El guardián de la luna

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"HE cantado muy chungo en Jerez y se han puesto de pie". El Torta, el guardián de la luna, era un niño grande que al cantar solía arrancarle una lágrima a una roca cuando la tarde le venía sublime. Su voz rebelde no admitía término medio: o puerta grande o enfermería. El genio de La Plazuela era consciente de que "la noche es la tiniebla y la tentación" y de que no había un artista en Jerez al que le hubieran perdonado tanto. Bohemio como pocos, "Juan nunca se sabía por dónde te iba a salir, era como Paula, o salía corriendo o te sacaba el peine o ponía la plaza en pie... ¡Ahora se van a dar cuenta del cantaor que era, un incomprendido, mi hermano!" Periquín Niño Jero se muerde las lágrimas y se abraza a Manuel Moneo, el hermano mayor de Juan, en el tanatorio, al tiempo que masculla entre dientes que los puristas más rancios se van a morir sin saber quién era Juan de verdad: "¡Un incomprendido!", recalca. No para el gran público, que lo conocía bien. El Torta igual se presentaba casi sin voz a trabajar, sobre todo en los últimos tiempos, que retrataba al duende con su garganta pellizcándose la piel. Aclamado en los mejores teatros, cuesta asimilar que Juan, un purasangre del cante visceral de San Miguel, cantara por unos pocos cientos de euros si era menester. La última tarde de 2013 cayó poco a poco junto al nudo que enlaza Jerez con Los Puertos bajo una temperatura que congelaba la sangre: como la noticia de la muerte de un cantaor de colores morenos que soñaba "con ser libre, como la burbuja de una tónica", con sus sombras y vaivenes, pero carismático y punzante como nadie con ese swing y ese ángel tan especiales y unos quejíos como relámpagos.

Era genuino e imprevisible y su poder de transmisión bastaba a un público fiel que poblaba los tendidos de la plaza de toros de la calle Circo para celebrar la Fiesta de la Bulería en sus mejores años. Abanderaba entonces el mejor cante de Jerez, personal e intransferible, desgarrador y tremendo, un mirlo blanco, un animal que taladraba la piel con su lamento jondo.

La pasada Nochevieja Juan despertó al alba junto al mejor cartel flamenco de la historia: Paquera, Chocolate, Camarón, El Pica, El Mono, Moraíto, Terremoto, Los Parrilla, Lola Flores, Morente, Rubichi, Sordera... Su eco tan desgarrador estuvo a la altura de los grandes y sólo fue discutido por su lado más oscuro. Una pena.

Artistas como Diego del Morao no olvidarán mil noches de leyenda por más años que pasen: "El mejor macho por seguiriya que yo he visto en mi vida, el de 'tengo yo en mi pecho un clavo hincao', lo hizo Juan en el homenaje a Manolito Jero en el club Nazaret". Alrededor de Diego asienten artistas y aficionados que despidieron a Juan entre anécdotas y un respeto colosales.

Su hondura y su cante cabal con aroma de amontillado viejo sólo era comparables a su capacidad para transmitir y conectar con el público. Únicas eran las letras que hacía suyas para pintar las noches de corinto con Luis de la Pica, o para ir a contarle a su amiga la luna sus desventuras con la mujer de sus sueños, la misma a la que pedía que le abrazara sin hacer preguntas. La luna de Juan, su gran musa, su gran tormento, su perdición. Nadie le cantará como él. Letras que emocionaban por el querer de una madre "que nunca se olvida", letras del desengaño y letras malditas que parecían premonitorias, como ese cante rendido a su eterna pelea con la maldita heroína, esa mala compañera a la que conoció en su barrio. Cada vez que se curaba el espíritu lo lanzaba al viento como su bandera: "Es mi corazón tan fuerte, y mi pecho es una mina, te pío gracias, Dios mío..." Cante del que renegaba cuando se sentía libre, pero al que volvía una y otra vez.

"Si Camarón cantaba bien, él lo hacía mejor", asegura Periquín, su fiel escudero desde que tenían diez años. Juntos iban en busca del duende a la venta Marival sin saber que llevaban la semilla dentro. Juntos protagonizaron noches míticas, algunas en la Fiesta de la Bulería. También fueron memorables aquellas en las que su amigo Moraíto acompañó a Juan en el coso jerezano. De alguna es mejor no acordarse. Ambos lo adoraban y ambos, como cualquier guitarrista a su lado, sudaban la gota gorda al acompañarlo. Juan era temperamental, casi lunático, imprevisible, eléctrico, pura pasión, y ni él mismo sabía qué iba a hacer en el siguiente tercio la mayoría de las veces. Sólo el tocaor pasao de cante podía acompañar con solvencia ese eco tan gitano y portentoso.

"Ha sido un genio hasta para irse, para que nos acordemos de él toda la vida, el último día del 13", subrayaba su sobrino El Barullo, sin encontrar consuelo posible. Manuel, el patriarca de los Moneo, el último estandarte de un molde único, entre llantos callados, añadía: "El 13 nos ha dado por todos lados, en 13 meses se nos han ido mi hermano José y ahora Juan. Nos ha llamado gente de tos laos, gitanos y gachós". Si como persona era genial, abierto y generoso, sobre su cante dice el propio Manuel que "ha sido un fenómeno, un fuera de serie, un grande que tenía musicalidad en la voz. Y muy completo, más que yo, quizá de los más completos que ha dado Jerez. Hacía todos los palos. A Camarón le quitaba el sentío". Manuel se detiene un segundo antes de acordarse: "Era un bicho que desde muy chico ya cantaba, ha vivido tres veces".

Viajar con El Torta fue siempre una auténtica aventura en la que daba fe también de su sentido del humor: En el camino a Madrid para rendirle tributo a Moraíto, los artistas posaron para el fotógrafo Miguel Ángel González en el tren: "Miguel, a mí no me saque por este lao"; "a mí sácame guapo"... A Juan, ese cantaor maldito que nunca se presentó a la carrera de artista, su aspecto físico no era lo que más le preocupaba: "A mí sácame en la foto con mucho dinero, Miguel", le dijo. Genio y figura, Juan ha emprendido su viaje más especial. Y vaya si se equivocaba cada vez que cantaba aquello de "no tengo quien por mi llore, ni quien por mi pase pena, sólo un toque de campana, muy triste, que redoble cuando muera". Aún con el eco de las campanadas que anuncian el nuevo año, ayer se le escaparon unas lágrimas hasta el mismo cielo junto a su legión de admiradores. Descanse en paz.

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