice el pregón. La fiesta de los lectores es la feria de los libros, el lugar donde los escritores conectan con los lectores.

-Uno de los pilares que sustenta 'Alguien dice tu nombre' es la creencia que, incluso, en los tiempos difíciles hay que mirar al futuro. ¿Este es, quizás, el mayor acto de rebeldía?

-Pues creo que sí porque, con frecuencia, el pesismismo se convierte en parálisis. Esta novela transcurre en el verano de 1963 e intenta sugerir que hasta en los momentos más dificiles de las sociedades más grises se encuentran zonas de luz, zonas para la confianza. Yo pienso que en los años 60 empezaron a producirse en España muchos cambios que, después, permitieron lo que llamamos la Transición y posterior Democracia. Es cierto que existía en España una economía todavía subdesarrollada y una Dictadura muy fuerte aún pero, poco a poco, se empezaron a dar pasos enfocados al cambio de costumbres. Fue una época de incertidumbres.

-¿Cómo la incertidumbre con la que vivimos ahora?

-Sí, hay cierto paralelismo pero también una gran diferencia. Un joven de los años 60 vivía esa incertidumbre con cierto optimismo, con la esperanza sólida de que las cosas tenían que cambiar para mejor. Ahora creo que vivimos esa incertidumbre con un sentimiento de pérdida, de que vamos como los cangrejos, para atrás. De pérdida desde el punto de vista de derechos sociales, laborales...

-Ya... Ahora los padres temen que sus hijos vivan peor de lo que han vivido ellos.

-Ese es un temor que tenemos los padres. Pero la respuesta la tienen que encontrar los jóvenes. Yo no me atrevo a darles respuestas a los jóvenes porque tendrán que buscarlas ellos con su propia experiencia y con su propia condición de vida. Pero sí he hecho una novela que es un homenaje a esa parte de la juventud que en un momento difícil se atreve a romper con la indiferencia.

-Hablaba antes de los cambios que se produjeron en los 60. ¿Fue relevante el papel de la cultura (música, literatura...)?

-Hubo una serie de síntomas que hablaban de un cambio de la realidad. Por ejemplo, en la radio ya no sólo se escuchaba la copla con la que nos habíamos consolado en la Posguerra, sino que empezaba a oírse una música completamente nueva. También hubo cambios en las costumbres, porque la irrupción de los turistas significaba también otra manera distinta de ser mujer, de ser hombre, de otro modo de vida. También apareció otro tipo de literatura y, desde luego, se organizó una clandestinidad y una lucha política que, cada vez, iba conectando más con el tejido de la sociedad. Pero, sobre todo, en esa época empezaron a transformarse las costumbres. Uno de los personajes de la novela es una mujer que tiene una historia muy especial, que ha vivido en París y que mantiene una historia de amor con el protagonista. Es una mujer mayor, tiene 17 años más que su amante. Y con ella el protagonista aprende que la libertad, su consecución, no sólo tiene que ver con las causas públicas y la política, también con la transformación de la intimidad y de las costumbres y, en ese sentido, la literatura ha ayudado a extender un tipo de moral mucho más libre y que buscaba nuevos horizontes.

-En el 63 usted vivía en Granada, como León Egea, su protagonista, pero él tiene 19 años y usted tenía cinco...

-Bueno, yo en realidad aparezco en un momento de la novela. Cuando los personajes van a la playa se encuentran con un niño, le preguntan su nombre y él dice mi nombre. Ocurre que yo he necesitado poner al protagonista en una generación inmediatamente anterior a la mía. Por hacernos una idea, pertenecería a la de Miguel Ríos o sería parecido al Joaquín Sabina que en los años 60 fue a estudiar a la Universidad de Granada. Yo de niño veía que algunas cosas estaban cambiando pero con esa edad no tenía capacidad para interpretar qué significaba una turista en la playa o escuchar un disco de The Beatles pero, en cualquier caso, he intentado proyectar en el personaje mis recuerdos personales, la vida en aquellos años, y desde luego, hay algunas de mis experiencias.

-¿Cuáles?

-Pues el protagonista quiere luchar contra la indiferencia y la mejor vacuna que encuentra contra ella es la capacidad de admiración. La admiración que siente por su profesor de Literatura que convierte el oficio en vocación y que le hace comprometerse con la realidad. Esa admiración tiene mucho que ver con la que yo he sentido por mis maestros y por la gente que me ha ido abriendo los ojos a la realidad, mis maestros en la Universidad o mis maestros en la poesía, como Rafael Alberti.

-¿Hacen falta más 'Ignacios' Rubio (profesor de la ficción)?

-Es que esa es la tarea del verdadero maestro, convertir el oficio del estudiante en vocación. Creo que la vocación se debe reivindicar en esta sociedad. No sólo se necesitan buenos médicos, también médicos buenos, en cuanto a gente que ame la Medicina. Necesitamos gente que vea su trabajo como un compromiso con la sociedad.

-Pues eso que comenta choca con las últimas declaraciones del consejero de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo.

-Creo que se está muy desorientado a la hora de organizar la Educación. Que las universidades dependan de una Consejería de Técnica y de Innovación me parece un mal síntoma. Creo que es muy reaccionario quien desprecie a la Ciencia y a la Técnica pero las Humanidades son tan importantes como la Ciencia y la Técnica para un saber democrático, y someter la Educación a la rentabilidad económica o a la aplicación de los conocimientos es olvidar toda la formación de una sociedad. Yo reivindico con orgullo las Humanidades. De hecho, me parece que una parte de la deriva egoísta, devoradora y mercantilista de la sociedad en la que vivimos, de esta sociedad que acepta que se abran brechas tremendas entre los ricos y los pobres, de esta sociedad que acepta la miseria de la gente, se debe a la falta de formación humana. Rousseau tenía razón cuando decía que la imaginación moral es lo que nos convierte en seres humanos capaces de comprender a otros seres humanos. Y la agresión mercantilista está acabando con la imaginación moral.

-Durante la novela, su protagonista escribe una especie de diario. ¿Escribir es reconciliarnos con nosotros mismos?

-El joven es un aprendiz de escritor que intenta llevar a la práctica en un cuaderno los consejos de su profesor y se encuentra con que literatura es un modo descubrir la propia personalidad. La novela es una novela de iniciación. Él descubre la sexualidad, la política, el mundo laboral y también va tomando conciencia de la importancia del lenguaje. En los momentos donde hay ilusiones colectivas, causas que se quieren poner en común, el lenguaje suele enriquecerse porque hacen falta los matices, los detalles para comprender al otro, para dialogar; pero en los momentos de descrédito, donde se renuncia a ilusiones colectivas, donde se renuncia al diálogo, el lenguaje suele empobrecerse, basta con un ok, un vale... En ese sentido, la riqueza del lenguaje es la riqueza de la sociedad. El lenguaje es el primer espacio público.

-Y para León Egea, que escribe dios con minúscula, ¿también es una forma de lucha?

-Es que este chico tiene los oídos muy abiertos a todo lo que dice su profesor y cuando éste explica que Juan Ramón Jiménez escribía con j todo lo que la gente escribía con g, o que Valle-Inclán utilizaba los tres adjetivos seguidos, pues él quiere buscar también sus manías porque el lenguaje para él va cobrando valor. También de ahí el título de la novela, es el otro el que te funda como individuo cuando te llama por tu nombre.

-¿Asistimos en la actualidad a un empobrecimiento del lenguaje?

-Creo que sí. Un politólogo inglés que a mí me gusta mucho, Tony Judt, escribió un ensayo sobre la sociedad contemporánea que se titula Algo va mal. Uno de los capítulos lo dedica al empobrecimiento del lenguaje y eso tiene que ver con una sociedad que está renunciando a los espacios públicos, que está apostando por las privatizaciones y donde el diálogo pierde cada vez más importancia. Yo siempre digo que los dogmas son las prisas de las ideas, y vivimos cada vez con más prisa, vamos de cabeza y pensamos con los pies.

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