La lucidez al final del camino

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"La edad me ha ido dejando / sin venenos, malgasté en mala hora / esa fortuna, / ¿qué más puedo perder?", se cuestionaba José Manuel Caballero Bonald al comienzo de La noche no tiene paredes (2009), en un bellísimo poema que cerraba con una conclusión demoledora: "Los años, ay de mí, me han desmentido". Ese libro completaba con la inicial Manual de infractores (2005) y la más reciente Entreguerras (2012) una declaración de principios contra los dogmas, una afirmación de la ignorancia como la única manera de estar en el mundo, una renuncia de sí mismo en la que su creador acabará afirmándose, paradójicamente, más que nunca a sí mismo como poeta. Sesenta años después de Las adivinaciones, uno de los estilistas más dotados de la literatura española continúa deslumbrando con su sublime capacidad para el lenguaje, pero su voz se ha afianzado de manera rotunda con el descreimiento de la longevidad.

En los últimos años, la lírica del jerezano se ha convertido pues en una suerte de manifiesto de quien, desde la madurez, firma la apostasía de sus antiguos credos y decide proseguir el camino sin bandera que ondear ya entre los brazos. "Soy aquel que aceptó ser derrotado con tal de no pecar de victorioso / soy el que decidió de grado desaprender lo consabido", proclama el autor en algunos de sus versos. Como en un aprendizaje planteado a la inversa, su reflexión se ha decantado hacia la duda: en el ejercicio de la interrogación es donde ya únicamente pueden quedar rescoldos de verdad. El desconcierto, o la lucidez, como actitud. "Cada vez me visitan más preguntas. / Tengo la casa llena de preguntas (...) como una / densa red que intercepta todas las salidas". Y no quedan evidencias a las que aferrarse: "Yo he presenciado el parto innoble de esa verdad también llamada única (...) y al fin no resultó ser más que un pobre escorzo".

En ese vacío de certezas, en esa identidad ya desprovista de consignas, el intelectual se rinde frente a la bravura indomable de la naturaleza. El poeta ya no es sino un hombre vulnerable que se sabe una parte minúscula del cosmos. "Jamás todas las artes coaligadas / valen lo que un instante de plenaria contemplación del mundo". Y el pasado, la propia biografía, tiene los contornos gastados y difusos: "Miro hacia atrás y todo / se despoja de historia o sólo quedan / restos de historias / que ya son sólo vagas conjeturas, / un borroso presagio maternal / de cueva y de pretérito / al que a diario acudo igual que acude la simiente / hacia el deseo invicto de su perduración".

No era accidental que en Entreguerras Caballero Bonald optara por un estilo sin puntos ni comas, por una palabra torrencial que se abandonaba a la sonoridad prodigiosa de su música. En la presentación de esa última obra, a principios de año, lo comentaba: en esas páginas estaba volcada su memoria, "el flujo y el reflujo de la memoria, de una manera acelerada, discontinua, tormentosa". Entonces expresaba su orgullo por la cima alcanzada: el verso se erigía como un asombroso compendio. "He hecho todo lo que quería hacer finalmente en poesía: eludir las fronteras de los géneros. Este libro contiene poesía, memorias, narrativa, filosofía, reflexión en torno a lo que he vivido. Aquí hay experiencias, libros que he escrito, viajes y entreguerras, conflictos personales, luchas internas que he ido solventando de la mejor manera posible". Se entiende así que el escritor no necesite regresar a la prosa: la poesía es el espejo donde un hombre ya maduro obtiene su reflejo más veraz, aunque al otro lado espere una mueca cercana a la extrañeza.

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