La mujer de los zapatos rojos

  • Un cuento de Navidad que habla del hombre que amaba un imposible

Hace mucho frío. Hay un cristal grande y limpio que contrasta con el viejo edificio de la calle Candilejas. Es una tienda moderna que en la construcción de principios del siglo pasado se antoja un injerto grotesco, donde los dinteles de las puertas y los escudos masónicos contrastan casi con violencia con las luces de neón, la ropa y la música que sale despavorida hacia fuera, donde se topa con la nieve que cae, mansa, sobre el suelo y los coches.

El hombre está de nuevo ante esa especie de pecera, observando el mundo inanimado del escaparate navideño, con los muñecos pálidos para toda la eternidad, vestidos con esa ropa que no ven. Tras el cristal del mundo quieto también está la mujer de los zapatos rojos. No la oigo, claro. Pero está allí delante del hombre que la mira cada día al pasar, cuando la mañana se sacude las últimas penumbras de la madrugada y espera sentada que salga al fin el sol, o cuando el día, ya agotado, dobla sus rodillas y aguarda a que la noche venga a llevárselo envuelto en el manto blanco de la nieve de diciembre.

El hombre se detiene siempre y observa, mira, atiende y quizá suspira por la mujer de los zapatos rojos. Después, siempre, siempre, le manda un beso.

Ella no es alta, pero tampoco baja. Tiene el cabello largo y se le ensortija aquí y allá porque todo en su cuerpo parece caprichoso. A veces tiene las piernas embutidas en un pantalón vaquero que le comprime las carnes y le marca el jardín del deseo. Es entonces cuando el hombre se acerca al cristal del escaparate y siente el corazón detenido porque el aire, infestado de lujuria y de ansias por entrar y besarla, no le llega a sus pulmones.

La gente que uno no conoce no tiene nombre. El hombre que mira y la mujer de los zapatos rojos, tampoco. Sólo sé que él se detiene y le manda un beso tierno para que le llegue a través de vaho y el cristal. Después se marcha caminando con las manos en los bolsillos esperando, tal vez incluso imaginando, que ella le devolverá un día el gesto.

A veces me despierto en la noche y me asomo a la ventana. Creo a menudo que el hombre va a estar delante de la tienda, detenido en medio de la nieve, esperando. Pero nunca hay nadie. La calle está terriblemente sola. Apenas pasa algún coche o se escucha el paso apresurado de alguien que quizá va tarde camino de no sé qué lugar. La luz de las farolas amarillea y termina de espantarme. Me retiro de la ventana y me acuesto de nuevo. Tras el cristal del mundo quieto está la mujer de los zapatos rojos y la nieve. También los villancicos que suenan a añoranza y a metal vomitados por los viejos altavoces de la calle Candilejas. Amanece. En el reloj de Santa Catalina han dado las 10 y están encendiendo las luces de la tienda. Ella esperará a que lleguen los clientes. También a que el hombre pase de nuevo y se detenga.

Es una postal de Navidad extraña donde el amor se quedará posado sobre los montículos sucios de la nieve. Él estará allí como siempre, soñando con que la mujer algún día le devolverá los besos. Le dará igual entonces el viento frío que fustiga ahora su rostro en la gélida mañana de diciembre. Se perderá en su quimera. Con ella. Le dará la mano y recorrerán las calles. Ignorará su silencio. La mujer de los zapatos rojos está con él, paseando por la calle de su locura.

Hay un cristal grande y limpio con un boquete por donde el frío se cuela en la tienda. Esa mañana falta un maniquí. Un hombre se aleja, furtivo, con su amor callado camino de alguna parte donde poder amarla. La nieve cae sobre sus hombros.

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