¿Quién se ha llevado el guión?

Puertas adentro es verosímil como espectáculo hasta el primer cuadro del acto segundo. Por supuesto, con las características de los trabajos del Pipa, que algunos deploran y sus fieles adoran: costumbrismo, enfásis en lo obvio, ausencia de coreografía y emociones epidérmicas. El Pipa de la pena negra del primer acto es consistente en peteneras y seguiriyas como piezas pequeñas que componen un puzzle de un paisaje fácil, manido. La única baza de este bailaor es ésta, las piezas pequeñas. La enjundia no es lo suyo sino la gracia, el ángel. Incluso encuentro en este primer acto "de la muerte" una gota de poesía por la que podía haber cabido un mundo: me refiero al cante dulce de Cortés, a las deliciosas composiciones que Montón le ha regalado al bailaor. A la voz terrible y necesaria de Tía Juana por seguiriyas. La muerte y la vida: la continuidad necesaria, el ciclo vital. Las generaciones. El mensaje estaba claro con la nana que abre el acto segundo. Es aquí cuando desaparece el guión. Y el resto de este acto, y el tercero, son una repetición de esta idea, de la continuidad y la felicidad plena del existir, del hecho de que la muerte da sentido a la vida y viceversa. Reiteración que alcanza en la soleá que cierra la obra su apoteosis de vacío. Tan frágil, coreográfica y dramáticamente, es la soleá, que El Pipa ha de recurrir hasta en tres ocasiones al no muy legítimo recurso de pedir (¿suplicar?) el aplauso fácil, petición a la que el público, obediente, no se negó.

Por supuesto que el cuerpo de baile era inexistente, reiterativo. El Pipa, hasta ahora al menos, no puede componer para grupo. Tanto las coreografías corales como la puesta en escena son rígidas y de geometrismo ramplón. El público acogió la obra con una ovación.

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