El judío errante

Es fácil seguir, en la obra de Roth, el vasto declive, la lenta fragmentación del Imperio Austro-húngaro que culmina en los días de la Grand Guerre. De igual modo, el propio Roth simbolizó a muchas de las figuras nacidas en aquella hora: el errante, el converso, el perseguido, la Europa itinerante y aciaga que emerge con el Reich milenario. Si en La marcha Radetzky fue la familia Trotta quien resumía un mundo en sfumato, heredero, en cierto modo, del orden napoleónico; en Izquierda y derecha son los Bernheim quienes preludian la tosca virilidad, la humanidad gregaria y despectiva de los totalitarismos.

Habría que acudir a las memorias de Stefan Zwieg o Sándor Márai (tambien al Thomas Mann de La montaña mágica), para encontrar un testimonio tan minucioso, tan vivo, de la enconada Europa de las primeras décadas. Sin embargo, hay en ellos una deliberada melancolía que en Joseph Roth no existe. En la obra de Roth, en esta Izquierda y derecha que hoy glosamos, lo que el lector encuentra, bajo un cierto cinismo bienhumorado, es una escueta clarividencia. "Avanzaban con la mirada vacía, con los ojos muy abiertos en los que la ira, el honor y el orgullo habían destruido toda su facultad de ver". Así es como describe Roth, en 1929, un desfile nacional-socialisista por las calles de Berlín. Y así es como se nos presenta una amenaza, una inquietud, un oscuro proceso, que hemos visto crecer durante toda la novela. Obviamente, para un descendiente de judíos, para un veterano de la I Guerra Mundial, para un futuro exiliado, no era ningún secreto qué se ocultaba tras la pulcritud y el orden de aquellos desfiles, ni cuál es el amargo fruto de la retórica. Pero también es cierto que fueron muchos quienes permanecieron ciegos (Martin Heidegger, Junger, un ingenuo Marinetti), fascinados por la ominosa geometría de los heraldos nazis.

No fue el caso de Roth, cuyos vínculos sentimentales con la milicia pertenecían a los días crepusculares del Imperio Habsburgo. Cuenta Géza von Cziffra, el director de cine húngaro, que Roth siempre se dirigió a él como "alférez", mientras que Cziffra le adjudicaba el título de "teniente". De aquel vago ideal caballeresco, ridiculizado en La marcha Radetzky (1932), al advenimiento de las masas en orden de batalla, median apenas tres años. En ese corto periodo, que va de Izquierda y derecha a las desventuras de la familia Trotta, la extraordinaria obra de Roth resume un cambio vertiginoso: aquel que transformó al viejo ciudadano liberal, al cauto burgués centroeuropeo, en súbdito febril de la Nación; en masa acéfala, pugnaz y enfurecida.

Joseph Roth. Barataria. Sevilla, 2010. 206 páginas. 17,80 euros.

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