Un hombre rodeado de fantasmas

Todo cineasta que no tome por idiota al espectador en su narración ya merece, como mínimo, un silencio de respetuosa aprobación. Aquél que además ofrezca más interrogantes que respuestas, invite a la reflexión y zarandee la conciencia, como es el caso, es probable que tenga algo verdaderamente sugerente y atractivo que contarnos. En un panorama atiborrado de demasiado cine absolutamente prescindible, Keane, una película extremadamente pequeña y austera, surge como una enorme revelación. Casi sin hacer ruido, sólo con los jadeos de desesperación de su protagonista, claustrofóbica y enigmática, plagada de vacíos afectivos, la cinta del desconocido Lodge Kerrigan, apadrinado por el inquieto Soderbergh, tiene en la esquizofrenia su eje temático central aunque sin mencionarla en ningún momento. Sólo el espectador, angustiado al igual que el protagonista (un soberbio papel el de John Torney), debe intuir la patología que éste padece y sufrir, al igual que él, las consecuencias de un problema psíquico en el que el realizador nos adentra con sutileza y nos hace sentir como propio, hasta el punto de que confundamos realidad y paranoia.

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