Entre el mito y la realidad

ANTONIO Aparicio Mota era, en los primeros años de la década de los 90, un joven isleño, con su carrera de Bellas Artes recién terminada, que tuvo el acierto - acierto no exento de cierta osadía - de abrir una Galería de Arte en la calle Real de su localidad natal. Para la inauguración de la Galería ERA se rodeó de sus artistas más cercanos, sus propios compañeros y algunos de sus profesores que los formaron. Fue muy bonito y trascendente mientras duró y aportó un sentido clarificador al Arte que tenía lugar en la zona. En aquel sótano de la principal arteria de San Fernando entramos en contacto con la obra de Antonio Mota. El tiempo ha impuesto su inexorable transcurrir y, ahora, comparte espacio creativo con la docencia; algo muy habitual en un Arte al que hay que sumar posiciones existenciales para poder quedarse en un único planteamiento creativo adecuado y exigente. En este tiempo, el escultor isleño ha llenado los espacios públicos con obras que han hecho trascender su completo y poderoso bagaje plástico. Al monumento a Camarón le han sucedido otros muchos; también exposiciones y proyectos de restauración que han confirmado al artista en una profesión acertadamente argumentada.

En estos momentos, dos comparecencias en la ciudad - antes lo había hecho por distintos puntos de la provincia -, en el patio de la Escuela de Arte y en los espacios de la Plaza de Abastos, nos conducen por los rigurosos postulados escultóricos de un Antonio Mota que se vale de su buen patrimonio técnico para conducirnos por un recorrido emotivo por una serie de esculturas donde realidad y ficción diluyen sus fronteras.

En la Escuela de la Porvera nos encontramos el Bosque de las Musas, nueve esculturas que representan el espíritu que promueve e influye en las Artes transmiten su silente discurrir como generadoras de una realidad transmisoras de belleza y espiritualidad. Son obras hieráticas, de aplastantes actitudes estáticas, que observan y transmiten su potencial sabiduría. Muy acertada es la ubicación de las nueve obras en el patio de un centro donde se supone que habitan los espíritus que gestan la creatividad. Son piezas que, en su callada y monótona existencia, parecen acompañar el deseo creativo que transcurre en las estancias escolares. Imágenes que acentúan la espiritualidad del recinto y argumentan metafóricamente la esencia absoluta de la creación.

Por su parte, la Plaza de Abastos acoge una serie de piezas que trascienden humanidad. Aquí se presenta mucha de la historia artística de este autor, Camarón, el marisquero, la madre… que dejan constancia de su potencial plástico y de su sentido escultórico. Obras que comparten el público escenario con una gente sencilla y que ellas son portadoras de parte de su propia dimensión humana.

Ha sido un feliz encuentro con la obra de este escultor, de los pocos que, todavía, mantienen vivo el sentido de una profesión, cada vez más diluida en los medios de otras modalidades artísticas.

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