El joven Kubrick

  • Divisa edita en DVD y Blu-ray la copia restaurada de 'Fear an desire' (1953), el primer y poco conocido filme del director, una poderosa incursión de juventud en la guerra como estado mental

El historiador Paolo Cherchi Usai, uno de los primeros espectadores que tuvieron la oportunidad de ver Fear an desire, el primer largometraje de Kubrick, después de 40 años de ocultamiento voluntario por parte del director, sostiene la interesante tesis de que en ese gesto de rechazo no se esconde tanto la vergüenza o el pudor por las imperfecciones de la obra primeriza de quien luego sería considerado uno de los grandes cineastas de la Historia, como todo lo contrario, a saber, el escamoteo consciente a los ojos del mundo de unos temas y unas obsesiones que ya se condensaban en los 62 minutos de un filme bélico de muy bajo presupuesto aunque de poderosa atmósfera abstracta rodado en los márgenes de la industria de Hollywood. Fear and desire, apunta Cherchi, "revelaba demasiado pronto los secretos, los trayectos privilegiados y las motivaciones más íntimas; Kubrick había cometido el error más imperdonable para un gran jugador de ajedrez como él: anunciar con sus movimientos el propio método de asedio al Rey adversario".

¿Y cuáles serían esos movimientos, cuál ese método? El propio Kubrick daba las claves en una carta escrita al que iba a ser el exhibidor de la película, Josef Burstyn, pionero de las salas de Arte y Ensayo en el Nueva York de los 50: "Su estructura, alegórica. Su concepción, poética. El drama del hombre perdido en mundo hostil, privado de los fundamentos materiales y espirituales, intentando comprenderse a sí mismo y a la vida que le rodea. Su odisea peligra por otra razón más: la presencia de un enemigo invisible pero mortífero; un enemigo, empero que, bien analizado, resulta salido casi de su mismo molde".

Ya están en Fear and desire, título explícito y revelador del carácter conceptual de la empresa, los temas del doble, el tiempo y la violencia, el gran conflicto entre la razón y el caos, la materialización de ese gran marco que encuadra toda la obra de Kubrick y que Deleuze definió como "un cerebro con disfunción". En efecto, la guerra en Fear and desire es antes un estado mental, una distorsionada y angustiosa proyección interior, que un campo de batalla o un juego de estrategias sobre el terreno. El pelotón de soldados infiltrado entre las líneas enemigas parece avanzar en círculos, consciente de su propia condición de grupo humano a la deriva en un territorio desdibujado y hostil, en un espacio indeterminado y sin tiempo (nada sabemos de la localización, la fecha o el conflicto en el que están inmersos) que Kubrick traza a mitad de camino entre las veleidades de fotógrafo de rostros y encuadres psicológicos y un más que meritorio trabajo de montaje y diseño sonoro que empasta y densifica la fragmentariedad y las torpezas técnicas del debutante con un sugerente manto de voces y relatos superpuestos, música incidental (de Gerard Fried) en los límites de la atonalidad y pequeños gestos de cinefilia asimilada que habrían de verse depurados hasta la perfección obsesiva en posteriores trabajos.

Financiada con dinero familiar y rodada en las montañas de San Gabriel en Los Ángeles en apenas tres semanas, Fear and desire contó con un guión del poeta Howard Sackler, quien supo trasladar a los diálogos y a la narración over ese carácter metafórico, poético y abstracto que lo prosaico de las imágenes no siempre alcanzaba a fraguar. El avance incierto del pelotón se detiene empero en dos secuencias culminantes cargadas de tensión fílmica y violencia: el asedio a la cabaña donde se encuentran los mandos del ejército enemigo, rodado y montado de manera ejemplar y con una reveladora metáfora del doble ante el espejo, y el acoso del soldado Sidney, interpretado por un joven Paul Mazursky, a la muchacha (Virginia Leith) que han hecho prisionera, escena clave para entender el combate de pulsiones, el acceso a la locura, ese viaje sin retorno, que inscribe en plena luz diurna el camino al fin de la noche que es, en realidad, toda la película.

La edición de Divisa no sólo nos trae la flamante copia restaurada por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, sino también los tres primeros cortos documentales rodados por un Kubrick que daba sus primeros pasos en el cine después de una precoz carrera como fotógrafo. El primero de ellos, Day of fight (1951), parte precisamente de un reportaje fotográfico previo, Prizefighter, para recrear una jornada en la vida del púgil Walter Cartier. Kubrick consiguió que la RKO comprara y distribuyera este documental para completar sus sesiones dobles y logró también un nuevo encargo de la casa, Flying padre (1951), otro reportaje sobre la vida cotidiana de un cura de Nuevo México que recorre con su avioneta los pueblos de su parroquia, un trabajo en el que, a pesar de las limitaciones del formato, aparecen ya unos primeros planos de lugareños de una potencia fotogénica digna de los maestros clásicos del documental. Algo más largo y también fruto de un encargo del Sindicato Internacional de Marinos, The seafares (1953) permitió a Kubrick trabajar por primera vez en color y con más medios (el filme tiene algunos travellings destacables), distanciándose ya de manera clara de la estética del cine "fotografiado".

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