La ciudad de la historia por Eugenio J. Vega y FCO. Antonio García

Siete granos de una granada

LOS acontecimientos más insignificantes, los, en apariencia, más intrascendentes, son los que, en definitiva, pueden cambiar el curso de la historia o de nuestras vidas.

La mitología clásica está repleta de momentos, acciones involuntarias, aparentemente casuales e intrascendentes que, ajenas a la voluntad de sus protagonistas, ya sean humanos o dioses, ven cómo el transcurso de su existencia se ve alterado, a menudo de forma brusca y violenta, dejándolos a merced del Destino. Un Destino que parece complacerse en hacer que las vidas, aparentemente tranquilas, se vean truncadas de forma imprevista, abocándolos a un final trágico, donde es imposible luchar contra los acontecimientos. Estas historias tratan de mostrar a la humanidad lo inútil que resulta luchar contra un destino, siempre inexorable.

Una de estas historias en las que el destino juega un papel importante, aparece hasta dos veces en la arquitectura del Renacimiento jerezano. Aunque los contextos en los que aparecen no son iguales, sí presentan un denominador común en su referencia a la banalidad de los bienes mundanos.

Plutón, señor del mundo subterráneo, no lograba encontrar esposa, tanto por su fealdad como por la oscuridad de mundo sobre el que reinaba. Subiendo a la superficie de la tierra a través del volcán Etna, vio a Proserpina que jugaba en un prado, cogiendo flores, junto a otras ninfas. Al verla, quedó prendado de la belleza de la niña, a la cual, deseándola ardientemente, no dudó en raptar, arrastrándola con él a sus dominios subterráneos.

Al echar en falta Ceres a su hija, recorre la tierra buscándola desesperadamente, destrozando campos y cosechas con teas encendidas, hasta que la ninfa Aretusa le advirtió del lugar en donde se hallaba la niña y de quien había sido su raptor. Al conocer la noticia, la diosa se dirige a su hermano y padre de Proserpina, Júpiter, el cual compadecido del dolor de la madre accede a que la niña regrese a la tierra, junto a Ceres, pero le impone una sola condición, que la joven raptada no hubiera probado nada del inframundo durante su estancia.

Ceres se da por satisfecha, segura de que su hija no habría probado nada de un mundo al que fue llevada a la fuerza. Cuando Proserpina está a punto de salir y reunirse con su madre, Ascálafo, que vigilaba a la niña, hizo saber que un día, paseando por el huerto del infierno, sintió hambre y cogiendo una granada, tomó siete granos de ella, por lo que su salida le quedaba vedada. De nada le valió a Ceres el haberse vengado del delator, convirtiéndolo en búho, ya que debía cumplir la sentencia de Júpiter, señor del Olimpo. Pero tanto rogó a su hermano Júpiter, el padre de Proserpina, que este, conmovido por las lágrimas de Ceres, accedió a intermediar entre esta y su hermano, el raptor de su hija, Plutón. La sentencia logra dejar satisfechas a ambas partes, permitiendo que Proserpina regrese a la tierra con la madre durante seis meses, dando origen a la primavera, y que permanezca junto a su marido en el infierno, otros seis meses.

Una lectura atenta del mito nos muestra varias enseñanzas que no pasaron desapercibidas para los comentaristas del humanismo hispano.

La primera de ellas es la diferente actitud que adoptan ante el Destino, madre e hija. Ceres, al advertir la desaparición de su hija, intenta que le sea restituida. Llora, pide, implora, exige a Júpiter que le sea devuelta, y hasta que lo consigue, aunque sea de manera parcial, no ceja en su empeño. Proserpina, por su parte, una vez que es arrastrada por su raptor al reino de las tinieblas, adopta una actitud claramente conformista. Procura verle el lado positivo. Es cierto que ha sido llevada contra su voluntad, pero siendo como es, la esposa de Plutón, es al mismo tiempo la señora del reino de las riquezas, cosa que no le desagrada en absoluto. Sólo así se entiende que pueda comer despreocupadamente los siete granos de la granada, algo que su madre consideraba absolutamente imposible.

Los moralistas han visto en esta fábula las alegorías de dos de los principales pecados contra la moral católica. Por un lado, Plutón es el ejemplo de la lujuria desmedida. Una vez que ve a Proserpina, deseando hacerla suya, no mira mas allá de sus deseos, y sin tener en cuenta sus consecuencias, la rapta a fin de hacerla su esposa, aún en contra de la voluntad de la joven. Si bien eso es cierto, no lo es menos la complacencia de esta ante lo que obtiene a cambio, ser la dueña del reino de las riquezas, por lo que se convierte en alegoría de la avaricia. Es así como aparece representado este mito en la denominada portada de la Capilla de Siles, en la iglesia de San Francisco. Aunque desconocemos gran parte de los datos de esta capilla, lo que sí es claro es de que se trata de una capilla funeraria, siendo esta fachada lo único que resta de ella. Aparecen todos los personajes: Plutón, Proserpina, Ceres, Júpiter, siendo además acompañados de sendas alegorías de la Lujuria y la Avaricia, que muestran claramente el sentido de cada uno de los personajes.

Quisiéramos destacar en relación a esta portada la enorme cantidad de manos de cal que la recubren, que apenas permiten la correcta apreciación de los detalles, por lo que sería deseable una cuidadosa limpieza, dejando la piedra al descubierto, lo que posibilitaría una mejor valoración de la decoración, hoy parcialmente enmascarada.

En el ventanal del Palacio de Ponce de León, vuelven a aparecer los dos personajes, Plutón y Proserpina, él viejo y mirando hacia arriba, hacia el reino de la luz, ella joven y virginal, rodeada de corona de frutos, en alusión a la primavera a la que da lugar su vuelta periódica a la vida. Aquí hay que ver a Proserpina dentro del contexto de vanitas, tal como muestra la inscripción inferior: VANITAS VANITATUUM (sic) ET OMNIA VANITAS. Proserpina se muestra como el ejemplo de quien pierde un bien más importante por algo nimio y despreciable, como son los siete granos de una granada. Júpiter, su padre y señor del Olimpo, concede a Ceres la vuelta al mundo superior, al mundo de la vida, de los dioses, caso de no haber probado nada del infierno. La inconstancia, el poco juicio, y la avaricia, le hacen perder un bien muy superior al obtenido.

Es muy interesante este ventanal esquinado, orientado a dos espacios muy diferentes. El lado de la vida, abierto a una plaza, ocupado por Proserpina, en tanto que el lado de la muerte, se abre a una calle muy estrecha. En relación con Proserpina hay que ver el retrato del joven Ponce de León, señor del palacio, mientras que el lado ocupado por Plutón, el de la muerte, se relaciona con Hipnos-Mercurio, en clara alusión al sueño eterno.

El palacio perteneció originariamente a doña Luisa de Villavicencio Zurita, quien la cede a partir de 1528 a su sobrina doña María de la Cueva, formando parte del vínculo que constituyera su tía al casarla con don Francisco Ponce de León, hermano menor del Marqués-Duque de Cádiz.

Es en este contexto en el que hay que entender el ventanal, como homenaje que el actual dueño, don Francisco, rinde a la anterior dueña de la casa, doña Luisa. Pero, al embellecer el palacio, don Francisco quiere dejar claro que no pretende pecar de orgullo, por lo que manifiesta humildemente, que todo lo que posee no es nada en comparación con el bien mas importante que es, como no podía ser de otra forma, la salvación de su alma.

El ventanal, añadido al palacio ya preexistente, es el embellecimiento, la aportación que el recién llegado quiere hacer para mostrar su poder económico, aunque mostrando la humildad y el arrepentimiento del que se sabe mortal.

Es el doble mensaje, la doble moral que se muestra en muchos de los mensajes del humanismo. Creo una magnífica obra de arte, pero dejando claro que los bienes materiales no me interesan, salvo para la salvación de mi alma. Nihil novum sub sole.

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