XII Festival de Jerez

El método mató al arte

Me gusta más ese Calixto Sánchez arqueólogo, el que rescata la mariana, los cantes de trilla, los pregones del vendedor de piñones, de las moras, el romance de las tres cautivas, las coplas a Guiomar… Y ese Calixto que no sólo educa, sino que además comunica. Me gusta menos el artista encorsetado por sus propios dictados, por su propia concepción del arte que practica, el perfeccionista quisquilloso frío como la estadística que ahoga la improvisación sin dejarla respirar.

En Los Apóstoles, en la medianoche del pasado miércoles, pudimos ver y oír la segunda versión del cantaor de Mairena del Alcor. Un recital sobrio y gélido hasta la extenuación que sólo entró en calor en la recta final de la velada, cuando la voz de Calixto se liberó y, tras interpretar las bulerías de La Manolita, incluidas en su último trabajo discográfico Andando el camino, decidió de improviso (o eso pareció) que era el día adecuado para rememorar los versos del insigne Blas Infante y revisar el himno de Andalucía bajo el compás de los tangos. Herencia, espontaneidad y pasión. Así debería ser siempre.

Durante el resto de la noche, mezcló pinceladas de su último disco, como la malagueña Tu que andas por el mundo, con cantes extraídos de anteriores ediciones fonográficas, como las "algas verdes de la mar" que abren el disco De la lírica al cante. Unas alegrías que remató, dentro ya de su repertorio de guiños clásicos de cada recital, con un recuerdo para las habaneras de Carlos Cano. Todo el aroma y el aire de la Bahía condensado en unos versos que ya tienen altura de mito.

Acusado a menudo de emplear cierta sobredosis de barroquismo y artificiosidad en su forma de decir el cante, lo que nadie puede negar a Calixto Sánchez es su dominio, temperamento, conocimiento (técnico y artístico) de la voz y lo jondo, y su peculiar manera de empaparse de los versos que ejecuta, adoptando una pose trágica en los momentos más dolientes, y gesticulando alegre si otras letras así le hacen sentir. Rebuscándose siempre, con el puño presionando su frente para encontrar la inspiración antes que esa fantasía etérea y quimérica que algunos llaman duende. Un intérprete de una pieza, un cantaor sabio que ejerce su magisterio cuando sube al escenario. Y, sobre todo, un artista con personalidad, fiel a sus principios y a su forma de entender la ortodoxia.

Es Calixto un hombre de método, empírico, estructurado y ordenado para obtener un resultado: descubrir la verdad y sistematizar los conocimientos, flamencos en este caso. Todo planificado y sin cabida para el ensayo/error. Otra forma de aprendizaje, ésta última, más esencial y primitiva, más humana. La equivocación y tropezar varias veces con la misma piedra es algo inherente al hombre, y en ese tropiezo muchas veces puede haber más luz y conocimiento adquirido -ahí está, por ejemplo, la educación sentimental- que en un grueso tratado. Lo otro es un academicismo totalmente desmedido, que incluso puede caer en la pedantería más absoluta.

Como proclamaba hace algunos años un diseñador de moda, la arruga también es bella, aunque eso para Calixto Sánchez no tiene lugar. En él todo es afinación y control férreo de lo que interpreta. Eso, a pesar de que la pulcritud de su garganta, la limpieza con que emanan los tercios de sus pulmones, puede ser contraproducente a la recepción más pura, comprometida y empática, de éstos. En este sentido, ocurre algo similar con la construcción de sus cantes, sustentados por letras de nuevo cuño, con las que cuesta identificarse. Ahí estuvo las seguiriyas -de unos diez minutos de duración-, que hablaron de muerte, de fatalidad, pero que perdieron su pátina rancia, su estructura añeja y su queja atemporal. Tres cuartos de lo mismo en la soleá y en las tonás que abrieron la cita con letras alusivas a los atentados del 11-M en Madrid.

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