El mundo entero será tu lápida

  • Capitán Swing publica un penetrante ensayo de John Berger sobre la inmigración en la Europa de los años 70

John Berger. Fotografías de Jean Mohr y Sven Blomberg. Capitán Swing. Madrid, 2015. 248 páginas. 18,5 euros

En la reedición de Un séptimo hombre se siguen sintiendo los dos libros que lo habitan. El estudio poco minucioso y ya caduco sobre la inmigración de los países pobres y dependientes a las metrópolis capitalistas y colonizadoras, y el otro, el inclasificable y por tanto el que más molestó, el que a partir de los datos ensayó meterse en la piel de quien abandona su patria con rumbo incierto: entre el relato objetivo y el soñado, entre la prosa y el vuelo lírico, se trata aquí entonces, como advierte el propio Berger, de entender al Otro a partir de un cambio de perspectiva -desmontar un mundo, el nuestro, y componer otro, el suyo- que nos permita sentir y entender su vida, también su experiencia del espacio y el tiempo. Es así que el libro urgente y concreto, publicado en 1975, deviene en otro, intemporal si se quiere, o, mejor dicho, en continua reescritura, rejuveneciendo y metamorfoseándose cada vez que alguien se siente en la obligación de dejar su tierra en busca de una salida.

"Imágenes y palabras sobre la experiencia de los trabajadores emigrantes en Europa". De esta manera se autodefine Un séptimo hombre, y eso es precisamente lo que ofrece. Por un lado el relato disperso, sujeto por una enunciación multiforme y cambiante, sobre quien desde España, Grecia, Turquía o Italia, arriesgaba y sacrificaba la vida por una temporada de trabajo legal o ilegal en una fábrica de Alemania, Francia o Gran Bretaña; por otro instantáneas, fogonazos, huellas, restos de paisajes y retazos de rostros que nos miran, fotografías -casi todas ellas del ginebrino Jean Mohr, cómplice de Berger desde finales de los 70 en adelante, como demuestran notables experimentos de escritura, Otra manera de contar, y cine, Play me something- que sólo ocasionalmente ilustran la escritura. Es en esta brecha, en el entredós que separa palabra e imagen, donde Berger y Mohr deciden colocar el libro, buscando en la batalla entre visiones y enunciados la revelación de la situación de poder que explicase el interesado comercio de la fuerza de trabajo. En este sentido, en el de un hacer ver y escuchar que trasciende los contextos concretos y sus tópicos, no resulta nada complicado partir de los testimonios e imágenes de un grupo de turcos -en calzoncillos y convenientemente numerados con un rotulador en la piel- que se somete a un examen médico y laboral para medir su idoneidad para trabajar en Stuttgart de peón o en una cadena de montaje, y desembocar mentalmente en otro tiempo, en otras colas, en otros números sobre la piel..., en un mismo eslogan: Arbeit macht frei, el trabajo os hará libres.

De todas maneras, John Berger es más poeta y narrador que agitador o analista de corte foucaultiano o frankfurtiano, y desde el arranque, desde el conmovedor poema El séptimo del húngaro Attila Jószef que da nombre al libro ofreciendo de paso el tono alegórico que entiende la vida del inmigrante como una que multiplica la fragilidad de toda existencia, se preocupa por escribir como quien irrumpe con las palabras exactas y con el lector entre ceja y ceja: el escritor tiene una tarea, la de transformar la sociología en un "volumen de historias reales", de la misma manera que el fotógrafo precisa hacer de la imagen ilustrativa un "álbum de fotografía de familia". En ambos casos, una apertura de la experiencia de la inmigración para los lectores no-migrantes, aquellos que tienen que litigar con unas presencias (historias que nos interpelan, miradas que nos traspasan) que para los afectados se han convertido en ausencias (vidas escritas en cartas o que forman parte del patrimonio oral; trazos de los que se fueron y no regresaron). Dividido en los tres momentos del dinamismo migrante -la partida, el trabajo, el regreso- Un séptimo hombre permite así a Berger nombrar la cotidianidad espacial y diagnosticar la enfermedad temporal de quien iniciaba un trayecto que si no se interrumpía entre alguno de los intervalos -es decir, entre "la partida" y "el trabajo" (cuando se era engañado o no se superaba el examen médico), o "el trabajo" y "el regreso" (al perder la vida el inmigrante o lograr el dinero necesario para volver cuando ya no tenía sentido hacerlo)- solía desembocar en la amargura de comprobar que nada había cambiado en el país del subdesarrollo, que sólo se trataba de entregar el relevo a un nuevo joven que repetía el camino, que seguía las pisadas. En esta evaluación de un particular "tiempo perdido" es donde mejor se desenvuelve la pluma de Berger, quien con sencillez y profundidad rebusca literariamente en las consecuencias de la variación siniestra que adquiere, en el caso de quien migra, la máxima de la condición humana según la cual uno debe a veces sacrificar el presente para ganarse el futuro. El inmigrante, entonces, se asemejaría más a un preso, cuyo presente (incluido también el tiempo libre) aparece negado antes que sacrificado, lo que desarticula su futuro y lo contamina de espejismos, compartiendo la lejanía del pasado, de lo clausurado. Quizás por esa desconexión, nos dice Berger, el inmigrante siempre quedó tan vinculado a la música, porque sólo a través de ella entra de lleno en el interior de la vida, recobrando el poder de moverse a su gusto, hacia atrás y hacia delante, en una realidad afectiva paralela.

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