El legado clásico de don Agustín

  • Muere a los 86 años García Calvo, que fue catedrático de Griego en Sevilla antes de que lo expulsaran de la Complutense junto a Aranguren y Tierno Galván.

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Es el libro que más veces he regalado. Se titula Relato de amor y se lo dedicaba Agustín García Calvo al señor de su amor, a su padre, que fue delegado de Hacienda en Zamora. Junto a los años de Juan Sierra, el Borges del Tardón, en la delegación de Hacienda de Sevilla, es la más hermosa relación del Fisco con la poesía.

"Desde que faltas, mejor que nunca te quiero; y por más que vueles o caigas, mi amor por el aire te sigue, y no, del amor no te escapas". Son versos, endechas, de García Calvo a la muerte de su padre. La noticia le cogió en el exilio de París, donde constituyó la Comuna Antinacionalista Zamorana. La misma ciudad en cuya buhardilla lo visitó su progenitor con libros de Proust y Colette.

Agustín García Calvo (Zamora, 1926) deja en Sevilla muchos ahijados. "Era para nosotros don Agustín, despertaba admiración, se estuviera o no de acuerdo con él, y te hechizaba cuando recitaba en clase el griego". Así lo recordaba Adela Perea cuando hace unos días se reunió con los compañeros de la promoción 1959-1964 de Filosofía y Letras. García Calvo fue un lujo para la Universidad de Sevilla. El zamorano más importante que ha pasado por esta ciudad después de San Fernando.

Compañero de claustro profesoral de José Luis Comellas, Juan de Mata Carriazo, Calderón Quijano, Gil Munilla o Blanco Freijeiro. Un año después de que se licenciara aquella hornada, García Calvo será expulsado de la Universidad Complutense junto a Enrique Tierno Galván y José Luis López Aranguren, que se fue a la Universidad de Santa Bárbara, en California, a vivir el mayo francés a la americana.

Recuerdo la noche que preparé la primera entrevista que le hice a García Calvo. Era la primavera de 1979. Yo era soldado en Madrid, corresponsal de El Correo de Andalucía y al día siguiente corría la maratón de Madrid. La primera que organizaba el Ayuntamiento que presidía Tierno Galván. A Agustín me lo presentó un compañero del cuartel del paseo de la Castellana. García Calvo era antimilitarista, pero el soldado al que me refiero, Alejandro, es el hijo de Fernando Sánchez Dragó, que presentaba en el Ateneo de Madrid el libro Gárgoris y Habidis con un elenco de padrinos entre los que figuraba el zamorano.

Este fumador de pipa volvió muchas veces a la ciudad cuya Universidad estaba en la Fábrica de Tabacos. Casi todos los libros o lecturas los hacía en La Carbonería de su amigo Paco Lira, siempre acompañado de su compañera y antigua alumna Isabel Escudero. En un curso de La Rábida compartió una jornada memorable con su amigo y coetáneo Rafael Sánchez Ferlosio. Amancio Prada, berciano de Ponferrada, le puso música y voz a poemas de este místico telúrico que estaba en Sevilla, en el teatro Lope de Vega, recitando sonetos de Shakespeare cuando Borges visitó la ciudad, aunque el argentino prefirió ir a la plaza del Lucero a oír flamenco. García Calvo habría hecho lo mismo en un recital de Borges.

Era apasionado de los trenes antiguos y detractor de las altas velocidades. Sus cuarenta Notas y Canciones reunidas en el libro Del Tren las amplió a 83 en una segunda edición. "Al cruzar de Sierra Morena / toda la hermosura del campo / de ventanillas a ventanillas / traspasa el tren". Son los primeros versos de un viaje en la línea Zamora-Sevilla que remata con una buena recomendación para malos lectores de Richard Ford: "... considerando: ¡cuánto podemos encontrar / si olvidamos adónde vamos!".

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