Arquitectura · La belleza intangible

La materia de la arquitectura: el hormigón (II)

“La elección de la estructura es sinónimo de la elección de la luz que da forma a ese espacio. La luz artificial es sólo un breve momento estático de la luz, es la luz de la noche y nunca puede igualar a los matices creados por las horas del día y la maravilla de las estaciones”. Louis Kahn

El 17 de marzo de 1974, Louis Isadore Kahn, arquitecto de Filadelfia, aunque nacido en Estonia en 1901 en el seno de una humilde familia judía, murió de un ataque al corazón en los servicios de la estación de Pensilvania de New York. Acababa de regresar de un viaje de trabajo en la India. Durante 4 días nadie reclamó su cuerpo. Su pequeño estudio de Filadelfia tenía una deuda de 500.000 dólares. Era, sin embargo, uno de los más prestigiosos arquitectos americanos de la mitad del siglo XX.

Kahn obtuvo el título de arquitecto por la Universidad de Pennsylvania en 1924, pero no abrió su propio estudio hasta 1947. Durante todos esos años Lou, como le seguían llamando, fue incapaz de conseguir encargos de entidad. No comulgaba con la arquitectura de vidrio y acero del Movimiento Moderno. Vivió todos esos años gracias a los ingresos de su mujer. En 1951 fue invitado como arquitecto residente de la Academia Americana de Roma. Viajó por Italia, Grecia y Egipto, y en la arquitectura de la Antigüedad encontró lo que estaba buscando y lo que le separaba de sus coetáneos. Luz y materia. Permanencia. Atemporalidad.

Su primera obra importante la termina con cincuenta y pocos años: la Galería de Arte de la Universidad de Yale, donde impartiría clases durante diez años a partir de 1957. Para cuando cumplió sesenta años, ese hombre de baja estatura, ataviado con corbata de pajarita, que se peinaba hacia adelante para ocultar la calvicie (claro antecesor de Donald Trump), había alcanzado fama internacional con la construcción de los Richards Medical Laboratories en la Universidad de Pensilvania. Fue el primero de sus proyectos que establecía la diferencia entre “espacios servidos y servidores”, los segundos de los cuales eran las escaleras, los conductos de ventilación y otras redes de apoyo. Los reunió en estructuras aparte que parecían chimeneas que recordaban las torres de San Gimignano de Italia. 

En 1959, el virólogo Jonas Salk le encargó la construcción de sus nuevos laboratorios. Salk era mundialmente famoso por desarrollar la vacuna de la polio y necesitaba un edificio para seguir desarrollando sus investigaciones. Los requisitos iniciales eran muy leves: espacios para laboratorios cómodos y del tamaño suficiente y vestuarios adecuados para los investigadores y el resto de trabajadores del complejo. Salk tenía a su disposición varios terrenos de concesión municipal a las afueras de San Diego, en el barrio de La Jolla. Por allí pasearon ambos durante largas tardes de primavera discutiendo el tamaño, las necesidades e incluso el tono de la nueva construcción. Caminaban y hablaban y escuchaban y tomaban notas entre los pinos y el océano Pacífico. Tras unos primeros anteproyectos, Kahn decidió la forma y el lugar. Era extraordinariamente sencillo, casi obvio: dos edificios longitudinales paralelos y orientados a la puesta del sol sobre el Pacífico.

Sus edificios tratan de ser una confluencia entre el pasado y el futuro, la antigüedad representada por la  geometría de sus formas simples, mientras que los materiales y las estructuras tienen mucho en común con su voluntad de innovación. En Dhaka, donde construyó el edificio de la Asamblea Nacional, le dio un resultado especialmente bueno: parece ser que, durante la guerra de liberación de Bangladesh en 1971, los bombarderos no tocaron el lugar donde se construía el edificio porque lo tomaron por las ruinas de un sitio histórico antiguo. Sin embargo, la construcción no tenía la pretensión de parecerse a ningún edificio del pasado. Las paredes perforadas de la Asamblea de Dhaka son una estrategia vital para proteger los espacios interiores de la luz solar directa y permitir su ventilación. 

Kahn fue uno de los arquitectos americanos más influyentes del siglo XX. Sus temas principales son la materialidad y la luz. A través de la simpleza y pulcritud del hormigón visto o del ladrillo acentúa el carácter monolítico de sus edificios. El manejo de la luz persigue en todas sus obras la recreación del espacio y también aporta un dramatismo con el que busca transmitir el alma y la voluntad de los materiales. 

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