La mujer que lleva los pantalones

  • Media hora de charla con la persona que desafió las estrafalarias leyes de Al Basir, el 'señor' del mayor país de África, Sudán · Fue condenada a 40 latigazos por llevar pantalones en una cafetería de Jartum

Avanza Lubna Hussein imponente, orgullosa, grande, con sus pantalones de raya diplomática. Acaba de llegar de París, donde ahora reside, con una colección de retrasos. Pero su paso es pausado. Hay tiempo. Saluda con una gran sonrisa y desde esa sonrisa se descubre una mujer que no puede ser pisoteada. Uno se figura a esa mujer detenida el pasado mes de junio por unos pobres esbirros en una cafetería de Jartum, la capital del país más grande África, Sudán. Son los esbirros de Al Basir, ese hombre ridículo que quiere gobernar con puño de hierro y de 'su' Corán un país hecho de parches, como todos los descolonizados, pese a que en su descolonización mostró flema inglesa y algo de querencia por la cultura. Pero en 1989, tras una de las guerras africanas que nacen de un espíritu tribal que occidente pasó por alto conscientemente, Al Basir se hizo con el poder y redactó leyes estúpidas. Una ley estúpida era que las mujeres no podían llevar pantalones y que, si los llevaran, serían castigadas como prostitutas, con 40 latigazos. Los esbirros entraron en la cafetería y se llevaron a esta mujer que tengo ante mí, tan alta, con belleza de princesa de ébano. Fue juzgada y condenada por sus pantalones, pero Lubna dijo que no recibiría latigazos, que pagaría en la cárcel. Periodista, trabajadora en la ONU, Lubna se convirtió en la voz de la rebeldía de las mujeres de Sudán. No por los pantalones, sino por la humillación, por la vejación. Y esa voz se hizo voz de mujeres de todo el planeta por muchas otras cosas, por muchas otras esclavitudes. Lubna demuestra que los símbolos sonríen. Lubna se sienta en un sofá de la Asociación de la Prensa de Cádiz, donde ha acudido para participar en el ciclo La prensa en la calle, y asume que su voz es un altavoz. Compartimos agua mineral y media hora de charla.

-Ha conseguido que el pantalón sea un símbolo femenino.

-No, no, en ningún momento el pantalón ha sido un símbolo femenino. Ninguna indumentaria lo es. No es una lucha por la indumentaria, es una lucha por la dignidad en la que yo defiendo mi opinión. En Sudán hay leyes discriminatorias que deben desaparecer.

-Usted representa a la mujer sudanesa y a muchas más mujeres.

-Sí, hay miles de mujeres que en Sudán que han pasado lo que he pasado yo. En 2008 fueron detenidas 43.000 mujeres sólo en Jartum por causa de su vestuario. Cualquier mujer que se presente en un juzgado por esta causa sabe que será azotada. Figúrate lo que les pasará a aquellas mujeres que ni siquiera llegan al juzgado.

-Usted se negó a ser azotada, pero muchas mujeres los aceptan como un hecho inapelable.

-Hay muchas mujeres que son muy pobres. Se dedican a vender café y té en los bares y en los mercados. Siempre hay una guerra entre ellas y la policía. Son débiles y no se pueden defender.

-¿Siempre fue así?

-No, no. Antes estábamos como unas reinas. A través de la política inglesa, que influía en Sudán, se impulsó el derecho de votar a las mujeres y la igualdad de oportunidasdes. Las mujeres accedían a la universidad. El pantalón era el vestido oficial de las mujeres militares y policías, no había que taparse el cabello. Basir lo cambió todo radicalmente. Hace sólo una semana una mujer ha sido condenada a 50 latigazos por llevar falda...

-¿Qué quieren, la mujer en casa?

-Sí, pero económicamente eso no es posible. El país necesita de la fuerza laboral de la mujer. Lo cierto es que en estos 20 años en Sudán se han perdido casi 350.000 empleos y casi todos ellos femeninos. La mujer sigue trabajando, pero no en ningún sitio con poder de decisión. Las que se ganan la vida vendiendo té reciben todos los días la visita de la policía, que rompen los cacharros y azotan. Pero ellas vuelven al día siguiente de la paliza porque tienen que vivir de algo.

-¿Se castiga de alguna manera la violencia doméstica, la violencia del marido sobre la mujer?

-La sociedad de Sudán está más desarrollada que su gobierno. No existe mucha violencia sobre las mujeres en el ámbito doméstico porque está mal visto socialmente. No hay ninguna ley que prohíba al hombre pegar a su mujer, pero la religión no lo permite. Si alguien pega a su mujer se le ve como una persona inmadura... y, luego, la mujer lo quema.

-Eh?

-Las cosas no quedan así. Si una mujer es golpeada por su marido encontrará su momento, mientras él esté durmiendo. Y quizá -hace un gesto de encender una mecha- lo queme.

-Está armando mucho ruido y su familia está allí. ¿No tiene miedo por ellos?

-Sí que tengo miedo. Mi madre está mayor y mi hermana vestía antes pantalones, pero desde que pasó lo mío ya no los lleva nunca.

-Usted es musulmana y en Occidente hay muchos que piensan que las leyes musulmanas son medievales.

-Es una idea falsa. Basir y Bin Laden son algunos de los que transmiten esa sensación, pero son el Islam. En el Corán se dice nada de que haya que azotar a la mujer que lleve pantalones. ¿Dónde está ese artículo?

-¿Usted no conocía la ley?

-No podía pensar que me pudieran detener en una cafetería. El castigo de llevar pantalones es el mismo que el que se le da a un hombre por violar a un menor.

-¿Qué cicatrices dejan 40 latigazos?

-Es un castigo físico, pero sobre todo es un castigo social. Estos casos aparecían en los periódicos en las páginas de sucesos. Era considerado como un hecho vergonzoso. No había ninguna sentencia escrita, sólo el castigo. La mujer que tenía señales de latigazos era, por tanto, considerada como una prostituta, por lo que perdía el trabajo, a su marido y la familia se avergonzaba de ella. Desde mi caso, en Sudán se sabe que los azotes son simplemente por una forma de vestir.

-¿Es su rebeldía el inicio del cambio en su país?

-Mi resistencia no es la única. Hay huelgas pacíficas que se reprimen violentamente. En Sudán la sociedad pide un cambio y el papel de la mujer en él es importante.

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